Mi primer acercamiento con la UNAM fue en 1987, cuando entré al CCH Oriente. Mi experiencia durante esa época fue relevante porque llegué a un lugar donde todas y todos éramos iguales: no había diferencia de clases sociales, pues la mayor parte del estudiantado veníamos de colonias populares cercanas al plantel.
Esa sensación de uniformidad cambió cuando ingresé a la Facultad de Derecho de la UNAM en CU (1990-1994). Ahí pude darme cuenta a primera vista de que había diferencias, más allá de lo social, derivadas de un aspecto cultural y de otro académico, que tal vez a mí me hacían falta. Era claro que la formación integral de compañeras y compañeros era mejor que la que varios teníamos, sobre todo, quienes proveníamos de escuelas públicas. No obstante, esa disparidad no me desanimó, sino que me alentó a buscar alternativas para superar las barreras estructurales.
En ese proceso, mi querida Facultad me brindó la posibilidad de acercarme a cuantas obras especializadas de las y los grandes juristas quisiera. Los seminarios, esos sitios donde las albergaban, eran solitarios, solemnes, pero a su vez te entregaban un derroche de cultura jurídica a la que nunca habría tenido acceso si no fuera por ellos. Ahí fue donde, por primera vez, conocí a personas que me hablaron de Fundación UNAM, me comentaron de los múltiples programas de apoyo y me invitaban a inscribirme, para poder ser una de las beneficiarias. Nunca lo hice, no porque fuera de esas personas que no lo necesitaba, sino porque yo ya había asumido la responsabilidad de trabajar para aportar al sustento familiar.
Durante mi formación como abogada tuve la fortuna de poder complementar lo jurídico con lo multidisciplinario. En este proceso la Universidad fue fundamental, pues me abrió las puertas a un nuevo mundo de pluralidad y emoción: teatro, cine, deporte, arte, todo estaba a mi alcance tan sólo con la credencial que me identificaba como alumna.
En el primer semestre mi horario fue el matutino. Empezaba a las 7 y terminaba a las 11 am., por lo que el alumnado podía aprovechar el tiempo para hacer muchas otras actividades. El segundo semestre cambié de turno, obvio, por el trabajo. No obstante, eso no impidió que junto a otras compañeras llegáramos a la función de cine de las 9 de la noche al Centro Cultural Universitario, o bien, aprovechar los fines de semana y asistir a algún concierto en la Sala Netzahualcóyotl o a una obra de teatro en el Auditorio Juan Ruiz de Alarcón.
Siempre me he sentido muy agradecida con la Máxima Casa de Estudios por todo lo que me ha proporcionado y por permitirnos a mí y a millones de personas acceder a una educación pública, gratuita y de calidad. En ese viaje pude darme cuenta de que más allá de las ganas, el esfuerzo personal y el empeño colectivo está el apoyo institucional, en el que asociaciones como Fundación UNAM juegan un papel central al ser agentes de cambio y mejora en la vida de las y los universitarios.
Por eso hoy, en sus 33 años de vida, celebro la existencia de Fundación UNAM y agradezco y valoro su cuidado a estudiantes de recursos modestos, su reconocimiento al alumnado de excelencia académica y su impulso al aprendizaje de idiomas extranjeros y a la labor científica, cultural y humanística; además, admiro su trascendente función en favor de la academia y la vida universitaria.
Al pensar mi vida con un enfoque retrospectivo, como profesionista, universitaria, abogada y servidora pública, puedo observar que el acceso a la educación y a la cultura requiere algo más que el deseo y las buenas intenciones: necesita el impulso de las instituciones para hacerse realidad, pues sólo en esa medida las y los jóvenes están en capacidad de alcanzar su máximo potencial y abrir su vida a todas las opciones y oportunidades. Para mí, la Universidad de la Nación y Fundación UNAM son esas instituciones: las que te igualan, las que te acogen, las que más allá de tu origen, tus conocimientos, tus miedos y tus fortalezas, te entregan todo para ser tú, para encontrar tu identidad, tu camino. Gracias a todas las personas que lo han hecho posible.
Consejera electoral del Instituto Nacional Electoral
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