La última aceitera que alumbra Oaxaca

Desde su fundación en 1935, la empresa Torres Barriga mantiene el mismo proceso, con el fin de no comprometer la calidad del producto, que supera a otros fabricados en la India

Fotos: MARIO ARTURO MARTÍNEZ
Estados 22/04/2018 02:16 Christian Jiménez/Corresponsal Actualizada 11:15
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“La lámpara de Aladino usaba aceite de higuerilla, producto que se utiliza desde hace más de 5 mil años. Historiadores han encontrado tumbas con lámparas cuyo aceite aún enciende”, afirma Mario Elías Torres Ruiz, quien coordina la única fábrica de aceite de higuerilla que sobrevive desde hace 83 años en la capital oaxaqueña: Aceites Torres Barriga.

Mario es nieto de Jesús Torres Barriga, quien en 1935 inició con la empresa familiar. Desde entonces, la fábrica es manejada por sus hijos y nietos, y ahora, su tercera generación vive en una constante lucha por mantenerse a flote, luego de una debacle en la venta de este producto.

En los años 80 la industria del aceite vivió un verdadero apogeo en la entidad. En esos años la capital del estado llegó a tener al menos 20 fábricas de aceite de higuerilla, pequeñas industrias familiares que fueron extinguiéndose debido a la competencia desleal entre ellas, pues buscaban vender mayores cantidades de producto a menor precio, relata el directivo.

Entonces, el aceite de higuerilla, también llamado de ricino o de castor, era adquirido para iluminar las viviendas de las comunidades donde no había llegado la electricidad. Pero el uso de las lámparas de aceite en los hogares fue mermando con el paso del tiempo, ante el incremento paulatino de la red eléctrica que fue apagando la industria del aceite.

Por esos años, dice Torres Ruiz, también lo compraban empresarios farmacéuticos para elaborar emulsiones, pues se empleaba como vehículo de otras sustancias. Incluso, en algunos hogares oaxaqueños aún acostumbran a usarlo como purgante.

Cuando la bonanza nacía de triturar la semilla de la higuerilla, Aceites Torres Barriga procesaba al mes hasta 20 toneladas de semillas, las cuales convertía en aceite. Actualmente, la fábrica familiar sólo produce tres toneladas en el mismo lapso.

“Vamos sobreviviendo, hemos buscado un nicho de mercado en el ramo farmacéutico con empresas nacionales, también con las que se dedican a la fabricación de barnices y pinturas; sin embargo, todavía la mayoría de nuestros clientes se centran en la región de los Valles Centrales”, señala.

Todo esto explica una y otra vez Mario Elías Torres Ruiz, cuando en visitas escolares cuenta la historia de la fábrica de su familia, que ya se cuenta entre los sitios históricos de la capital.

También les dice que el líquido que surge del ricino se sigue vendiendo para iluminar con lámparas de aceite, pero sólo para usos religiosos, principalmente en las mayordomías de los santos y las fiestas de Semana Santa, en comunidades como Tlacoula, Etla y Zaachila, en los Valles Centrales, donde los altares aún se alumbran con las luces tenues de estas lámparas.

Además, en comunidades de la Sierra Norte, como Ixtlán, y en Santa Catarina Juquila, en la Sierra Sur, la fe se enciende a través de los pabilos de los candiles que han sido heredados de generación en generación.

Justo como las lámparas milenarias, cuyo aceite aún arde, una lámpara de este tipo puede durar de por vida si se resguarda en un lugar sin humedad. Un litro de aceite es suficiente para alumbrar durante un mes una habitación o mantener iluminado el altar familiar, empleando de una a tres cucharadas al día.

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Aceites Torres Barriga es la única fábrica de aceite de higuerilla que sobrevive desde hace 83 años en la capital oaxaqueña; actualmente brinda empleo directo a ocho personas.  
 

Semilla de higuerilla, el origen

El aceite de la semilla de higuerilla es un líquido viscoso y amarillo que siempre añora la transparencia del agua: entre más claro mayor es su calidad. Nace de una planta con forma de arbusto que llegó al continente luego de la conquista española, pero que es originaria del África tropical y se ha extendido por todo el mundo.

Su nombre científico es Ricinus Comunis, y regularmente crece en las laderas de los cerros: entre la maleza, de forma silvestre y sin cuidados especiales. Basta un periodo de un año para que crezca un arbusto que puede medir hasta cinco metros de alto.

El Fideicomiso de Riesgo Compartido, dependiente del gobierno federal, define a la planta como un arbusto cuyas hojas “están partidas de cinco a ocho segmentos, en forma de estrella y los nervios de color rojizo”; además, los bordes tienen dientecillos de tamaño irregular. Sus flores se dan en racimos, y los frutos son cápsulas espinosas con tres semillas “grandes, lisas, algo aplanadas y jaspeadas”.

