La paz nunca es sencilla

Editorial EL UNIVERSAL

Cuando el mundo daba por hecho la paz en Colombia entre el gobierno y la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), los ciudadanos que votaron en el referéndum sobre el tema dijeron “no” al acuerdo. En consecuencia, la celebración que ya estaba realizando el presidente Juan Manuel Santos tuvo que detenerse. Lección aprendida para quienes festejaban: nunca dar por hecho una consulta incluso si las encuestas favorecen.

¿Tendría el gobierno que renunciar a la posibilidad de paz con las FARC a partir del resultado y reiniciar ataques contra ésta? No. Pasa como cuando el Reino Unido decidió salirse de la Unión Europea: en los hechos la transición es pausada y los políticos intentan minimizar las consecuencias. Santos está —de facto— manteniendo el pacto de no agresión con la guerrilla, mientras intenta otro acuerdo.

La ventaja que tienen los partidarios del “si” es que la pregunta pedía una respuesta acerca del documento específico que se firmó entre FARC y gobierno. Es decir, si el texto cambia, en teoría también podría cambiar la respuesta ciudadana.

El problema es que la pregunta del pasado referéndum era de por sí tendenciosa a favor del “sí”. Decía: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. No se pidió posición acerca de algo más neutral como hubiera podido ser: “¿Apoya usted el acuerdo de paz del gobierno para terminar el conflicto con la guerrilla?”. Aun así el “no” fue el ganador.

Lo que esto refleja es una genuina oposición de la gente a la posibilidad de que los criminales sean perdonados.

Muy valiosa es la experiencia que seguirá colombia por las similitudes con México.

El fin de los cárteles colombianos de Medellín y de Cali, las grandes organizaciones criminales de los años 80, no significó el fin de la violencia. Hasta la fecha en Colombia los asesinatos siguen siendo más frecuentes que en México, considerando el tamaño de población de ambos países.

En México no terminaremos de ver las secuelas del dominio del crimen organizado sobre varias zonas de la nación incluso si los grandes cárteles son todos derrotados. Habrá que ver cómo resulta la decisión de haber armado a civiles en Michoacán, por ejemplo, o la creación de miles de cuerpos de seguridad privada en manos de los más favorecidos. En Sudamérica esos mismos antecedentes derivaron en paramilitarismo y escuadrones de la muerte.

Ojalá este episodio haya terminado con la arrogancia del gobierno. En todo el mundo necesitamos creer que una paz estable y duradera (incluso si es con un viejo enemigo) es posible.

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