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Valle Nacional
Es un día nublado y lluvioso en Rancho Grande. La selva brilla y brota por cada rincón de sus calles y montañas que se recorren a pie para llegar al hogar de Soledad Manuel Antonio, mujer chinanteca de 84 años de edad, en quien reside el mayor conocimiento de cultura y tradición indígena de esta localidad del municipio Valle Nacional: el brocado con el telar de cintura.
“¡Ven, pequeña niña, ven a aprender!”, recuerda Juana Esther Manuel Ángeles, bisnieta de Soledad y quien en su infancia escuchó ese llamado de forma repetitiva y en su lengua madre, el chinanteco. Era su bisabuela quien le insistía para que aprendiera la elaboración del huipil, a través de la técnica original, que usaban sus ancestros desde antes de la Conquista.

En Rancho Grande la técnica era preservada por Soledad Manuel y su hermana Ángeles, pero esta última por su edad, 94 años, ha dejado de hacerlo.
En 2015, un grupo de mujeres artesanas de esta comunidad de chinantecos —pueblo indígena que se extiende por 14 municipios de Oaxaca, algunos de los cuales se encuentran a una altura de hasta 3 mil metros sobre el nivel del mar— se organizó para evitar la desaparición de la técnica original para la creación de su vestimenta.
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“Mi mamá también me insistía que fuera con mi bisabuela para aprender, porque ya estaba grande y debía aprovechar”, recuerda Esther.
Actualmente en la población, ubicada en la región de la Cuenca del Papaloapan, sólo tres mujeres mayores de 50 años elaboran el huipil con el telar de cintura, conocido así por la forma en que las artesanas se colocan el telar en el cuerpo. Además, dos mujeres jóvenes están en el proceso de aprendizaje. Todas aprendieron de Soledad Manuel.
“Mi bisabuela es muy noble con su conocimiento y enseñó a todas las que quisieron aprender”, afirma.
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Donde se guarda el espíritu
El huipil tradicional consiste en tres piezas o lienzos blancos, sobre los cuales se bordan figuras iconográficas, que se unen a través del tejido el cual llaman coralillo.
La parte central es el lienzo más grande y en el cual se tejen figuras que plasman parte de su cosmovisión indígena: en el centro, a la altura del pecho, están bordados rombos con una combinación de colores rojo, azul, amarillo, negro, verde, entre otros. Los chinantecos llaman a estas figuras Uo, en donde habita y se alimenta el espíritu, también representa el centro del cuerpo humano.
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Las puntas de los rombos simbolizan los cuatro puntos cardinales y los elementos aire, fuego, agua y tierra; alrededor se bordan grecas.

“Los antiguos creían que ahí se guardaba el espíritu, creían en la existencia de algo más a parte de su cuerpo, no un alma como tal. Cuando te asustas, contaban los chinantecos, el espíritu salía del cuerpo; entonces lo que tenías que hacer en ese momento era agarrar la prenda, cubrirte parte del rostro a la altura de la nariz e inhalar para que el espíritu se quedara guardado”, explica Juana Esther.
Originalmente, los tres lienzos que forman el huipil eran bordados principalmente con hilo rojo que cubría casi en su totalidad la prenda. Después de la Conquista se fueron añadiendo otro tipo de bordados en las dos piezas laterales que se unen con la parte central a través de coralillos, pero el tejido fue sustituido por la técnica punta de cruz.
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Las figuras iconográficas también cambiaron y se añadieron en los dos lienzos más pequeños. Durante muchos años en esta región fue productora de tabaco y posteriormente de café, esto explica el tejido de la mata del tabaco y del café.
También está el saltamontes que hace referencia a una plaga que acabó con sus cultivos de tabaco y que nunca pudieron recuperar; el escarabajo, el árbol de la cosecha y el árbol de las tres regiones: Valle Nacional, Usila y Ojitlán.

La resistencia del bordado
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Lucina Manuel Cruz, artesana de Valle Nacional, relata que ella aprendió de Soledad Manuel el uso del telar de cintura hasta los 40 años de edad y ahora forma parte del grupo de mujeres que busca rescatar y preservar esta técnica.
La elaboración de un huipil con el telar de cintura toma, en promedio, seis meses terminarlo y si se reparten el trabajo entre más artesanas, lo pueden reducir a la mitad del tiempo: tres meses.
No hubo un proyecto como tal, sino que las señoras tomaron la iniciativa propia de aprender y rescatar el huipil tradicional, detalla Juana Esther y agrega que pese a que están poniendo mucho esfuerzo, persiste el riesgo de que desaparezca o deje de usarse esta técnica, de que el espíritu se escape de un susto.
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