Hoy nos despertamos con la noticia del tránsito eterno de la artista japonesa Yayoi Kusama, quien murió a los 97 años de edad en un hospital de Tokio. Si bien en el comunicado que ofrece su sitio web dan a conocer que Kusama falleció el 14 de agosto, fue hasta el día de ayer que se hizo público el deceso de la mujer que fue figura clave de la psicodelia mundial.
Pero el legado de Kusama va mucho más allá del museo homónimo que mantiene en Tokio. Desde los años 60, la artista llevó su particular forma de entender el arte al cuerpo y a la ropa, construyendo un universo visual que décadas más tarde terminaría encontrándose con la industria de la moda.
En ese camino llegaron colaboraciones con firmas como Lancôme, G-Shock y Uniqlo, además de Louis Vuitton, la maison francesa perteneciente al conglomerado LVMH y quizá una de las alianzas más importantes entre Kusama y la moda.

Tras conocerse su muerte, Louis Vuitton dedicó unas palabras a la artista. Pietro Beccari, CEO de la maison, expresó en Instagram su pesar por el fallecimiento:
“Me entristece profundamente el fallecimiento de Yayoi Kusama, una de las mayores figuras del arte contemporáneo. Verdadera leyenda viva, moldeó su vida y su obra con una libertad, una imaginación y una visión extraordinarias, dejando una huella imborrable en el mundo del arte a lo largo de las últimas décadas...".
Concluyó su mensaje con palabras para sus allegados: "En nombre de Louis Vuitton, expreso mis más sinceras condolencias a su familia, a sus seres queridos y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de trabajar junto a ella. Su extraordinario legado seguirá inspirando a las generaciones venideras”.
Pero antes de que sus lunares ocuparan los escaparates de Louis Vuitton, Yayoi Kusama ya estaba experimentando con la moda. Y para entender por qué la industria terminó encontrando en ella una estética prácticamente hecha para convertirse en deseo, hay que volver a Nueva York, a los años 60.
Antes de convertirse en el estampado que hoy asociamos inmediatamente con Yayoi Kusama, los lunares ya formaban parte de una exploración artística que tenía que ver con la repetición, el infinito y la desaparición del individuo. El MoMA señala que los puntos aparecen desde sus primeras composiciones, realizadas en Japón en los años 50, y que la repetición de estas marcas estaba vinculada con las experiencias visuales que la artista tenía desde niña.
La propia Kusama explicaría después su relación con este motivo de una manera mucho más sencilla: “Polka dots are a way to infinity”, una frase recuperada por el Hirshhorn Museum que resume cómo entendía los lunares: no como un simple recurso decorativo, sino como una forma de extenderse hasta perder los límites.
Esa idea llegó directamente al cuerpo durante los años 60. En sus Body Paint Festivals y otros happenings realizados en Nueva York, Kusama cubría cuerpos desnudos con puntos fluorescentes. El Moderna Museet explica que estos lunares funcionaban dentro de su concepto de self-obliteration: al cubrir la piel con el mismo patrón, los cuerpos podían parecer disolverse dentro del entorno.
Si bien muchos ubican el encuentro de Kusama con la moda en la visita que Marc Jacobs hizo a su estudio en Japón, el romance de Yayoi con esta industria comenzó mucho antes. La artista salió de Japón rumbo a Estados Unidos porque, según contó a The Wall Street Journal, consideraba a su país como un lugar “demasiado pequeño, demasiado servil, demasiado feudal y demasiado desdeñoso con las mujeres”.
En 1968, mientras vivía en Nueva York, Yayoi Kusama también incursionó de lleno en la moda con su propia firma, Kusama Fashion Company Ltd. En una entrevista con Index Magazine publicada en 1998, la artista contó que la idea surgió después de encontrar en un escaparate algunos vestidos que se parecían a sus propias creaciones. Kusama acudió entonces a la compañía que los fabricaba para mostrarles su trabajo y terminó estableciendo una empresa con ellos.
La propuesta estaba lejos de ser convencional: sus diseños incluían vestidos transparentes cubiertos de lunares, prendas plateadas y doradas adornadas con dalias, zapatos con formas fálicas y bolsos intervenidos con macarrones. Entre ellos también estaban los célebres vestidos con agujeros, incluso en zonas tan provocadoras como el trasero.
Las prendas llegaron a venderse en el “Kusama Corner” de Bloomingdale's, aunque la propia artista reconoció que la apuesta no fue precisamente un éxito comercial. Mientras sus vestidos de estética 'flower child' tenían malas ventas, los trajes conservadores funcionaban mucho mejor. “Era muy difícil vender vestidos vanguardistas con agujeros”, recordó Kusama en aquella conversación.
Décadas después, la propia entrevistadora le señaló que aquellas prendas de los sesenta habían adquirido un nuevo valor entre los jóvenes y los consumidores de moda; Kusama respondió con una frase que resume perfectamente su relación con el tiempo: “Tal vez los hice demasiado pronto”.
