Clark Gable, en el Hotel Regis

Ángel Gilberto Adame

Ubicado en las estribaciones de la Alameda Central e inaugurado el 14 de septiembre de 1914, el Hotel Regis fue un testigo mudo de la historia de México.

Inició con 70 habitaciones y un bar, pero gradualmente fue ampliándose hasta convertirse en uno de los recintos más lujosos de la capital. Albergó en sus instalaciones el famoso cabaret Capri, un cine —pequeño, pero elegante— y muchas otras amenidades que marcaron la pauta del entretenimiento durante sus siete décadas de vida.

Uno de sus rasgos distintivos fue que tuvo a su cargo el primer sitio de taxis de la ciudad. En los años 20 recibió al cónclave que, tras el asesinato de Obregón, decidió que la presidencia recayera en manos de Emilio Portes Gil, y alojó a huéspedes tan variados y distinguidos como la aviadora Amelia Earhart, primera mujer en cruzar el Atlántico. En los años siguientes a los de su consolidación, las personalidades más importantes del deporte, los espectáculos y la vida política visitaron su sede. De esa inmensa lista destacaron Agustín Lara, Edith Piaf, Jorge Negrete, María Félix, Pedro Infante, Ava Gardner, Frank Sinatra, Marilyn Monroe y Richard Nixon, entre otros.

Un huésped notable que no suele figurar en las crónicas fue el mítico actor estadounidense Clark Gable, quien arribó a México el lunes 30 de septiembre de 1935, ya galardonado con un Oscar, en una escala de su viaje a Buenos Aires. Pocas fueron las personas que se percataron de su presencia, pues salió de Los Ángeles de incógnito y no avisó a la prensa de su itinerario, sin embargo, uno de los asistentes del vuelo alertó a los reporteros, quienes acudieron al Portal Central Aéreo con la esperanza de arrancarle una declaración. Un periodista de EL UNIVERSAL charló con él en su habitación del Regis, la 436. Gable comentó que lo que más llamó su atención fue el contraste entre los bellos paisajes que se divisan desde el aire y el tráfico “insoportable” de las calles de la ciudad; también tuvo elogios para sus admiradoras mexicanas y para el tequila, que degustó sonriente.

Pero, el Regis fue para mí no solamente un hotel emblemático, sino un lugar que marcó mi transición de la infancia a la adolescencia. Lo conocí a finales de la década de los 70, cuando mi padre mudó su oficina al edificio de la hoy extinta CONASUPO, entonces ubicado a media cuadra de Avenida Juárez. Habré tenido once o doce años cuando el Centro Histórico me abrió las puertas de su majestuosidad.

Mi rutina y mis curiosidades eran las de un muchacho en formación: saludar a mi papá, indagar en sus actividades laborales, recorrer la calle maravillado por los aparadores de las tiendas aledañas, contemplar la desafiante fachada del hotel, y exigir mi hamburguesa del Burger Boy, que estaba en una calle de las menos fastuosas del centro y que, curiosamente, lleva el nombre del explorador alemán Alexander von Humboldt.

Poco a poco fui comprendiendo la extravagancia de la cotidianidad, la visita obligada al puesto de revistas que tenía un catálogo internacional, la voz amable del bolero, el tono persuasivo y condescendiente del vendedor de lotería, y la agitación incesante del Regis. Hoy día, esas escenas me remontan a mi juventud y son el testimonio de otro México, ese que concluyó con un movimiento telúrico y dio paso a los relojes digitales, a la telefonía móvil y al imperio de la fugacidad.

La memoria, voluble y selectiva, se esfuerza en evocarnos aquellos sitios que nos brindaron alegrías triviales. El recuerdo de mis ensoñaciones está inevitablemente ligado al Regis en sus años finales, a sus enormes puertas y a sus visitantes excéntricos. Ese lugar anacrónico, hizo de mí un observador, un fanático de la historia. Cuando el vértigo del presente me rebasa, me dirijo a la plaza Solidaridad, donde antes estuvo ese hotel desconcertante, y es como viajar en el tiempo.

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