A un mes del sismo: En Acapulco viven entre ruinas y sin apoyos

En esta la localidad de Acapulco, Guerrero, el terremoto del 7 de septiembre dejó graves daños; damnificados acusan que servidores de la nación no hicieron un censo correcto

A un mes del sismo: En Acapulco viven entre ruinas y sin apoyos
En esta comunidad hasta ahora se han registrado 585 casas dañadas, de las cuales 200 son pérdida total. Foto: Salvador Cisneros
Estados 07/10/2021 02:00 Arturo de Dios Palma Actualizada 17:52
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Acapulco.- Eran las 8:46 de la noche del 7 de septiembre del 2021, en Xaltianguis, Acapulco. Elena Moreno Dorantes tomaba café con su hijo, Efrén García Moreno y tres de sus nietos en el pequeño patio de su casa. En ese momento se acordó de su hija, Yohana Cruz Moreno, que hace un año se fue a Tijuana buscando trabajo. Sintió la necesidad de hablar con ella después de una semana sin comunicación. Dejó a su hijo y sus nietos en el patio y entró a su casa para marcarle. Apenas levantó la bocina del teléfono cuando el piso se comenzó a mover, las ventanas retumbaron y las paredes crujieron. La luz eléctrica se interrumpió. Elena caminó hacia la salida. Todo estaba oscuro. Todo se movía. Sólo escuchaba los gritos de su hijo y sus nietos. Alcanzó a salir, gritó pidiendo ayuda, intentó bajar las escaleras pero no pudo, se cayó. Intentó pararse pero cayó de nuevo. Se quedó cansada.  Luego escuchó un tronido fuerte, más gritos. Se acurrucó, se cubrió la cabeza con las manos. Cuando volteó, vio su casa colapsada. Esa noche, por unos pasos, Elena se salvó de quedar sepultada. 
 
Esa noche un terremoto de 7.1 grados de intensidad sacudió Acapulco, el epicentro se ubicó a 11 kilómetros al sureste del puerto, muy cerca de Xaltianguis. 
 
En Xaltianguis nadie olvida esa noche. Nancy Chávelas, la ex secretaria de la comisaría, la recuerda nítidamente. 
 
“Yo si me descontrolé, nunca había vivido algo tan feo”, recuerda. 
 

Minutos antes del sismo, Nancy había terminado una reunión, se iba a bañar pero antes se acostó un momento y revisó su Facebook en su celular. De pronto su casa se comenzó a mover sin control, se levantó y alcanzó a librar el televisor que se le vino encima, se paró en el marco de la entrada de su recamara, sintió que una pared se balanceaba como si estuviera suelta, corrió hacia la calle. Todo se movía con intensidad, todos corrían, los carros pitaban. La oscuridad era completa. De pronto escuchó que le gritaban que se moviera. Apenas se quitó, cuando el ventanal de cristal de la casa del vecino se vino abajo. 

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Muchas familias que perdieron sus casas, o porque éstas quedaron muy frágiles, se han visto orilladas a refugiarse en improvisados albergues. Foto: Salvador Cisneros. El Universal

Esa noche la recuerdan sobre todo los que aún duermen en las banquetas, en sus patios o en albergues improvisados porque sus casas se derrumbaron o quedaron muy frágiles o por el temor a otro sismo. 
 
A un mes, no hay precisión de los daños. Los pobladores han intentado cuantificarlos pero no lo han logrado: “Xaltianguis es muy grande, somos unos 25 mil pobladores, 16 colonias, y cuando uno piensa que ya terminó, salen más daños”, explica Nancy. 
 
Hasta ahora esto han logrado: 585 casas dañadas, 200 son pérdida total.
 
Ni el censo oficial es preciso, porque en los dos días en que estuvieron los servidores de la nación dejaron a muchos damnificados sin contabilizar. 
 
Alejandro Carachure Cervantes apenas alcanzó a agarrar de un brazo a su hija más chica que jugaba en el cuarto de lavado, apuró a las otras dos y salió corriendo junto con su esposa. Se pararon en el corredor que divide los edificios en el fraccionamiento Canta luna en el poblado El Pedragoso al poniente de Acapulco, al lado opuesto de Xaltianguis. Vio cómo se movían estrepitosamente los dos edificios. Sintió por un momento que colapsaría.  
 
Cuando regresó a su departamento, ubicado en la planta baja, estaba completamente agrietado. Grietas diagonales, verticales y horizontales atravesaron las paredes de la fachada, la sala y la cocina. Unas, además de largas, eran tan profundas que dejaban ver lo débil de la estructura: una varilla en las trabes y bloc hecho de arena.
 
Esa noche Alejandro y su familia durmieron en el estacionamiento como lo hicieron todos los vecinos. Lo hizo un par de noches, hasta que la lluvia se los impidió. 
 

