Jornaleros: la pobreza más extrema

Guadalupe Benito Félix volvió a su pueblo en la Montaña de Guerrero tras la muerte de su esposo; en este lugar, sin empleo, no le queda más que para comer tortillas

Jornaleros: la pobreza más extrema
Hace más de un año que Guadalupe y sus hijos viven con lo mínimo necesario; no ha podido regresar a trabajar como jornalera y en Francisco I. Madero no hay más alternativas para sobrevivir, narra. Fotos: Salvador Cisneros. EL UNIVERSAL
Estados 13/09/2021 02:44 Arturo de Dios Palma / Corresponsal Actualizada 15:11
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Metlatónoc.— Guadalupe Benito Félix tiene 28 años de edad y siempre ha conocido la pobreza, desde los cinco comenzó a salir de su pueblo para sobrevivir. Es jornalera. Conoce de cerca las carencias, sabe lo que es vivir con lo mínimo pero ahora —como nunca antes— esta condición la agobia demasiado. 
 
En julio del 2020, Guadalupe regresó a su pueblo, Francisco I. Madero, Metlatónoc, en la Montaña de Guerrero. Regresó porque su esposo, Leonor Galindo Estrada, murió. 
 
Guadalupe y Leonor trabajaban en el corte de chile jalapeño en un campo agrícola de Jiménez, Chihuahua

 
La mañana del 22 de junio de ese año, Leonor no se pudo levantar, se sintió demasiado débil, estaba deshidratado. Llevaba días con diarrea y vómito, temperatura alta, dolor de cabeza y tos intensa. 

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Guadalupe y su esposo Leonor trabajaban en el corte de chile jalapeño en un campo agrícola de Jiménez, Chihuahua.

Ese día, Guadalupe decidió llevarlo al hospital del municipio de Parral. Lo diagnosticaron con Covid-19. Estuvo internado tres días. Todo ese tiempo se comunicaron con un celular que Guadalupe compró y se lo hizo llegar. 
 
Hablaban por las tardes. Leonor preguntaba por sus hijos, Brayan de 10 años, Alex de 7 y Leo de 2, que casi siempre lloraban porque ya lo querían ver. La última vez que se comunicaron fue la tarde del 24 de junio. Leonor dijo que estaba mejorando, que se sentía mejor. Guadalupe, recuerda, lo escuchó toser menos. 
 
A las 7 de la mañana del día siguiente, los médicos llamaron a Guadalupe. 
 
“Su esposo murió y se lo tiene que llevar rápido porque necesitamos desocupar esa cama para atender a otro paciente”, le soltó sin miramientos el médico, recuerda Guadalupe. 
 
La mujer sin dinero para trasladar el cadáver de su esposo pidió ayuda en su pueblo. Desde Francisco I. Madero le advirtieron que no podía volver, por lo menos, hasta que se descartara que no estuviera infectada de coronavirus

 
No tuvo otra opción: sepultó a Leonor en Chihuahua. Leonor tenía 32 años de edad y vivían juntos desde hace diez. 
 
A la semana, Guadalupe y sus hijos se vieron obligados a regresar a Francisco I. Madero, sin trabajar, sin dinero no pudieron mantener su estancia en Chihuahua. Cuando llegaron a su pueblo, los obligaron a encerrarse 15 días para evitar contagios. Desde entonces no ha podido volver a un campo a trabajar.  
 
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Son las 10 de la mañana del 26 de junio del 2021, en Francisco I. Madero el cielo está despejado, completamente azul, pero corre un aire frío. Guadalupe está en su casa, una choza de adobe con techo de láminas de aluminio apenas sobrepuestas.
 
La lluvia de los últimos días voló el techo y ahora en cuanto anochece se van a dormir en la casa de una cuñada porque a los niños les da miedo que el viento vuelva a llevarse las láminas. 
 
La casa está dividida en dos cuartos, uno es la recámara y otro la cocina. En la recámara hay una cama matrimonial donde duermen los cuatro, un molino y ropa regada. Al fondo hay un pequeño altar con la foto de Leonor. La cocina está aún más vacía: sólo hay un fogón y una mesa con algunos huevos, un bote con aceite a la mitad, una bolsa con sal y un canasto con algunos chiles, jitomates y cebollas. No hay nada más.     
 
Desde hace casi más de un año, Guadalupe no ha podido trabajar, de entrada, porque aquí no hay en qué trabajar, no hay empleos, no hay nada que vender y, menos, hay quién compre algo. Aquí la única opción que han hallado es huir, convertirse en jornaleros para evitar pasar hambre. Esa opción para Guadalupe por ahora es casi imposible. 

 
—¿Ahora cómo le estás haciendo para alimentarse?
 
—La verdad, ahorita estamos comiendo pura tortilla con sal, ahorita no tengo nada de dinero. Tengo deudas. Le pedí prestado a la gente, ya debo como unos 5 mil pesos. Ese dinero sólo lo he ocupado para comer, para comprar pañales, para jabón, pero sobre todo para comer. Aquí no hay empleos, hacemos sombreros pero nos lo pagan barato, para hacer una docena de sombreros se tarda uno hasta un mes y vendemos en 50 pesos la docena. 
 
—¿Ayer qué comieron?
 
—Salsa con tortilla.
 
—¿Y hoy qué almorzaron?
 
—Sal con tortillas.
 
—¿Cuándo estaban trabajando podían comer otra cosa?
 
