“Una sonrisa que no alcanza la mirada no es una sonrisa”, afirma Mauricio Montiel Figueiras, quien nació en Guadalajara Jalisco, México, en 1968, y que es el mejor escritor mexicano de ese subgénero literario en que la imaginación es la loca de la casa; es un autor que jamás pierde el equilibrio ni la dimensión del poder de la palabra ni el carácter provocador de un texto novedoso. Sin duda, su brillante destreza queda demostrada una vez más en su sorprendente libro de fotorrelatos, Los que hablan, publicado por Almadía en mayo de 2016, en la Ciudad de México. “Shh, shh. Te quiero”.

Los que hablan contiene tres relatos largos que se puede leer como novela, puesto que el autor consigue una atmósfera única que es subyugante y genera la sensación de que son los mismos personajes los que se mueven y dialogan, mismos que son denominados como él y ella y que identificamos por un tono voz más o menos neutro. El hecho de que siempre tengamos pocos personajes fortalece el sentido íntimo de la prosa, que mantiene una trama abierta pero no menos intensa; incluso, como en Zapruder, utiliza en partes elementos de la estética negra, de la que Mauricio conoce suficientes autores contemporáneos. Desde luego, aparece un hombre con un saco de tweed, que es parte de la firma del escritor. “Shh shh. Te quiero.”

Los que hablan está lleno de enigmáticas fotos. Cada una puede ser el principio de un misterio o de una sutileza; en todo caso son puertas entreabiertas a escaleras o corredizos emocionales por donde transitan personajes atribulados por la espera o la incertidumbre. “Siempre, estés donde estés, habrá alguien que terminará captando con una cámara algo que no debía captar. Algo que sucede al fondo del encuadre pero que en realidad ocupa el primer plano”, advierte Montiel Figueiras, y los que son aficionados a las selfies revisan sus tomas; quizá descubren a Elías, personaje importante de la parte llamada Roswell, donde ella es tal vez una sicoanalista, y él un paciente que pregunta: “¿Quién dejó todas esas manos debajo de la cama?”.

Es un libro dialogado que nos abre la puerta para asistir a una conversación en blanco y negro. No hay tonos de voz ocultos y la intimidad no es necesaria, ni siquiera en Road movie, el primer relato en que una pareja conversa mientras se aleja de un punto al que no desea regresar. El sentimiento de estar cometiendo un delito es algo para apreciar en este relato. En los tres utiliza la técnica del big brother, pero en el primero la percepción del vigilante es muy intensa y en el segundo es determinante. “Hoy lo importante no es mirar sino grabar lo que se mira”, reflexiona Mauricio, seguramente previendo lo que ocurrirá cuando se establezca el Derecho al olvido, asunto que en nuestro país podría convertirse en ley en el corto plazo. Desde luego, el autor es un estilista, sabe crear la expresión que cala, la frase que navega, la atmósfera que atrapa; además, nos da un ejemplo de cómo se debe trabajar la segunda persona.

Es un libro lleno de movimiento. Mauricio es viajero por naturaleza y es notable el cambio de sitios, sobre todo en las primeras historias, donde los personajes jamás se detienen. Crea un contexto rico, siempre a partir de las fotografías que son un misterio en sí mismas. Una imagen vale por el misterio que devela y las 800 palabras que la interpretan. ¿Sabe usted quién mató a John F. Kennedy?, ¿ha pensado por qué siente deseos de hacer el amor en la carretera cuando viaja con su pareja?, ¿le gustaría conocer a alguien que eliminara su sombra? Mauricio Montiel Figueiras ofrece algunas respuestas que usted podrá discutir con sus amigos mientras disfruta una cerveza fría, antes de descubrir que se trata del chocomilk que le suministraba su madre cuando tenía cinco años. “Shh shh. Te quiero”.

Una novela como Los que hablan, al menos para mí, es un indicador de que la literatura mexicana es grande y no tiene fisuras atemorizantes, y que el pilar montado por Francisco Tario tiene seguidores de gran talento como Mauricio Montiel Figueiras, que desde que lo conozco es un autor comprometido con esta estética de lo imposible. Es un autor fino que no deja nada al azar y es un deleite continuo leer sus textos. En este libro ustedes encontrarán lo que no buscaban y podrán elegir una fotografía de la cubierta y compartirla con sus temores a perder el empleo o su bien ganada fama de lo que sea. “Shh, shh. Te quiero”.

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