Sacó algunas cosas y se llevó a su familia al cuarto que rentan sus padres, al otro lado de la ciudad. Desde entonces viven amontonados.
 
El departamento de Alejandro es el más dañado en el fraccionamiento Canta luna. Todos tienen siete años de antigüedad. Lo habita desde hace seis años con ocho meses, cuando adquirió un crédito de Infonavit por 30 años. 

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En unidades habitacionales algunos departamentos tuvieron graves averías, pero los residentes afirman que los servidores de la nación los censaron con daños menores. Foto: Salvador Cisneros. El Universal

Alejandro tiene 36 años y es pastelero en la tienda Aurrerá. Gana sueldo mínimo y casi la mitad se lo descuentan por el pago del departamento. Le faltan 23 años por pagar el crédito.  
 
“Saqué mi departamento porque mi sueldo no me alcanza para andar pagando renta, ahorita no sé qué vamos hacer, mi esposa aquí vendía algunas cosas por las tardes y con eso íbamos saliendo”, explica Alejando parado en medio de su departamento. 
 
Canta luna es un fraccionamiento construido por la empresa Paquimé, fue inaugurado en 2014. Lo conforman 670 departamentos y 80% fueron adquiridos a través de un crédito de Infonavit, Fovissste o de algún banco. Es decir, 80% de los habitantes estarán endeudados en por lo menos los próximos 20 años.  
 
Guadalupe Arena Palemón es habitante de Canta luna, está reunida con otros vecinos bajo la sombra de un árbol en la entrada del fraccionamiento. Ahí habilitaron un comedor pero, sobre todo, esperan. Esperan respuestas de las autoridades, del Infonavit, el Fovissste, de la empresa constructora, de la aseguradora. 
 
Guadalupe dice que 90% de los departamentos sufrieron algún tipo de daños. 
 
“Después de que hicimos una protesta, vinieron de Protección Civil estatal, un ingeniero nos dijo que todo el fraccionamiento era inhabitable, pero ya llevamos casi un mes y no hay dictamen oficial, sólo de palabra”, dice Guadalupe. 
 
Explica que el dictamen oficial es indispensable para que el Infonavit, el Fovissste, la empresa y la aseguradora se vean obligadas a responder por los daños. 
 
“La empresa nos dijo que la aseguradora se hará cargo, pero no se viene a parar, de seguro vienen de rodillas”, dice.  
 
Por ahora, Canta luna es un lugar semivacío, algunos continúan viviendo en el fraccionamiento, pero la mayoría anda desperdigada en casas de familiares o rentando. 
 
Los que no han podido salir, duermen en el estacionamiento por el temor de otro sismo y algunos dentro de sus departamentos aunque estén dañados. 
 

“Esto fue un terremoto”

Entre los damnificados hay una sensación de que las autoridades, la sociedad y los medios de comunicación han minimizado el impacto del terremoto. 
 
“Lo del 7 (de septiembre) fue un terremoto, pero ni siquiera lo quieren nombrar así, todos hablan de un sismo y esto fue un terremoto, igual como el de 2019”, dice Nancy. 
 
De los primeros que minimizó el impacto del terremoto fue el gobernador, Héctor Astudillo Flores. En sus primeras declaraciones dijo que los daños eran menores y esa misma información la reprodujo el presidente, Andrés Manuel López Obrador.  Con los días, ambos mandatarios rectificaron.
 
El último reporte de la Secretaría de Protección Civil estatal confirma el impacto del terremoto: 12 mil 677 viviendas, entre casas y departamentos, 59 hospitales y clínicas, 78 escuelas, 13 hoteles, 15 templos sufrieron daños. 

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Foto: Salvador Cisneros
 
De las 12 mil 677 viviendas dañadas, 5 mil 819 están en Acapulco; el resto en los otros 15 municipios que la Secretaría de Gobernación (Segob) declaró zona de desastre. 
 
En el terremoto murieron tres personas, José María, un adolescente de 14 años que le cayó encima una barda en el poblado de La Poza; María Concepción, de 75 años, a quién también le cayó un muro en la comunidad de Las Tortolitas, muy cerca de Xaltianguis y, un joven que murió en la carretera Acapulco-Coyuca de Benítez cuando perdió el control de su motocicleta cuando temblaba. 

Un censo a medias

El 18 de septiembre en Xatianguis, Lourdes Niño Hernández llevaba todo el día esperando la brigada de servidores de la nación para que la censaran. Nunca llegaron. 

Eran las 6 de la tarde, recuerda, cuando vio a los servidores de la nación a una cuadra de su casa, fue hasta donde estaban y les pidió que la censaran. Los funcionarios le dijeron que irían a comer y regresaban a censarla. 

