Peña, 3 años: la transformación también es caos

Salvador García Soto

El presidente que arribó al poder hace tres años, ofreciendo la esperanza de “mejores tiempos para los mexicanos” y una “transformación nacional” para “una nueva etapa en nuestra historia”, hoy, a la mitad del sexenio nos ha robado la esperanza. De las ambiciosas 13 metas que se propuso aquel 1 de diciembre de 2012, sólo hay reformas legales y constitucionales en proceso de aplicación y cuyos resultados no impactan aún las condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos. Las grandes obras no han llegado —porque se cancelaron o avanzan con retraso— las millonarias inversiones caen a cuentagotas y no logran reactivar una economía semiestancada y con crecimiento insuficiente; la paz que prometió para el país sigue pendiente en amplias regiones del territorio sacudidas por violencia; la pobreza se ha incrementado y el hambre sigue, junto con la inconformidad social que también ha crecido en su gobierno.

De todo eso, Enrique Peña Nieto nos dice solamente que “la transformación que iniciamos hace tres años sigue adelante”. Lo que no nos dice el presidente que ayer cumplió tres años en el cargo, es que esa transformación, de la que aún no vemos beneficios tangibles, también ha sido caos y que ese caos, provocado en parte por los cambios constitucionales, también se agudizó por errores, torpezas y decisiones tardías de él y su equipo de gobierno.

Porque aunque en la visión del presidente y sus colaboradores “México ya está en movimiento”, en la percepción de amplios sectores de la sociedad ese movimiento se ha sentido como turbulencia económica y social y no necesariamente ha sido para avanzar. Buena parte de eso se refleja en las encuestas que, justo a la mitad de la administración, evidencian una muy baja aprobación del trabajo del presidente. Si bien algunos sondeos publicados hablan de un ligero repunte en la popularidad del presidente, las cifras ubicadas aún en 39% son las más bajas que haya tenido un mandatario a la mitad del sexenio en los últimos 18 años. A eso se añade, según la encuesta del diario Reforma, que el 58% de los ciudadanos desaprueba su gestión.

Junto a las cifras están las percepciones. Y esas indican que en los principales rubros de la vida nacional, la situación no ha mejorado, cuando no ha empeorado, y en el mejor de los casos se mantiene igual que a su llegada. Economía y seguridad, las dos fortalezas del mexiquense en campaña se han vuelto hoy dos grandes debilidades. Y a eso se añade un tema que no estaba en la agenda inicial del presidente, pero hoy es de lo que más identifican los mexicanos de su gobierno: la corrupción. Los escándalos de casas en la familia y el gabinete presidencial y la respuesta soberbia al enojo ciudadano marcaron los primeros tres años de la administración peñista y lo perseguirán en la segunda mitad. La pésima lectura de sus asesores cercanos —hoy flamantes secretarios de Estado— sobre la violencia en Guerrero y la muerte de 43 estudiantes generó un movimiento social que, aprovechado magistralmente por sus detractores, lo marcaron también como un gobierno insensible, ineficaz en la seguridad y violador de derechos humanos.

Y hay otro episodio, hasta ahora no aclarado por el presidente, que significó un antes y un después en la percepción internacional de su gobierno, que pasó de ser el “Salvador de México” (Time febrero 2014) a “El Salvador que no lo fue” (Newsweek diciembre 2015). La abrupta cancelación del Tren México-Querétaro, adjudicada a China-Railway, fue un parteaguas y un episodio de geopolítica no explicado. La decisión de su gobierno de acercarse tanto a China y entregarle una obra monumental y millonaria desató la ira de una alianza extranjera encabezada por Estados Unidos, que vio el coqueteo peñista con los chinos como amenaza real a sus intereses en su “patio trasero”. ¿Quién le recomendó al presidente acercarse tanto a los chinos y desafiar al poderoso vecino del norte a quien estamos inevitablemente ligados por historia y ubicación? Eso tendrán que explicar el presidente y sus allegados por ser una decisión tan costosa para su gobierno y para el país.

Dicen los científicos de la Teoría del Caos que la transformación también es parte del caos y que la modificación de las condiciones iniciales produce en los sistemas caóticos una evolución y un resultado difícil de predecir. Peña modificó, indudablemente en estos tres años las condiciones iniciales del país desde el inicio de su gobierno; pero en medio del caos que ha provocado, aún es muy difícil predecir si el resultado final será el que afirma el presidente.

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