Las semillas de la higuerilla son compradas por la fábrica Torres Barriga a productores de comunidades de los Valles Centrales como Zimatlán de Álvarez, que hace décadas era la que más higuerilla producía. Actualmente, una tonelada de higuerilla cuesta hasta 10 mil pesos.

Así nace el aceite

El proceso para convertir las semillas en el combustible para iluminar inicia con la colocación de los granos en una prensa hidráulica, donde se estrujan hasta que revientan. Luego, poco a poco, va saliendo el aceite. El resultado de esta primera extracción se conoce como aceite de primera.

El bagazo que queda en las cubas de la prensa se procesa nuevamente en la prensa speller para arrastrar la semilla hasta un barril, donde se obtiene otro aceite, considerado de segunda.

Cada tipo de aceite se pone a cocer y se le agrega carbón activado, para finalmente bombearse por un filtro; un proceso similar a la filtración de café en una cafetera. Los restos se quedan en las lonas, son limpiados y vendidos como abono a campesinos que siembran tomate o chile, quienes pagan a 800 pesos la tonelada. En ocasiones, también se emplea como nutrientes para plantas de ornato.

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La fábrica es un solo cuarto alargado y techado con láminas, donde se encuentran las máquinas, que a pesar de que fueron compradas hace décadas, funcionan a la perfección.
 

Método artesanal

En las entrañas de la última fábrica de aceite de higuerilla el calor apenas se aguanta. En realidad, la fábrica es un solo cuarto alargado y techado con láminas donde el olor a hierba y aceite es persistente. Ahí están colocadas las máquinas, compradas hace décadas, que hoy lucen grasosas y despintadas, pero funcionan a la perfección.

Con esa maquinaria, la fábrica da empleo directo a cuatro personas, dedicadas a operar los aparatos y a otras cuatro dedicadas a ventas, distribución y administración.

Mario Elías Torres Ruiz, nieto del fundador y actual representante de la empresa, dice que cuando la fábrica inició, y muchos años después, el aceite se elaboraba triturando las semillas en un metate. Luego, los procesos mecánicos fueron aprendidos por los primeros fabricantes de la familia Torres Barriga, quienes perfeccionaron el método y experimentaron procesos para optimizar el uso de la tecnología a través de ingeniería empírica. Así han seguido desde entonces.

Hace algunos años, cuenta, el gobierno estatal les ofreció impulsar un proceso más rápido con máquinas nuevas para la extracción del producto. Para no comprometer la calidad, que ha sido comparada con otros producidos en la India y ha resaltado por su claridad y capacidad de combustión, los Torres Barriga optaron por preservar el método artesanal.

Los clientes llegan al punto de venta de la fábrica donde el olor a aceite, parecido al aceite de oliva, se distingue de inmediato; conocen el proceso de compra y llevan consigo un galón o una botella de plástico para adquirir el combustible. Un litro a granel de aceite de primera cuesta 55 pesos, mientras que el de segunda se vende a 27 pesos. Con un envase nuevo, el precio se eleva 10 pesos por litro. A diario, la fábrica vende unos 10 litros.
 

Estrategias para no morir

Para sobrevivir, la última fábrica de aceite ha emprendido algunos esfuerzos que incluyen registrar su propia marca y generar una imagen y un envase identificable para que los clientes lo puedan buscar ya envasado. La marca es Aceite para Lámpara Tepeyac Tres Vírgenes, en cuya etiqueta resalta la imagen de las vírgenes de Guadalupe, de la Soledad y de Juquila, estandartes de la fe católica en el estado y que hacen referencia al uso predominantemente religioso del aceite.

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Cada tipo de aceite se cuece, se le agrega carbón activado y se bombea por un filtro.
 

Además, la fábrica incursionó en elaborar aceite de coco, producto cuyo uso está en boga, por lo que su precio se disparó de los siete a los 20 pesos por litro. El motivo fue que a pesar de que Aceites Torres Barriga es la única fábrica que se dedica a la manufactura de aceite para lámparas, en 2017 el gobierno federal impulsó la llegada de una planta de extracción de higuerilla en Monte del Toro, Ejutla, dedicada a la producción de biodiesel. El proyecto tuvo una inversión de casi 11 millones de pesos.

Los empleados de la fábrica admiten que la apertura de la planta de biodiesel propició una escasez momentánea de la semilla que crece en las laderas de los Valles Centrales; sin embargo, aseguran que poco a poco la producción ha ido aumentando, al igual que la demanda, por lo que esperan que esta última fábrica se mantenga a flote.

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