La renovación de EPN y la historia

Katia D'Artigues

Algo me queda claro del gobierno de Enrique Peña Nieto tras observarlo estos años: él no hace cambios cuando “la plaza pública pide sangre y espectáculo” (frase acuñada, por cierto, por el entonces jefe de la oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño, en diciembre de 2014), sino cuando ya nadie se lo espera.

Podrá ser un error, quizá, pero así son. Los cambios de gabinete en esa ocasión se dieron hasta agosto de 2015 cuando fueron, la verdad, una sorpresa.

Lo digo por la insistencia de estos días de que debería haber cambios en el gabinete (petición reiterada lo mismo por Andrés Manuel López Obrador en plena marcha del domingo que por otros muchos opinólogos respetados). Lo que sí veo son cambios sutiles en la forma de presentar al Presidente.

Me explico.

Comenzó por algo banal, si quiere, el 8 de junio tras perder las elecciones. Por primera vez en el sexenio, EPN salió a cenar a un restaurante con un personaje público y no lo hizo en Los Pinos. Llevó a cenar a Narendra Mondi, primer ministro de India a El Quintonil, en Polanco.

Al día siguiente (aunque salió al aire apenas este fin de semana), le dio una entrevista, en un tono poco usual para un Presidente, a una muy querida conductora de Televisión Azteca: Ana María Lomelí.

Lo comento porque creo que hay que conceder que aunque muchos opinemos que escuchan poco, no entienden que no entienden o la crítica que quieran… hay cosas que, sin duda, son parte de una estrategia. Una entrevista así, lo es.

La entrevista con Lomelí es de esas que llaman “de personaje”, donde lo mismo vemos a EPN sudando al correr en una banda que saludando a personas en una gira, caminando por Los Pinos, mostrando su oficina, hablando de las enseñanzas de su padre que ya no lo vio tomar posesión como gobernador del Estado de México o diciendo cómo es como padre para los permisos de sus hijos (parece ser que barco) y… acepta que el manejo de la crisis de Ayotzinapa no fue lo mejor y casi lo califica como un error.

Independientemente de lo que piense de Peña Nieto y su gobierno, sí quiero destacar algo: el tête à tête es su fuerte; en corto puede ser un personaje encantador. Me parece que lo quieren mostrar así.

Hay una tercera. Leo la columna de Ciro Gómez Leyva ayer. Relata él que se reunió con varios periodistas, el viernes pasado por la tarde, que estaba de buen humor. Les dijo que no creía en el off the record, por ejemplo. Es decir, quería que se publicara.

Lo que le dijo a Gómez Leyva es más interesante. Le recomendó una trilogía de libros de un escritor español, el filólogo Santiago Posteguillo (Africanus. El hijo del cónsul, Las legiones malditas y La traición de Roma).

La serie, apegada a investigaciones históricas, pero recreada, se sitúa en un momento en el siglo III A.C. en el Imperio Romano y relata cómo se evitó que cayera frente a un gran estratega militar: Aníbal. (Ahí el mero mero petatero es un personaje llamado Publio Cornelio Escipión quien salva al sistema, aunque no toma el poder).

Suena a mensaje: Aníbal-AMLO; Roma-permanencia del PRI en la Presidencia. De paso decimos que el Presidente lee (que tras el fiasco de la Feria de Guadalajara no es poca cosa, más porque la serie sobrepasa de 2 mil páginas).

No he leído los libros, pero ayer revisé las sinopsis en la página oficial del autor (santiagoposteguillo.es) Intrigante la última línea del tercer libro: “El ocaso de unos personajes en una Roma que resurge finalmente victoriosa pero que no duda en arrasar, para ello incluso, a sus héroes más destacados”.

¿Esto también lo habrá leído el Presidente?

 

AMLO, por su parte, también anda en comparaciones históricas pero no romanas, sino mexicanas y no de ficción. En la marcha del domingo dijo:

—La política económica vigente es una copia fiel de la que se aplicó en el Porfiriato, pero ya desde entonces quedó demostrado que ningún sistema funciona si la prosperidad de unos pocos se sustenta en el sometimiento de muchos. Aquel modelo fallido desembocó en una revolución armada.

Claro, ojo, él sigue por la ruta pacífica. Llama a la “revolución de las conciencias” que bueno, ya sabe, sólo puede encabezar él. El “PRI-AN” es el Porfiriato al que es “indispensable derrocar”.

La corrupción, el modelo económico, vender el petróleo, y ahora Nochixtlán, es, para AMLO, el signo de que vivimos en una dictadura nuevamente.

Y para variar cita a Benito Juárez: “Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho”. Y parece retomar algo de aquel López Obrador de la “República Amorosa”:

--No somos un peligro para México ni para nadie. El verdadero peligro para México es la corrupción y el autoritarismo de los gobernantes. Nosotros queremos cambiar a México por el camino de la concordia, del amor y de la reconciliación. Con la no violencia, con la razón y el convencimiento.

 

“No, Katia. Si algo son los priístas son institucionales. ¿Tu crees que lo del Artículo 32 salió así, como dicen, de la nada, a las 2 de la mañana, presentado por ahí por un senador “independiente” que estuvo hasta 2006 en el PRI?”, mi interlocutor se cuestiona y sonríe.

Continúa: “Raúl Cervantes no es un tonto. ¿No lo sabía Humberto Castillejos? Estaba, claro, mal escrito; lo sabían. Era inaplicable. Lo dejaron pasar. Para decir dos cosas: podemos hacerlo, empresarios, ojo. Y dos: vengan a pedir que lo cambiemos. Y así nos la deben”.

 

Lo vi ayer en la primera plana de El Universal: Graco Ramírez diciendo no sólo que quiere ser Presidente, sino que podría (no se ría) ser una opción para la alianza PAN-PRD y hasta uno que otro priísta progre.

No me sorprendió. En julio de 2012, siendo apenas gobernador electo de Morelos, Graco Ramírez me dio una entrevista para televisión. AMLO aún era perredista.

--¿Apoyarías a AMLO para una tercera candidatura?

--Si AMLO no va a la confrontación y se plantea con una gran madurez de autocrítica, comenzar un proyecto de inclusión, sí iría. Sino, estoy pensando en que yo puedo ser candidato, ¿porqué no?

--¿Te apuntas, de una vez?

--Sí, me apunto. (soy) Viejo, sabrosón y con experiencia.

Por lo visto cuatro años no le han dado un baño de realidad. ¿O usted lo ve como el candidato de una alianza?

 

 

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