La maldición del Partido Demócrata

Ángel Gilberto Adame

La proximidad de la elección del cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos ha sumido al planeta entero en la expectación. Son muchos los factores que hacen de estos comicios los más interesantes del presente siglo.

La candidatura de Hillary Clinton es por sí misma un hito en la democracia estadounidense, pues constituye una oportunidad de reconducir la alternancia por senderos más incluyentes en contextos de igualdad y de género.

Si las predicciones de las encuestadoras aciertan y Clinton resulta triunfadora, se convertiría en la primera presidenta de Estados Unidos. También sería la primera máxima mandataria oriunda de Chicago y la tercera egresada de la Facultad de Derecho de Yale. A estas peculiaridades, se añadiría el regreso de Bill Clinton a la Casa Blanca, quien volvería al recinto en calidad de pareja presidencial.

En lo que respecta al Partido Demócrata, la hipotética victoria de Clinton le permitiría poner fin a la maldición que ha impedido, en 159 años, que un demócrata, tras concluir su periodo de gobierno, transmita el poder a otro militante. La última vez que esto ocurrió, James Buchanan lo recibió de manos de Franklin Pierce.

Fue al final del mandato de Buchanan que varios estados sureños declararon la secesión de la Unión y ocuparon las propiedades federales que estaban dentro de sus fronteras, todo ello ante la indiferencia del presidente, quien se declaró incapaz de intervenir. Ya con una guerra civil en puerta, los republicanos vencieron en los sufragios encabezados por Abraham Lincoln, encumbrado entre los más brillantes políticos estadounidenses luego de haber proclamado la abolición de la esclavitud y reunificado al país después del conflicto. El fracaso de Buchanan y el éxito de Lincoln marcaron el comienzo del maleficio que inclinó las preferencias electorales durante el siglo XIX y principios del XX. Ni siquiera la gestión de Woodrow Wilson, que convirtió a su país en una potencia durante la Primera Guerra Mundial, posibilitó que el Partido Demócrata gobernara en periodos consecutivos. Fue hasta la victoria de Franklin D. Roosevelt que los demócratas consolidaron su mandato más largo, habiendo este último gobernado por doce años y dejado vacante el puesto por fallecimiento. Fue sucedido interinamente por Harry S. Truman quien, pese a que culminó el ciclo de Roosevelt y obtuvo su propio nombramiento presidencial, no rompió la maldición, pues no se cumplió la condición de que un demócrata vivo le entregara el poder a otro; la misma situación se presentó entre John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson.

El 8 de noviembre, la votación podría permitirle a Hillary Clinton romper el anatema y recibir, directamente de Barack Obama, la responsabilidad de jefa máxima del país más poderoso del orbe. De ser así, el 20 de enero del año entrante seremos testigos de un nuevo capítulo en la historia del Partido Demócrata, que enfrentará a partir de entonces un desafío distinto: lograr que dos de sus presidentes concatenen reelecciones.

Con 69 años, Clinton asistirá a su cita con el destino, quien juzgará si fue capaz de dar cumplimiento a sus palabras: Seré una presidenta para los demócratas, los republicanos y los independientes. También para los que sufren, aquellos que se esfuerzan y los exitosos. Para los que votan por mí y para los que no. Estando aquí, de pie, como la hija de mi madre y la madre de mi hija, me siento muy feliz de que haya llegado este día por las abuelas y niñas, por los niños, hombres, porque cuando una barrera cae en Estados Unidos, se abre el camino para todos. Cuando no hay techos, el cielo es el límite.

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