Tecate, la nueva base operativa del crimen

Con la llegada del CJNG a la ciudad, estaciones de Bomberos han cerrado por la inseguridad; la violencia alcanzó a las familias, que tuvieron que crear sus colectivos

Tecate, la nueva base operativa del crimen
Los primeros cuerpos hallados estaban en una vereda que corre a la par de un río. Había cruces clavadas en el suelo. Fotos: ESPECIAL
Estados 09/05/2021 02:45 Gabriela Martínez / Corresponsal Actualizada 02:46
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Tijuana, BC.— Llegaron armados. Dentro de la estación de socorristas nadie se dio cuenta, pero sus vecinos bomberos sí lo hicieron. Aun cuando lograron identificar al comando cargado de armas, para lo único que les dio tiempo fue para escapar.

Lo hicieron por la ventana del edificio, arrastrándose entre los matorrales alrededor de las estaciones enclavadas en el poblado La Rumorosa, en Tecate.

A las horas, los elementos sabrían que uno de los jóvenes habría sido levantado y obligado a curar las heridas de un gatillero lesionado durante un enfrentamiento entre cárteles.

En los primeros tres meses de 2021, el número de asesinatos en Tecate repuntó 280%, casi el triple de casos registrados en el mismo periodo de 2020.

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Entre las víctimas de este año: un funcionario de alto rango del gobierno municipal, un aspirante a un cargo público por la vía independiente y una gestora social, militante y voluntaria en una campaña.

En un video que circuló a través de redes sociales, un grupo armado se identificó como el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y en la grabación anunció su operación en algunos de los puntos clave del estado —situados en la frontera con Estados Unidos—, pero los grupos de inteligencia de las corporaciones locales advierten: Tecate, Pueblo Mágico del estado, es su base operativa.

Uno de los coordinadores de la estación de Bomberos en Tecate, quien prefirió no ser identificado, narra parte de los incidentes que llevaron al ayuntamiento de esa ciudad a cerrar las cuatro estaciones que mantenían en las áreas rurales: La Rumorosa, Cerro Azul, Valle de las Palmas y El Hongo. En cada uno, la vida en algún momento corrió riesgo.

“No somos mártires”, cuenta el jefe en turno desde una de las estaciones del llamado Pueblo Mágico, mientras observa a uno de sus muchachos.

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Señala al joven que no rebasa ni los 25 años: “A él —dice en voz baja— lo amarraron y le robaron su carro para huir en una persecución, después lo abandonaron [el vehículo] y le prendieron fuego”. Eso ocurrió en La Rumorosa, pero hubo otras más, cuenta.

Era mediodía y recibieron el reporte de un incendio en El Hongo, atendieron el llamado y se trasladaron al sitio.

Al llegar, miraron a un policía federal; desde afuera de su unidad les hacía señas: “No bajen, no bajen”, parecía decirles.

No le entendieron y bajaron, cuando lo hicieron casi de inmediato el oficial se desplomó en el suelo. Una ráfaga de balas rompió con el silencio.

Ese día los jóvenes bomberos regresaron a su estación con la unidad dañada por las balas. Ese y otros pocos incidentes fueron los que provocaron la movilización de bomberos, le hicieron saber su preocupación a la alcaldesa Zulema Adams y decidieron no regresar hasta que alguien les garantizara su seguridad.

“Nadie nos pudo garantizar nuestra seguridad. ¿Cómo voy a enviar a los muchachos a trabajar así? —comenta el jefe en turno—. Sin que yo pueda decirles que van a regresar, estamos hundidos en la inseguridad”.

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Con picos y palas, las familias encontraron huesos y hasta cuerpos enteros en tumbas cubiertas por árboles frondosos.
 

Llega a casa

La estela de violencia en Tecate no sólo alcanzó a las estaciones de Bomberos. Las familias, que por años habían vivido en tranquilidad, la perdieron y, por primera vez, tuvieron que crear los colectivos de desaparecidos del municipio: Madres Buscándote Tecate.

En un sólo mes, las familias hicieron lo que la misma autoridad no pudo: hallaron siete cuerpos. Todos enterrados uno tras otro, sobre una vereda que corre a la par de un río. Pareciera un camino de la muerte, con sólo un par de cruces clavadas con furia sobre la tierra.

En ese lugar, en medio de un paraíso de encinos convertido en un cementerio clandestino, fueron abandonados y escondidos a su suerte tanto hombres como mujeres.

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La historia, como casi siempre, es de un grupo de familias que empuñaron picos y palas para desenterrar pedazos de huesos y hasta cuerpos enteros.

En este lugar fue donde el crimen organizado decidió sepultarlos bajo los techos frondosos de los árboles de esta tierra olvidada, en donde un puñado de asentamientos irregulares han levantado sus casitas hechizas, mezclándose entre los troncos y las ramas.

Una de las activistas que pertenece al grupo de buscadoras prefiere no ser fotografiada ni identificada: “Tengo miedo —expresa—. A una de las mamás ya la amenazaron de muerte”.

Y sí, después del hallazgo de los cuerpos, una de ellas recibió una llamada telefónica a su celular para advertirle de su muerte en caso de seguir buscando.

“También le marcaron a una amiga de otra integrante —recuerda—, pero ella nada tenía que ver, yo me pregunto, ¿cómo consiguen y saben de la gente que estamos buscando, quién les da esa información?”.

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