Fue vendida y explotada; ahora ayuda a jornaleras

Al igual que muchas mujeres que son vendidas a hombres en la Montaña de Guerrero, fue obligada a trabajar largas jornadas para pagar el dinero que se ofreció por ella

Fue vendida y explotada; ahora ayuda a jornaleras
Actualmente, Hermelinda vive en Tlapa, Guerrero, y es defensora de los derechos laborales de las jornaleras y jornaleros. Fotos: Salvador Cisneros. EL UNIVERSAL
Estados 25/11/2021 02:40 Arturo de Dios Palma / Corresponsal Actualizada 06:07
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Metlatónoc.— Hace 13 años, cuando trabajaba en un campo agrícola en Chihuahua, Hermelinda Santiago Ríos dijo basta. Tomó sus cosas y regresó a su pueblo enclavado en la Montaña de Guerrero. Llevaba casi un año recolectando chile y jitomate, en jornadas extenuantes que comenzaban a las 5 de la mañana y terminaban a las 7 de la noche. Todo, sin recibir un pago.  
 
Cada semana que cobraba, al llegar al cuarto donde dormía el padre del hombre con el que la obligaron a vivir, le quitaba el dinero y le entregaba 20 pesos. El resto, le decía, era para recuperar lo que habían gastado en la fiesta y el dote que habían ofrecido el día en que la “pidieron”.  
 
Así iba a suceder, le advirtió, durante los siguientes diez años. 
 
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En algunos pueblos de la Montaña y Costa Chica de Guerrero prevalece una tradición denominada como la dote. 
 
La dote es una tradición ancestral de los pueblos originarios, aunque ahora en mucho de los casos es una simple transacción económica. Antes, era una ofrenda que una familia brindaba a otra por la felicidad de una nueva pareja. Entregaban flores, panes, cerveza, algunos animales y dinero. Sin tarifas. 

 
Era una manera de agradecer por la crianza de la mujer y una forma de apaciguar la tristeza que provocaba a la familia dejar ir a una de sus hijas que son “la alegría de la casa”.
 
Ahora no, las familias se meten en intensas negociaciones hasta llegar a un monto y la ofrenda queda en segundo plano. El pago varía: 40, 80 hasta 150 mil pesos por una niña. Se establece en tres aspectos: la edad [mientras más niña más vale] el comportamiento [si se sabe que ya tuvo novio su valor se demerita] y la educación [más educada menos valor]. 
 
Para la abogada del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, Neil Arias, la venta de niñas, además de una tradición, es un problema profundo, estructural: la pobreza. 
 
Muchas veces con la venta de las niñas las familias se quitan una boca de encima, es un gasto menos; pero, agrega, igual de pobres son los que pagan por las niñas. 
 
Sin embargo, las familias que las pagan adquieren un poder sobre ellas. Las mujeres en la nueva familia muchas veces no toman el papel de esposas sino de sirvientas: están obligadas a limpiar la casa, a lavar la ropa, a trabajar en el campo sin pago. Muchas veces, las familias pagan por una esposa para sus hijos para que no se vayan solos de jornaleros. Por lo regular, para pagarlas se endeudan, venden sus animales o se van a trabajar largos tiempos para juntar ese dinero. Al final saben que es una inversión: porque la mujer por la que pagaron trabajará —de una u otra forma— para recuperar el dinero.
 
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Hermelinda lo recuerda perfecto: era la mañana del 29 de mayo del 2007. A su casa llegó un grupo de personas con mariachi, comida, bebida, todo listo para una fiesta. Habían llegado para pedirla, para llevársela en matrimonio. 
 
Tenía 22 años y durante mucho tiempo había rechazado varios ofrecimiento de matrimonio. De hecho, dos días antes, su mamá y su papá le habían dicho a esta familia que esperaran, que el ofrecimiento lo tenían que consultar con ella. Pero, esa mañana, sin aviso, sin un acuerdo, llegaron.  

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—¿Por qué aceptaron si no había acuerdo?
 
—Por no hacerlos quedar mal, para que no quedaran en ridículo. Porque acá si llegas con todas las cosas y les dicen que no, es una ofensa. 
 
—Si ese día tus papás y tú hubieran dicho que no, ¿qué hubiera pasado?
 
—Se hubieran enojado, hubieran inventado cosas, dicho que pedimos mucho dinero, sería como un conflicto para siempre. Y más si son familiares de un poblador “importante”, como fue mi caso que era sobrino de un gestor de la zona, que era conocido por todos. 
 
—¿Te habían presionado para que te casaras?
 
—No. Cuando ellos vinieron por primera vez yo pensé que era una posibilidad de formar una familia, pero sólo eso, una posibilidad. 
 
Al término de la fiesta, Hermelinda vio por primera vez al hombre con el que vivió un año y con quien tuvo un hijo. 
 
