La inequidad es una elección, nuestra elección

Isabel Crowley

Alrededor del mundo, millones de niños y niñas no tienen acceso a los cimientos necesarios para crecer sanos y fuertes. Vacunas, cuidado post-natal, nutrición adecuada y educación de calidad (algunas de las bases fundamentales para alcanzar una vida próspera y productiva) están fuera del alcance de muchos.

Si no llegamos a los niños y niñas más vulnerables se perpetuarán los ciclos intergeneracionales de desigualdad, poniendo en peligro su futuro, el futuro de nuestras sociedades y el futuro del mundo en el que vivimos. Por ello, tenemos dos opciones: invertir en los niños y niñas en mayor desventaja, o enfrentar las consecuencias de un mundo mucho más dividido e inequitativo hacia el 2030.

Tomar la segunda opción traerá consigo consecuencias desoladoras. Por ejemplo, de continuar con la tendencia actual, para el 2030, 167 millones de niños y niñas seguirán viviendo en condiciones de pobreza extrema, 69 millones de niños menores de 5 años habrán muerto por causas en su mayoría prevenibles y más de 60 millones de niños de nivel primaria, estarán fuera de la escuela.

La inequidad -las disparidades entre las comunidades y al interior de ellas mismas- no es inevitable. Es el resultado de elecciones que hacemos como sociedad y como comunidad internacional. La desigualdad es una elección.

Reducir las brechas entre los ricos y pobres es algo que podemos lograr. Como señala el informe anual más relevante de UNICEF, el “Estado mundial de la infancia 2016”, existen una serie de medidas que podemos llevar a cabo para garantizar que todos los niños y niñas -incluso aquellos que nacen en los entornos más vulnerables- puedan recibir el cuidado y la educación a la que tienen derecho para sobrevivir y desarrollar su pleno potencial. Todo se reduce a las políticas que impulsamos y al enfoque que abordamos.

Los tomadores de decisión, las agencias de cooperación y las Organizaciones de la Sociedad Civil deben comprometerse con una serie de principios para promover la equidad. Estos principios comienzan por utilizar los datos y la información existente para identificar y realizar un seguimiento a los niños y niñas que avanzan poco en su desarrollo, para luego dirigir las inversiones primero hacia ellos y ayudarles a ponerse al día.

La equidad no es un juego en el que para que ganen unos, deben perder otros. Cada niño debe desarrollarse plenamente, pero aumentar la inversión en aquellos que comienzan la vida en circunstancias de mayor desventaja, es la mejor manera de asegurar que cada niño o niña tenga una oportunidad justa en la vida, y de que alcance los mismos niveles de desarrollo.

En México, por ejemplo, sabemos que los niños y niñas menores de 5 años de edad son los que presentan una mayor incidencia de pobreza en comparación con cualquier otro grupo de edad. Al mismo tiempo, la inversión pública en este grupo es la más regresiva, es decir que promueve la desigualdad. Si queremos que cada niño o niña tenga la posibilidad de desarrollarse hasta su pleno potencial, es necesario garantizar una inversión en la primera infancia suficiente y equitativa que ayude a cerrar las brechas de la desigualdad desde su nacimiento.

En tiempos de austeridad económica, como la que enfrentamos en estos momentos, es importante centrar nuestros esfuerzos en la inversión más rentable, es decir los primeros años de la vida, colocando el interés superior del niño como un eje primordial en la toma de decisiones, y evitando que los recortes al gasto público impacten en el presente y en el futuro de esta generación.

Por otro lado, es fundamental que los actores involucrados en la toma de decisiones asuman un enfoque integrado para abordar las principales carencias y desafíos que enfrenta la niñez y la adolescencia en México y en el mundo. Por ejemplo, cuando un niño no tiene acceso a una atención médica adecuada, es probable que su capacidad para estudiar se vea afectada.

Es importante destacar que la búsqueda de la equidad no depende únicamente de la inversión. Depende también de abordar viejos problemas de forma innovadora, utilizando las nuevas tecnologías para llevar los recursos a aquellos que más los necesitan de manera más eficiente y oportuna. También se trata de incentivar la participación de los miembros de la comunidad y de las familias, debido a que los más cercanos a los niños y a las niñas, son los que pueden tener un mayor impacto para cambiar la realidad en la que viven.

Una de las principales lecciones aprendidas durante los últimos 15 años, es que aquellos enfoques que se centran en el progreso desde un plano general, no eliminan las disparidades que ponen en mayor riesgo a los niños y niñas más pobres. Esto indica que si no hacemos un esfuerzo concertado en aquellos que viven en condiciones más vulnerables, es muy probable que se queden rezagados, mientras que los que viven en condiciones más afortunadas, continúan avanzando.

En algunos meses, el mundo cumplirá el primer año desde que se aprobaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En septiembre del año pasado, más de 200 líderes reunidos en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, establecieron un conjunto histórico de metas para avanzar de manera significativa en materia de salud, educación, reducción de la pobreza y sostenibilidad hacia el 2030.

A medida que los gobiernos de todo el mundo -incluido el gobierno de México- definen las medidas necesarias para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, será imprescindible que lo hagan desde un enfoque de equidad.

La equidad ha adquirido un nuevo estado de urgencia. El cambio climático está agravando los riesgos para los niños y niñas en condiciones más desfavorecidas: a nivel mundial, millones de niños y niñas viven en zonas en donde la ocurrencia de inundaciones es extremadamente alta, y millones viven en zonas en donde la gravedad de la sequía es alta o muy alta. Además, el conflicto, la violencia y la crisis actual de refugiados, está poniendo cada vez a más niños y niñas en peligro extremo, privándoles de las condiciones necesarias para crecer y desarrollarse.

Pero incluso bajo este panorama, hay que recordar que la desigualdad no es inevitable. Si elegimos enfrentar estos retos con un enfoque de equidad, los niños y las niñas en condiciones más desfavorables, podrán tener la oportunidad de desarrollar su pleno potencial y mejorar sus condiciones de vida, impulsando el desarrollo de sus comunidades, de sus países y del mundo en el que todos y todas vivimos.

Representante de UNICEF en México

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