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Iguala: la pista de las Urvan

Héctor De Mauleón

Según el expediente del caso Iguala, aquella noche en la que desaparecieron 43 estudiantes, una o varias camionetas Urvan acompañaban o escoltaban los autobuses de pasajeros que los alumnos de la normal rural de Ayotzinapa habían secuestrado.

¿Quiénes iban a bordo de esas camionetas?

En el expediente que la PGR acaba de hacer público, el supuesto líder de Guerreros Unidos, Sidronio Casarrubias, afirma que en ellas viajaban infiltrados del grupo de Los Rojos enviados a Iguala “con la intención de calentar la plaza”. Casarrubias se refiere a dichas camionetas en dos ocasiones. Algunos otros miembros de Guerreros Unidos han hecho también referencia a ellas.

En una parte de su declaración ministerial, ofrecida el 17 de octubre de 2014, Casarrubias aseguró que “los infiltrados llegaron en una Urvan [de las] utilizadas para el transporte público”. La orden que tenían los infiltrados, según el narcotraficante, era matar a Víctor Hugo Benítez, El Tilo, así como a sus hermanos, señalados como principales narcomenudistas en varios municipios de Guerrero.

Al ampliar su primera declaración, el 18 de octubre de 2014, Casarrubias sostuvo que “entre las personas aseguradas de los supuestos estudiantes algunos eran Rojos, venían en Urvans”.

Según la versión que el narcotraficante recibió del jefe de los Guerreros Unidos en Iguala, Gilberto López Astudillo, alias El Gil, el entonces subdirector de la policía municipal, Francisco Salgado Valladares, decidió marcar el alto a aquellas camionetas. De ese modo, según Sidronio, habría comenzado la balacera.

“En medio del enfrentamiento, al parecer sí quedaron estudiantes… eran como 17 personas a las que aseguraron porque ellos sí eran Rojos”, declaró Casarrubias.

La reportera Miriam Moreno —del equipo de Ciro Gómez Leyva— ha revelado que Sidronio Casarrubias solicitó convertirse en testigo colaborador de la PGR a cambio de que su sentencia fuera reducida. Casarrubias es el principal impulsor de la versión que sostiene que los Rojos pagaron 300 mil dólares al procurador de justicia del estado, al secretario de Seguridad Pública de Guerrero y al director de la Normal Rural de Ayotzinapa “para que permitiera que miembros de los Rojos se infiltraran en los autobuses con los estudiantes”.

Se ha comprobado que en la declaración de Casarrubias hay elementos que no coinciden con la realidad. Afirma, por ejemplo, que le reportaron la llegada de los estudiantes a las 14:00, cuando estos llegaron a Iguala pasadas las 20:00. Una Urvan, sin embargo, vuelve a aparecer en la declaración de Marco Antonio Ríos Berber, el sicario en cuyo teléfono fueron halladas más de 60 fotografías de personas torturadas y asesinadas, y quien no sólo admitió que un mando medio de Guerreros Unidos lo envió “a comprar diesel a la gasolinera de la calle de Zaragoza”, para rociar los cuerpos de los alumnos “y prenderles fuego hasta que se calcinaran”: también confesó haber disparado en la cabeza a dos normalistas, con el arma de un sicario apodado La Mente.

De acuerdo con la declaración de Ríos Berber, “los ayotzinapos se bajaron del autobús y de la Urvan, sobre la calle de Guerrero y Bandera, eran varios, como unos cincuenta, todos iban encapuchados”.

Se puede argumentar que las declaraciones rendidas por delincuentes suelen ser poco confiables: obedecen a sus propios fines ocultos o sirven, mediante la amenaza y la tortura, a los intereses de quien los interroga.

Una Urvan, sin embargo, vuelve aparecer aquella noche en Iguala.

Esta vez, en el informe rendido por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes.

Aparece en la declaración de JLRB, un ex estudiante de Ayotzinapa, de 35 años de edad, quien dice que “como a las 22 o 22:30 se entera en las noticias y decide ayudar a los muchachos yéndose para el sitio (…). Cuando llegó al lugar vio una Urvan blanca, se identificó como ex estudiante y pensó que estaba seguro porque había periodistas y compañeros, pero empezaron a disparar… disparaban hacia donde estaban los autobuses. Se tiró hacia la banqueta, se rodó y se fue corriendo como pudo en la calle. Solicitó un taxi de un celular de un compañero y se fue solo en el taxi”.

¿Hubo aquella noche una o varias Urvan empeñadas en “calentar” Iguala? ¿Su presencia abre un camino que agregue algo a una tragedia cuyo móvil sigue en la penumbra?

En los 80 y tantos tomos que componen el expediente, alguien hallará tal vez alguna pista.

@hdemauleon

[email protected]

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