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No existe vida sin competencia

Javier Vargas

El reconocimiento y el prestigio de los que destacan se traducen en ascenso social

La Copa América que se jugó recientemente en Chile, la Copa de Oro 2015, que se disputa en Estados Unidos y los Juegos Panamericanos, que se celebran en Canadá, en rigor, no son más que competencias. Sin la condición agonal que les caracteriza, no tendrían tanta difusión y popularidad. Desde el punto de vista social, los deportes siempre han sido relevantes, pero ahora también tienen importancia política, cultural y económica. Como pasatiempo, su valor es indiscutible, puesto que divierten y preparan para la vida.

Según la sociología, todos los deportes obedecen al instinto de competencia. En cualquier encuentro, el júbilo colectivo se contagia y, al final, los vencedores se abrazan, saltan y gritan, mientras que los perdedores  se resignan, felicitan al rival y piensan en la revancha. Estos desfogues alagan el sentimiento popular y no pocas veces rebasan el ámbito deportivo.

Los resultados de las competencias establecen jerarquías. El reconocimiento y el prestigio de los que destacan se traducen en ascenso social. La competitividad y la tensión que conllevan, moderan tendencias agresivas y satisfacen el sentido de pertenencia. Según T. Erismann, “El ser y el devenir de todo lo vivo está dominado por la competencia. Si se observa la lucha por la existencia del ser orgánico profundo, en la competencia del hombre en todos los campos, en el mundo del agua, el aire, la tierra, en parte alguna existe vida allí donde falte la fuerza de la competencia… La competencia es el principio de la vida y no se la puede suprimir, sino a lo sumo atenuar sus efectos”.
 
Así, el progreso individual y colectivo no sería más que resultado del espíritu de competencia que anima al ser humano. Pero más allá de su condición agonal, el deporte es sólo un juego, una diversión que colma vacíos existenciales y fomenta la convivencia. Por eso el escritor Juan José Arreola dijo: “La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la creación divina. Una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar. De allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más egregios frutos de la cultura… Lo que se ha pensado de filosofía y todas las historias que puedan ser contadas, si valen por lo que cuentan o lo que glosan de las grandes ideas, son mera diversión… Lo importante es que el hombre agregue a su capacidad para comprender el misterio que después operará en su espíritu”.

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