Una pregunta se abre para el director y dramaturgo David Olguín (Ciudad de México, 1963) con la puesta en escena de El zoológico de cristal, de Tennessee Williams: ¿En qué medida un corazón humano sirve de algo si no ha sufrido? La obra, asegura, indaga en el paso del tiempo y explora si el acto de recapitular, dar pasos atrás en la memoria, puede salvar de alguna manera a alguien. “Nos puede no atormentar necesariamente, sino confortar. Creo que la puesta en escena tiene ese dulzor tragicómico”.
Menciona un detalle contrastante: en la adaptación cinematográfica de El zoológico... con John Malkovich hay poco humor y mucha oscuridad. Mientras que en esta adaptación hay algo del espíritu nacional: El zoológico..., dice Olguín, es enormemente kafkiano: “Puede leerse como una gran broma tragicómica de la vida. Y eso es algo que es muy paradójico. La gente va, ríe y llora a la vez. Les pega a los viejos y le pega a los jóvenes. Esa es la virtud que tiene la puesta en escena”.
Olguín cuenta que se llevó una gran sorpresa cuando empezó a cotejar el original de la traducción de Losada, una traducción de finales de los años cincuenta, con el original de Tennessee Williams: “Había una enorme cantidad de material no traducido”.

“Evidentemente durante años leímos a un Tennessee Williams, en El zoológico de cristal, editado para una puesta en escena que se hizo en Buenos Aires; por otro lado, unas notas de producción que yo sentía que no le hacían honor a su original y a las ideas que están en el original, donde justamente ataca la idea de realismo y donde permite pasar la puesta en escena por el matiz de la memoria, utilizar recursos que son propios de lo que él llama un teatro plástico e inclusive elementos brechtianos. Es decir, una lectura o una posibilidad de El zoológico de cristal que justamente empieza a dar la opción, para quien lo fuera a montar, de utilizar un lenguaje mucho más radical o contemporáneo, digamos. Eso es en lo que nos abocamos nosotros, en primera instancia, a investigar cuando surgió la idea de hacer la obra”.
El acento, en términos de dirección, fue apostar no sólo al relato y la anécdota, sino a la construcción de una atmósfera: “La atmósfera tenía que ver con asociaciones poéticas interiores, tanto a nivel de los actores como del material visual con el que cobijamos esta historia”. Una alusión, continúa, a las distorsiones que hace la memoria y a imágenes metafóricas como como la de un departamento encallado en una playa, que puede ser el Arca de Noé o una casa-Jonás que fue devorada por una ballena.
Es la segunda colaboración de El Milagro y Compagnie Comala. Está en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario hasta el 24 de abril.