Por Zoraida García Castillo
Soy unamita desde muy joven. El Colegio de Ciencias y Humanidades, plantel Vallejo, me abrió sus amplias puertas. Experimenté ser parte de un plan de estudios que fomenta la participación activa del alumnado para construir el conocimiento. Teníamos pocas horas de clase al día, pero una gran carga de trabajo: búsqueda de bibliografía, lecturas, investigación de campo y actividades extracurriculares.
Mis profesoras y profesores eran guías, conductores y orientadores. Sus clases nos hacían sentir muy seguros en cada paso que dábamos. Nos acostumbramos a trabajar en equipo, a discutir las ideas y a ser autosuficientes en la búsqueda del conocimiento. Mis años de bachiller fueron muy felices.
Ya en la Facultad empecé a estudiar Derecho y me fui enamorando de él. Tuve profesoras y profesores que marcaron mi rumbo profesional, que fueron inspiradores, impulsores y formaron en mí una visión crítica de la política, el Estado y el derecho.
En la maestría, que también cursé en la Facultad de Derecho, mi mundo se abrió de otra manera. Abordé otras perspectivas muy novedosas: descubrí la argumentación jurídica como una corriente filosófica y práctica, a la par que recibí formación para ser docente. Ese posgrado lo realicé siendo ya una mujer casada y con una hija muy pequeña, pero la Universidad es incluyente y los esfuerzos redoblados dan frutos.
Una de mis maestras, la doctora María Elena Mansilla y Mejía, quien dirigió mi tesis de licenciatura, y que fue una mujer ejemplar y gran amiga, me dio cabida como profesora de asignatura en el Seminario de Derecho Internacional.
El grado de doctora lo obtuve en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, bajo el esquema de investigación, a la par que trabajaba en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Mis guías académicos de entonces son hoy mis amigos y colegas.
Mi otra gran y querida Facultad es la de Medicina, que me recibió en 2013 para coordinar una nueva carrera: la licenciatura en Ciencia Forense; 10 años después se aprobó la creación de la Escuela Nacional de Ciencias Forenses, que me honro en dirigir. Así, he tenido la oportunidad de impulsar, junto con un equipo multidisciplinario, la creación de un nuevo perfil profesional en México, que la UNAM diseñó con la intención de aportar en la solución de problemas nacionales.
Este espacio me ha permitido desempeñarme como académica de tiempo completo, dando clase, investigando temas de ciencia y derecho, y difundiendo la ciencia forense; pero, sobre todo, gracias a él he podido conducir a un entusiasta grupo de académicas y académicos que confía en el perfil de la científica y científico forense para la búsqueda de la verdad y la justicia.
Mis grandes satisfacciones son ver a nuestro alumnado graduarse y observarle exitoso en el ejercicio profesional. También me emociona unirme con mis colegas directoras y directores, así como con quienes encabezan la Máxima Casa de Estudios, en una fuerza impulsora que contribuye a tener un mejor país.
Nada de lo que he narrado habría sido posible sin esta universidad incluyente, gratuita, pública y abierta. En la UNAM aprendí a hablar y escribir francés e italiano, tomo clases de canto, escucho los mejores conciertos, asisto a maravillosas obras de teatro, visito exposiciones culturales y artísticas, consigo leer a los clásicos y las novedades literarias.
Es aquí donde está Fundación UNAM, que desde hace 33 años fortalece económicamente a nuestra Universidad, apoyando la inclusión educativa, la investigación, la cultura y la preservación de su patrimonio. He visto y sentido el trabajo de la Fundación no sólo como alumna, sino como académica y directiva. ¡Celebro su existencia y la de nuestra Alma Mater!
Directora de la Escuela Nacional de Ciencias Forenses de la UNAM
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