Han pasado 19 días y no han vuelto.
 

Con el terremoto, Lourdes perdió la mitad de su casa: el cuarto donde estaba su recamara y cocina se desplomó. Nada quedó en pie. 

En Xaltianguis quedaron fuera del censo muchos damnificados. Por ejemplo: una grieta casi parte a la mitad la casa de Ernestina Miranda. En la vivienda de  Amalia Luna varias paredes se despegaron. Está el caso de Vicente Sánchez Lázaro que se negaban a censarlo porque cuando llegaron los servidores de la nación ya había recogido parte de los escombros y construía una choza para cubrirse de la lluvia.  
 
La queja más recurrente entre los damnificados es la deficiencia en el censo que levanta el gobierno federal: no hay criterios claros y quienes lo levantan no son técnicos con la preparación para dictaminar adecuadamente los daños. 
 
En el fraccionamiento de Canta luna, al departamento de Miguel Ángel Serrano Vélez, los servidores de la nación lo dictaminaron con daños menores. 
 
El departamento de Miguel Ángel está en el primer piso y tiene una grieta que comienza en la sala y termina en una de las recámaras. En una grieta de la cocina se puede ver hacia fuera a través de ella. 

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Foto: Salvador Cisneros
 
Pero lo peor, dice Miguel Ángel, es que su departamento está arriba de uno que fue declarado como pérdida total por los mismos servidores de la nación.
 
“Yo no sé cómo le voy hacer, porque si a mí me dicen que sólo me van a dar un apoyo para reparar el departamento y luego demuelen el de abajo, yo me quedaré volando: sin departamento y con un apoyo sólo para reparar”, explica. 
 
Miguel Ángel y su familia continúan viviendo en el departamento pese a los riesgos: “No tenemos opción, me despidieron después del sismo y no tenemos para pagar una renta”.  
 
Además de estas quejas, los damnificados tienen varias preguntas: ¿en qué consistirá la ayuda?, ¿será un apoyo o habrá reconstrucción? Y, lo más importante: ¿cuándo llegará?
 
El delegado del gobierno federal, Iván Hernández Díaz, reconoció que no censaron a todos los damnificados porque… los damnificados no estuvieron en sus casas.
 
“Hicimos un censo de emergencia, tenía que ser rápido (…) no siempre tuvo el éxito que hubiéramos querido, hicieron visitas dos que tres veces a una misma colonia, pero en algunas casas no logramos encontrar a los dueños”, dijo en entrevista con reporteros. 
Lourdes no ha tenido esa suerte, a ella ninguna vez la han visitado.
 

Al otro día del sismo, Elena Moreno regresó a su casa. Estaba colapsada. Volvió para recuperar algunas pertenencias, documentos y ropa, sobre todo. Lo logró con ayuda de soldados de la Guardia Nacional y del Ejército. Todo lo demás lo perdió. 
 
Elena vivía en esa casa desde hace 40 años, ahí crió a sus seis hijos y nietos. Tiene 70 años y desde hace dos es viuda. Vivía sola, era su refugio y el punto de encuentro con sus hijos. 

Ahora pasa gran parte del día en el atrio de la capilla de El señor de las tres caídas, en la colonia Lagunilla, donde los vecinos instalaron uno de los cuatro comedores comunitarios y un albergue. Por las noches durme en la galera que construyeron con su hijo para no quedarse a la intemperie.  
 
Elena ha sobrevivido estos días por la solidaridad de sus vecinos. Desde el 10 de septiembre, Fidelina Memije y Nereo Sánchez coordinan el comedor comunitario donde dan de almorzar, comer y cenar a unos 200 damnificados.
 
Fidelina y Nereo tomaron la iniciativa porque muchos dejaron de trabajar por tratar de recomponer sus casas y porque desde antes del terremoto ya tenía una situación complicada: la mayoría de los pobladores son campesinos, empleados y comerciantes que la pandemia por Covid-19 los golpeó duro. El resto de los pobladores de Xaltianguis son migrantes.
 
Fidelina y Nereo dan de comer gracias a la ayuda de otros pobladores pero, sobre todo, grupos de personas que llegan de otros lugares. Desde las 7 de la mañana las cocineras comienzan “poniendo” el café y terminan en la noche ofreciendo té o café con pan o tamales, como cuando uno de sus paisanos que está en los Estados Unidos envió dinero para prepararlos.
 
La única ayuda de las autoridades llegó cuando bloquearon la carretera federal Acapulco-México y el gobernador se vio obligado a atenderlos. Les dejó 60 mil pesos y mil despensas para repartir entre los cuatro comedores comunitarios. 
 
Fidelina y Nereo no saben hasta cuándo seguirá funcionando el comedor pero, dicen, lo único seguro es que lo intentarán hasta que siga siendo necesario.  

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