Peribán.— Antes de iniciar el sexto novenario, Ceci mira el retrato de su hijo Andrés y dice que así es como quiere recordarlo... y no por la forma en que fue .

Hace una semana, guardias comunitarios se enfrentaron a tiros con integrantes del Concejo de San Juan Nuevo Parangaricutiro coludidos con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y, hasta ahora, no hay un solo detenido por el asesinato de cinco personas, entre ellos, dos adolescentes que quedaron destrozados por las balas.

De las cinco víctimas, cuatro eran originarias del municipio de Peribán, y una más, de Tancítaro —ambos, municipios de la zona aguacatera— y uno de ellos era Andrés Morales Esquivel, de sólo 16 años de edad.

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“Mi hijo era un niño. Él siempre fue como muy activo. Yo tenía mucho pendiente de él, porque yo he sido como una mamá a la antigua: de la casa al trabajo y así”, relata Ceci, mamá del joven originario de la cabecera municipal de Peribán, en entrevista con EL UNIVERSAL.

La mujer es madre de otros dos hijos de 13 y 11 años de edad. Recuerda que Andrés era inteligente y muy adelantado para su edad, pues no se dejaba mandar; le gustaba ser líder.

Desde pequeño, a Andrés le llamaban la atención las armas y quería ser militar, pero no acabó la secundaria e incursionó en la guardia comunitaria.

“Andrés no tenía miedo a la muerte. Me decía: ‘Cuando me toque, me va a tocar’, y yo le decía: ‘Pues sí, hijo, pero estás en el tocadero’”, señala Ceci.

Ella recuerda que su hijo le insistía en que le interesaba, sobre todas las cosas, cuidar a su pueblo, a su gente y contribuir para que los cárteles no ingresaran a su municipio. Sin embargo, el temor de Andrés era que el crimen organizado le hiciera daño a su familia, entre ellos a sus hermanos, con quienes era muy cariñoso y cuidaba a toda costa.

“No quiero culpar al exterior de lo que le pasó a mi hijo, porque yo sé que no lo voy a poder cambiar, que la cosa está bien dura y que te arrastra, porque es algo más grande”, afirma.

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Un entorno complicado

Ceci cuenta que cada que podía abrazaba a su hijo y le decía que lo quería, porque buscaba aprovechar cada momento, pero a la vez le insistía para que se apasionara por un deporte, puesto que desde pequeño lo llevaba a entrenar futbol, jugaba como portero y era muy bueno, dice.

“Siento que es bien difícil para ellos [los jóvenes], porque hay tanta cosa: los corridos, los bailes, las armas, las camionetas... y siento como que él tenía urgencia de ser grande”, reflexiona.

A pesar de que era un chico rebelde e irreverente, reconoce su mamá, Ceci aclara que Andrés no era un delincuente y, como muchas víctimas, no merecía morir así.

“Me ayuda a tranquilizarme un poquito, a estar en paz mi alma, saber que los últimos días que estuvo conmigo convivimos bien, nos dimos abrazos. Era bromista, me hacía renegar y luego yo le decía: ‘Ay, Andrés, eres bien cabrón’”, platica sin poder contener el llanto.

La madre, docente de profesión y deportista, relata que a Andrés le gustaban los corridos y la música de Santa Fe Klan y otras canciones bonitas que su mamá aprendió porque las escuchaba de él.

“Se me hacía bien simpático, porque yo a veces ponía cumbias para hacer quehacer y cuando él entraba se ponía a bailar y me decía: ‘Esas están chidas’. O a veces entraba cuando estábamos cenando y le decía que se sirviera y eso tenía él, que era muy independiente; cenaba solo. Si no le gustaba lo que había, se cocinaba”.

Ceci sostiene que así es como quiere recordar a su hijo y no por la manera en que fue asesinado, debido a lo cual no quiere saber quién o quiénes lo mataron, “para no llenarme de odio, descansar y dejar descansar a mi hijo.

“Ya viviré mi duelo en su momento y quiero que sea con el corazón limpio”, menciona.

Antes de iniciar el sexto día del novenario, Ceci envía un mensaje a otras madres y padres de familia: “Hay que reconciliarse a diario. Abracen a sus hijos; díganles que los quieren, porque en mi caso a lo mejor la rebeldía de Andrés y su irreverencia en el fondo eran falta de cariño, a lo mejor es su manera de decir ‘abrázame, te necesito’.

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