—Sí, la verdad sí. 
 
El 9 de mayo del 2020 Guadalupe y Leonor salieron a trabajar como jornaleros a Chihuahua. Se fueron con sus tres hijos. Trabajaron en el corte de chile jalapeño. Les pagaron 15 pesos por cada costal que llenaron. Entre los dos lograron llenar hasta 25 costales en una jornada que comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 6 de la tarde sin descanso. En los mejores días ganaron hasta 375 pesos entre los dos.
 
Pero eso no pasaba siempre, trabajar entre los surcos con tres hijos es muy complicado. En muchas ocasiones Guadalupe tenía que dejar los campos para cuidar a los niños. Otras veces, los dos más grandes se cuidaban entre ellos y ella cortaba los chiles cargando en la espalda al bebé.  
 
En los campos de cultivo se debe trabajar duro y rápido si se quiere ganar dinero, dice Guadalupe. 
 
“No he podido volver a los campos, la verdad no puedo por mis hijos, con este niños que está muy chiquito no puedo. Llora mucho. Yo podría irme y llenar los costales con chiles pero sería muy lento y como te pagan por costal casi no juntaría”, cuenta la mujer. 

 
Que Leonor y Guadalupe tuvieran un ingreso tampoco significó que su vida estuviera resuelta. Allá en los campos tenían que pagar renta, 2 mil pesos, para vivir en casas hacinados. Pagar comida, transporte. Lo que sobra es muy poco.
 
Regresar a los campos es muy complicado, de entrada, necesita tener unos 3 mil 600 pesos para pagar lo de dos asientos donde viajaría ella y sus tres hijos. 
 
Juntar ese dinero es casi imposible, por ahora sólo piensa en cómo alimentar a sus hijos.

El peso del sufrimiento

Guadalupe estudió hasta cuarto grado de primaria, dejó la escuela porque desde los cinco años tuvo que irse con su familia a trabajar a los campos al norte del país. 
 
En Francisco I. Madero el futuro llega muy pronto. Aquí la niñez es corta, se les va en los campos pero, sobre todo, a las mujeres es interrumpida abruptamente: se conserva la tradición de la dote, una práctica que ahora no es otra cosa que ponerle precio a una niña, adolescente, mujer para ser entregada a un hombre.
 
En este pueblo hay abuelas muy jóvenes: mujeres que a los 26 años tienen hijas de 13 que ya son madres.  
 
Como la historia de Guadalupe está lleno el pueblo. Niñas que apenas estudian la primaria porque sólo hay primaria y porque desde pequeñas se convierten en jornaleras. 
 
¿Por qué se convierten en jornaleros y jornaleras? Porque no hay oportunidades, no hay caminos, no hay escuelas, no hay trabajos. Porque están marginados, olvidados. 
 
Son condenados a ser jornaleros y jornaleras, se convierten en jornaleros y jornaleras por necesidad.
 
Paulino Rodríguez Reyes, es el encargado de Atención a Jornaleros y Jornaleras Agrícolas Migrantes del Centro de Defensa de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan.
 
Rodríguez Reyes explicó que en la Montaña de Guerrero cada año hay dos temporadas de salidas de jornaleros y jornaleras, una en mayo y la otra en septiembre. Sin embargo desde que se declaró la pandemia las temporadas son permanentes: no dejan de salir de sus pueblos en busca de trabajo en los campos agrícolas. 
 
En esta pandemia Tlachinollan ha documentado la salida de unos 15 mil jornaleras y jornaleros,  5 mil 296 de ellos son niñas y niños de entre uno y doce años de edad.

 
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Ser jornalero y jornalera no es cosa fácil. Hay que levantarse a las 4 de la mañana a preparar la comida del día. Salir para tomar el transporte para estar listo a las 7 de la mañana en la puerta del campo agrícola. 
 
Durante las siguientes 11 horas no habrá descanso, se trabaja sin parar para recolectar lo más posible. El pago será proporcional a lo que se recoja. Acá no hay salario fijo. Si toca trabajar en los surcos del chile serrano el pago será de un peso por kilo cortado.
 
¿Hora de comida? No hay. Los jornaleros y jornaleras comen en unos minutos cuando pueden. No cuentan con ninguna certeza: no tienen seguro social, salario, prestaciones, nada. La única garantía es que en los campos pueden ganar algo de dinero. 
 
Cada peso que ganan lo sufren. 
 
“Uno anda trabajando oliendo el químico, andas trabajando, estás en el surco ahí vienen con el químico. Y eso los hace todos los años, donde quiera que uno va”, cuenta Hermelinda Santiago Ríos. 
 
Hermelinda desde niña es jornalera, ahora forma parte del proyecto Campo Justo, que busca la dignificación laboral de los jornaleros y jornaleras de todo el país. 
 
“Pedimos igualdad, llegamos allá sin hablar español y nos dicen que no tenemos ningún derecho, no tenemos seguro social, ni salario fijo, no nos dan un medicamento, ni de primeros auxilio, no te ayudan ni para llegar al médico. Si te desmayas ahí te dejan tirado. Si nos fracturamos a ellos les vale, no nos pagan los días si nos enfermamos. Nosotros, según somos trabajadores esenciales pero somos los más maltratados: puros insultos, regaños, no hay derecho a descanso, no tenemos derecho a nada”, relata Hermelinda las condiciones en que trabajan.

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