Supermán/Batman o cuando hasta los buenos se agarran

José Carreño Carlón

Anthony Oliver Scott, el principal crítico de cine del NY Times, da un buen tip para la agenda nacional y global

Pascuas sangrientas. Mal librada sale la película Batman vs. Supermán del teclado de Anthony Oliver Scott, el principal crítico de cine del NY Times y reseñista frecuente de The New York Review of Books. Pero aparte de exhibir el deleznable sesgo ideológico de la cinta, Scott da un buen tip para la agenda nacional y global, con su insinuación de que enemistar a dos de los más famosos personajes ‘buenos’ de la cultura popular podría ser un signo más de este tiempo de discordia, traiciones, animosidades furibundas y deliberadas confusiones en la esfera pública de todo el mundo.

Así lo ilustran estas Pascuas de terror en Bélgica y Pakistán, la saña de los criminales mexicanos, el ardor en la defensa de uno de ellos por una actriz que así quiere salvar el pellejo, la insidia de unos medios que le atribuyen a Kate del Castillo haber desnudado las injusticias del Estado mexicano contra El Chapo Guzmán, la dinamita bajo el gobierno brasileño, la violencia verbal de aspirantes a la presidencia en México y Estados Unidos y el marcado giro anti institucional de las campañas electorales en ambos países.

El crítico del Times sustenta su observación en una serie de confrontaciones de personajes públicos de su país y entre varios ejemplos nombra a “Bernie versus Hillary” y “Trump contra todos”. Y quizás porque para el mexicano de redes sociales, México encabeza el malestar planetario contra las instituciones, la desproporción lo lleva a creer que la ruptura de hostilidades de Margarita Zavala contra el establishment panista nos acerca al juicio final. O que nos lleva directo a una revolución la cotidiana declaración de guerra de AMLO contra la mafia del poder, o sea, contra todo aquel que él considere que se le atraviesa en su propio camino al poder.

¿Enemigos inexplicables? Otro acierto del crítico del Times ante la falta de méritos de la película, está en su irónica exploración de eventuales fuentes de rivalidad entre el hombre murciélago de Ciudad Gótica y el hombre de acero de Metrópolis. Y aquí Scott especula con la niñez millonaria pero aislada de Bruno Díaz/Batman, más tarde adulto excéntrico de oscura visión de la naturaleza humana, frente al niño migrante Clark Kent/Supermán, quien, procedente de Kripton, crece en una empobrecida granja de Kansas y se abre paso en la gran ciudad como reportero de a pie. (Además del precio de combatir al mal, quizás su condición migratoria habría incidido en el deplorable estado en que Supermán llega al final del filme, a manos de un nuevo peligro para Metrópolis, acaso premonitorio de una presidencia de Donald Trump).

Scott deja al lector la opción de explicarse lo inexplicable —la pelea entre superhéroes buenos— ya sea por un ardid previsible en la saga del hombre de acero: la consabida maniobra tramada por el perverso Lex Luthor, o, más probablemente, por el móvil descarado de otro asalto a las taquillas maquinado por DC Comics y Warner Bros, dos tentáculos del poderoso imperio de Time Warner.

Cada quien su Luthor. Y aquí cabría la pregunta sobre si los malos humores sociales y las furiosas animosidades, traiciones y deliberadas confusiones de la esfera pública mexicana son sólo resultado de las perversidades de nuestros Luthors (que cada quien escoja el suyo) o, como en el caso de esta mala película, se nutren también de las exigencias de la taquilla: los imperativos del clientelismo político en espacios mediáticos y redes sociales, junto a la dictadura del rating y del tráfico en los sitios de Internet.

Y es que, como suele ocurrir fuera de la pantalla, también dentro de la película los medios pasan de elevar a un personaje a escalas heroicas, a hacerlo culpable de todos los males. Mientras los ciudadanos de dentro del filme suelen a su vez mudar, de una escena a otra: de aclamar a quien le erigen en héroe, a abuchearlo como villano, otro afluente de animosidades y confusiones, fuera de la pantalla, alimenta el caudal de escepticismo e incredulidad en las instituciones públicas.

Director general del Fondo de Cultura Económica

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