“Yo pensé que me iba a respetar, a querer”, recuerda. 

 
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Hermelinda, me'phaa, jornalera, 36 años:
 
Acá la costumbre es que se tiene que hacer una comida, un convivio por una mujer. Aquí vienen a pedir con respeto. Dicen, yo voy a querer a tu hija, la voy a cuidar, pero a la mera hora... Por ese convivio todo el tiempo a la mujer la ponen a trabajar, a que ande migrando, o aunque no den por la mujer. Después del festejo se llevan a las mujeres a trabajar, por eso acá los hombres han decidido que se tienen que aportar algo, es decir deben dejar algo con los papás. El objetivo es que el día en que las mujeres sean abandonadas ese mismo dinero lo tengan y con eso se puedan ayudar. Aquí no se dice que se vende a la mujer, porque ese apoyo es para cuando la mujer regrese. Y sí regresan. La mujer regresa con tres, cuatro hijos y no tiene en dónde vivir, más que con los padres. Porque los hombres ya no vuelven a ayudar con los hijos. Aquí desgraciadamente el hombre que abandonó a la mujer, a la esposa, la deja y nunca regresa a ver cómo están los hijos. Nunca preguntar: ¿cómo está mi hijo?, ¿qué hace mi hijo? Se olvidan. Se olvidan si una vez prometieron que iban ayudar a los hijos. Muchas de las mujeres de aquí están solas. Aquí se les hace fácil hacer hijos y luego irse, formar otra familia por allá y olvidarse de los de aquí.  Ahora respetan un poco que las mujeres elijan a sus parejas. Ahora ya preguntan, yo pienso que es por los mismos fracasos, porque también se le echa la culpa a los papás. Pero el problema es que se siguen casando muy pequeñas, a los 13, 14 años. Aquí sólo hay hasta la primaria, ahí es donde se conocen, se hacen novios, se escapan y se juntan. Hay abuelitas de 26 años, ahí andan muchas. 
 
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Después de la fiesta, Hermelinda se fue con la familia, puro desconocido. Al día siguiente comenzó a trabajar, se fue a sembrar y seis días después salieron todos rumbo a Zacatecas a los campos agrícolas a trabajar como jornaleros. 
 
Trabajó intensamente, porque ser jornalero y jornalera no es cosa fácil. Hay que levantarse a las 4 de la mañana a preparar la comida del día. Salir para tomar el transporte para estar listo a las 7 de la mañana en la puerta del campo agrícola. 
 
Durante once horas no hay descanso, se trabaja sin parar para recolectar lo más posible. El pago es proporcional a lo que se recoge. No hay salario fijo. Si toca trabajar en los surcos de chile serrano el pago es de un peso por kilo cortado.
 
¿Hora de comida? No hay. Los jornaleros y jornaleras comen en unos minutos cuando pueden. No cuentan con ninguna certeza: no tienen seguro social, salario, prestaciones, nada. La única garantía es que en los campos pueden ganar algo de dinero. 
 
Cada peso que ganan lo sufren. 
 
Hermelinda pasó un año con esa familia trabajando de jornalera sin cobrar. 
 
“Yo dije que no podía regalarles mi dinero que me costaba tanto ganar, no nos daban ni para comer, andaba comiendo lo que sea”, cuenta. 
 
Para sobrevivir ese año, Hermalinda tenía que trabajar en otros lados, haciendo aseo, lavando ropa ajena.  Hasta que dijo basta y se dio cuenta que estaba embarazada. 
 
“Él nunca quiso vivir conmigo. Venía dos, tres días y se iba. Yo le dije que nos pusiéramos a trabajar por nuestra cuenta, que viviéramos solos pero nunca quiso, siempre le hizo caso a su familia”, recuerda. 
 
El hijo de Hermelinda tiene 13 años y nunca ha visto a su padre. 

 
“Casi desde que nació no lo ha visto. Mi hijo si lo ve no lo conoce. Algunas veces lo he visto a distancia pero corre a esconderse. Yo sé que formó otra familia pero también ya la dejó”. 
 
En un momento le intentaron quitar al niño para presionarla a que les regresara el dinero que habían pagado por ella. Hermelinda se defendió, buscó asesoría legal.
 
“Lo dejaron así porque creo que alguien los asesoró, cuando supieron que los podía demandar para que le diera pensión al niño y mejor ahí le dejaron”, dice.
 
Hermelinda deseaba formar una familia que durara para siempre, que sus hijos crecieran junto a su papá y su mamá, así como lo hicieron sus padres que se casaron y sólo la muerte los separó. 
 
Hoy no tiene la familia que deseaba, pero tiene una que formó con un hombre que quedó viudo y con tres hijos. Vive en Tlapa y es defensora de los derechos laborales de los jornaleros y jornaleras. 

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