El salto de Yayoi Kusama de la escena artística a la moda no ocurrió de un día para otro. Para cuando las grandes marcas comenzaron a buscarla, la artista ya había construido durante décadas un lenguaje visual reconocible. Lo que cambió fue que la industria entendió que ese universo podía trasladarse prácticamente intacto a prendas y accesorios.
Uno de los primeros ejemplos de esta nueva etapa llegó con Lancôme en 2011, cuando la artista intervino una edición limitada de sus Juicy Tubes. Pero fue un año después cuando Kusama encontró una plataforma mucho más grande: Louis Vuitton. La colaboración se lanzó en 2012 y llevó los característicos lunares de Kusama a faldas, tops, leggings, bolsos y otros accesorios. La propia maison describió posteriormente a Kusama como parte de su tradición de colaboraciones artísticas, junto a nombres como Stephen Sprouse, Takashi Murakami, Richard Prince y Jeff Koons.
De 2014 a 2016, Uniqlo incorporó a Kusama a SPRZ NY, su proyecto desarrollado junto al MoMA bajo la idea de convertir la ropa en un punto de encuentro entre arte y moda. El proyecto buscaba precisamente llevar el trabajo de artistas reconocidos a productos de uso cotidiano.
Tres años después, Kusama volvió a encontrarse con el streetwear a través de XLARGE y X-girl. La colección de 2017 tomó como inspiración sus 'Infinity nets', los lunares, el mensaje "Love forever"y obras realizadas durante su etapa neoyorquina de los años 60. La colaboración incluyó camisetas, chamarras, bolsas, gorras y hasta un reloj G-Shock, mientras que Porter participó con bolsos especiales.
Para entonces, los lunares ya funcionaban como la firma de Kusama. La moda había encontrado un código visual que podía reconocerse de inmediato y trasladarse del museo al producto.
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Profundizando más en la relación con LVMH, el encuentro entre Yayoi Kusama y Louis Vuitton comenzó a tomar forma mucho antes de que sus lunares ocuparan las vitrinas de la maison. Marc Jacobs conoció a la artista en 2006, durante una visita a su estudio en Tokio, y ese acercamiento terminó convirtiéndose años después en una de las colaboraciones entre arte y moda más reconocibles de la firma francesa. Incluso existe un antecedente de ese encuentro, cuando Kusama intervino una bolsa Ellipse de Louis Vuitton con sus característicos lunares.
La colaboración formal llegó en 2012, cuando Jacobs todavía estaba al frente de la dirección creativa de Louis Vuitton. La primera colección se lanzó en julio y tuvo una segunda entrega en octubre, llevando los puntos de Kusama a faldas, tops, leggings, vestidos, gabardinas, zapatos, bolsos y otros accesorios. La propuesta llegó incluso a los escaparates de las tiendas de la maison alrededor del mundo.
Para Jacobs, la alianza también representaba una continuación de la relación que Louis Vuitton había construido con el arte. La firma ya había trabajado con artistas como Stephen Sprouse y Takashi Murakami, y la llegada de Kusama profundizó esa estrategia de convertir el lenguaje de un creador en parte de los códigos visuales de la marca. El propio Jacobs explicó entonces que esperaba que la presencia global de Vuitton acercara el trabajo de Kusama a personas que quizá nunca habían entrado a una galería o museo.
Pero la historia no terminó ahí. Diez años después, Louis Vuitton y Kusama volvieron a encontrarse. En 2022, la maison anunció una nueva colaboración con la artista, que LVMH describió como una reinterpretación de creaciones icónicas de Louis Vuitton a partir del universo de Kusama.
La segunda colaboración llevó todavía más lejos ese intercambio: los motivos de Kusama volvieron a intervenir bolsos, accesorios y prendas de la maison, mientras sus característicos puntos fueron trabajados sobre los códigos de Louis Vuitton para recrear la apariencia de sus pinceladas.
Antes de convertirse en un ícono de la moda, Yayoi Kusama ya había construido una trayectoria fundamental para entender el arte contemporáneo. Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, comenzó a pintar desde niña y llegó a Nueva York en 1958, donde desarrolló una propuesta que atravesó la pintura, la escultura, las instalaciones, el cine y las performances. El MoMA la reconoce como una figura clave de la vanguardia neoyorquina de finales de los años 50 y principios de los 70.
Sus famosos lunares y redes tampoco fueron los únicos elementos de su obra. A lo largo de las décadas, Kusama desarrolló instalaciones inmersivas, esculturas, pinturas y sus célebres 'Infinity mirror rooms', espacios en los que espejos, luces y repeticiones generan la sensación de estar frente a un espacio que no termina.
También llevó su obra a las calles y a la contracultura neoyorquina de los años 60 mediante Happenings y performances. Su trabajo llegó a tocar temas como el cuerpo, el sexo, la guerra y la identidad, mientras que su obsesión por la repetición se convirtió en uno de los rasgos que terminarían haciendo reconocible su obra en todo el mundo.
Y así, los lunares que alguna vez cubrieron cuerpos en Nueva York terminaron también sobre prendas, bolsos y escaparates.
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