Con cloro, migrantes se blindan de una desgracia más

Albergues para migrantes cierran sus puertas por coronavirus; los que lograron entrar a los refugios los limpian todo el día

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Casi un ciento de migrantes que se encuentran en el albergue Juventud 2000, en la ciudad de Tijuana, se esmeran en desinfectar sus casas de campaña y sus pertenencias para protegerse de un virus que representa una amenaza mortal. Foto: GABRIELA MARTÍNEZ
Estados 28/03/2020 00:42 Gabriela Martínez / Corresponsal Actualizada 01:00

Tijuana.— Gael es uno de los niños del refugio para migrantes Juventud 2000; mientras juega sobre el piso frío del que ahora es su hogar, le pregunto si le tiene miedo al virus y responde con un contundente sí, para luego explicar que ese virus —Covid 19— “es un insectito que mata viejitos y, por eso, como papá está en Guatemala, me va a tocar cuidar a mamá”.

Él y su madre son dos de los más de 90 migrantes que se encuentran en ese albergue, la mayoría mexicanos y centroamericanos que van en tránsito hacia Estados Unidos y fueron retornados como parte del Protocolo de Protección a Migrantes, o que simplemente están esperando su oportunidad para solicitar asilo.

Ambos corrieron con suerte. Gael, un niño de no más de siete años, con bracitos como espagueti color chocolate, y su mamá alcanzaron a entrar a Juventud 2000 antes de que el director de ese lugar, José María García Lara, Chema, cerrara las puertas para otros migrantes, como una medida para proteger del contagio de coronavirus a quienes ya están adentro.

Cada mañana, el niño se sienta en una de las sillas de plástico que le sirven como butaca de cine, colocadas una tras otra, adelante y atrás, todas plantadas frente al televisor, mientras que todo alrededor es limpiado por los inquilinos. Los niños miran su segunda película y aún no es ni mediodía.

Alrededor del cinema improvisado en el refugio, todos limpian con cloro sus casitas de campaña, porque esas telas casi descoloridas son sus habitaciones. Lanzan el líquido como si fuera agua bendita, esperando que si no limpia los pecados, al menos los proteja de virus y bacterias. Las gotitas y el olor se funden en el piso, las sillas, la tele y hasta en los juguetes, en todo.

Mientras los niños miran el televisor los grandes hacen lo que pueden por blindarse de una desgracia más, no la de la violencia ni la de la pobreza, como la mayoría que llega para escapar de una de esas dos, aunque los más desdichados huyen de ambas, pero esta vez se trata de protegerse de un virus del que sin pena ni gloria también les resulta una amenaza.

“Nadie nos ha dicho cómo le vamos a hacer ni qué se debe hacer en caso de un contagio”, explica con voz angustiada el director de Juventud 2000, “desde hace dos semanas empezamos a limpiar, es lo que podemos hacer, tenemos cuatro botecitos de [gel] antibacterial y cloro, es todo lo que tenemos”.

A la deriva. Chema no fue el único en cerrar puertas. En una de las entradas a La Casa del Migrante en Tijuana cuelga un letrero: “Lleno”, se puede leer por primera vez. A unos cuantos pasos está Raúl, un michoacano con mala suerte porque decidió dejar su estado en plena contingencia justo un día después de que en ese albergue también decidieran cerrar para blindar de un posible contagio a quienes están adentro.

Sentado sobre la banqueta, son las 10 de la mañana, y no ha probado bocado, dice. Él mismo intenta abrazarse para darle calor a su cuerpo en un día en el que frío no da tregua, se ha plantado frente al albergue por lo menos las últimas dos horas, pidió asilo pero le han dicho que está lleno. No sabe qué hacer ni a dónde ir.

“Me dijeron que está lleno, no me dejaron entrar por el virus ese, el coronavirus”, explica Raúl sin levantarse del suelo pero frotándose las manos mientras les exhala, “estoy esperando a ver si un conocido me deja quedarme en su casa, tiene que pedir permiso”.

Mientras que otros refugios —como Espacio Migrante— se suman a la lista de los que cerraron como una medida preventiva ante la pandemia, el gobernador de Baja California, Jaime Bonilla Valdez, dijo que los migrantes deportados serían recibidos en el Centro Integrador para la Atención a Migrantes Carmen Serdán, que instaló el gobierno federal.

Un refugio construido en una nave industrial en la colonia Presidentes, un sitio remoto en medio de casitas hechas casi al por mayor que se mezclan con las maquiladoras donde trabaja la mayoría de los que ahí viven, un lugar arrinconado en la cima de un cerro al que no se llega por casualidad y que, como ya adelantó Bonilla Valdez, en caso de emergencia podrá habilitarse como receptor de pacientes con coronavirus.

 

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