En los últimos años una ola cultural antisistema de grandes dimensiones ha sorprendido al mundo. Desde los primeros signos como la primavera árabe, los indignados en España, o las manifestaciones de Brasil, hasta los últimos meses con las victorias electorales del Brexit en Reino Unido, Trump en EU o el éxito de Le Pen en Francia.

Ante esta realidad la pregunta que nos viene inmediatamente es, ¿qué es un sistema? Según el Diccionario de la Real Academia, un sistema es un: “(…) Conjunto de reglas o principios sobre una materia racionalmente enlazados entre sí (…)”.

Según J. K. Galbraith, el actual sistema político-económico ha adquirido la forma de tecnoestructura en la que se encuentra presente el gobierno y las empresas del denominado Planning System, que en contraposición a las del denominado Market System, son aquellas que por su poder económico tienen una fuerte influencia en el sistema político. A estos actores que señalaba Galbraith podría añadirse hoy a los entes y empresas que dominan el denominado Big Data, toda la información que permite conocer las opiniones y preferencias de los consumidores y ciudadanos prediciendo sus decisiones.

Cada uno de los actores que conforman la tecnoestructura: gobierno, empresas del Planning System y las entidades y empresas que dominan el Big Data juega un rol distinto y complementario en su funcionamiento.

Cada uno de ellos posee un factor simbólico distinto: el gobierno, el poder, las empresas del Planning System, el dinero, y los entes y empresas que dominan el Big Data, la información. Los tres elementos: poder, dinero e información son intercambiables entre sí: se puede intercambiar poder por dinero, dinero por información o información por dinero. Los tres elementos dialogan entre sí, de manera que forman un verdadero sistema.

Por otro lado, las sociedades están compuestas por el denominado mundo vital. El mundo vital es el que responde a la parte más profunda del hombre, sus ilusiones, su modo de ver el mundo. En este sentido parece ser que el origen del malestar está en la distancia a veces de mucha lejanía que existe entre la tecnoestructura y el mundo vital.

Si la tecnoestructura forma un sistema en el que solamente lee y entiende en clave de poder, dinero e información, como consecuencia se vuelve incapaz de leer en clave de sentimientos, afectos y otros aspectos que forman lo que entendemos por cultura.

El ciudadano de a pie se siente alejado del discurso, la lógica de funcionamiento y el rumbo que la tecnoestructura decide para la sociedad a la que pertenece. Por su parte, la tecnoestructura supone que los complejos problemas que se viven en los ámbitos profundos de la vida social se resuelven de forma exclusiva con medidas de carácter político, económico o publicitario que han demostrado ser insuficientes.

La insuficiencia reiterada de las soluciones planteadas nos lleva a concluir que es tiempo de buscar respuestas en el humanismo y la cultura.

Rector general de la Universidad Panamericana-IPADE

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