Un grupo de 200 indígenas rompió la tradición de quedarse en casa, a expensas de lo que ordenara el marido, y trabaja para mantener la cultura totonaca a través de su comida.
Su forma de ser y actuar los aprendió en aquella enorme galera, donde decenas de mujeres totonacas se congregaban alrededor de los fogones.
Llevaban a cabo su ritual ancestral: barrían la cocina, bendecían su lumbre, su masa y todo lo que iban a cocinar.
Con siete años a cuestas, Martha Soledad se arrimaba a los braseros, pero su abuela siempre la corregía: aún no es tiempo de estar manoseando las cosas.
Le contaban las cosas mágicas que podían utilizar y acomodar en la cocina, pero siempre le advertían que la magia más grande que le daba sabor y color a la comida eran los sentimientos de una persona: el humor, amor y sentimientos.
Conoció muchas de las recetas ancestrales y supo que para cada ocasión era una comida distinta.
Recuerda cuando siendo una niña estaba sentada en las piernas de su abuela-mamá y ésta le decía: “Yo soy una mujer ahumada y me voy a morir, yo nací, crecí, parí a mis hijos y he hecho mi vida en esta cocina y me voy a morir en esta cocina”.