El arte sincrético que nació del mundo indígena

Los indígenas tuvieron un rol imprescindible en los procesos creativos desde la Conquista y a lo largo del periodo novohispano, dice la curadora del Museo Soumaya Francesca Conti, y habla de algunas obras que conserva ese recinto

El arte sincrético que nació del mundo indígena
Anónimo novohispano, “De india y cambujo, jíbaro”, pintura de castas, c 1750; óleo sobre lámina de cobre. Foto: Javier Hinojosa. Colección Museo Soumaya. Fundación Carlos Slim
Cultura 09/08/2021 02:42 Sonia Sierra Actualizada 07:25
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“Los indígenas, como sujeto representado en el arte, no gozaron de específicas clasificaciones antropológicas. Su imagen quedó generalizada sin importar su cultura o tradición. En el imaginario iconográfico, desde el siglo XVII hasta el XX, el indígena por antonomasia fue Juan Diego –hoy santo--”, describe Francesca Conti, curadora del Museo Soumaya. Fundación Carlos Slim.

Este recinto tiene diversas obras de distintos periodos donde se pueden ver desde hechos históricos, hasta pinturas de castas. Todas ellas documentan la forma de vida y las sociedades, pero también las formas como lo indígena era representado.

La curadora explica que los indígenas tuvieron un rol imprescindible en los procesos creativos. “No solo al seguir las instrucciones de un español, sino como sujetos activos que originaron un arte sincrético. Los informantes de fray Bernardino de Sahagún, como Antonio Valeriano, permitieron a Occidente conocer las tradiciones mesoamericanas; uno de los primeros artistas indígenas documentados fue Juan Gerson. De él se pueden apreciar escenas reinterpretadas del Antiguo Testamento que pintó sobre amate en bóvedas de nervadura fijadas con baba de nopal para el conjunto conventual franciscano de Tecamachalco en Puebla. Desde la maestría en el alto y bajorrelieve, hasta llegar al empleo de la grana cochinilla como pigmento por excelencia para los rosados, rojos y violáceos del tardo Manierismo al Barroco, hubo cientos de artistas que sumaron su talento al repertorio plástico novohispano”.

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En la sede de Plaza Carso del Museo Soumaya se puede ver “El Biombo de la Conquista”. La curadora detalla que estos biombos se caracterizaron por tener un anverso que representa escenas de la Conquista y un reverso que despliega un mapa de la configuración urbana de la muy Noble y Leal Ciudad de México.
Acerca de las pinturas de castas, enfatiza que en éstas aparecen los indígenas en sus actividades cotidianas, como agricultores, floricultores o vendedores; que fueron hechas con el interés de clasificar y ordenar el conocimiento, algo propio de la Ilustración. Y detalla: “Es de especial interés la representación del carácter severo (no sin ironía) de las mujeres, como es el caso de la pintura del Museo Soumaya, en la cual la indígena regaña a su marido y le jala el cabello. Se pintaban en sus espacios, ya sea hogares, parcelas, campos o también calles y mercados como el célebre El Parián. Fueron frecuentes las representaciones de sitios sagrados que consciente o inconscientemente se mostraron en distintas obras. En ‘El biombo de la Conquista’, por ejemplo, aparecen desde el ‘qu’ (voz maya para templo) de la plaza de México o Texcoco, hasta el cerro del Peñol, hoy Peñón de los Baños, el cerro del Tepeyac o los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

En cuanto a la representación de los indígenas en el ámbito civil, asegura, con el desarrollo del “patriotismo criollo”, uno de los temas más representados para fomentar el afianzamiento de una identidad propia fue la Conquista en la que los indígenas se enfrentan a las huestes de Hernán Cortés. Aquí fue esencial el personaje de la Malinche.

Por lo que concierne a la esfera religiosa, describe, el Barroco sobrio y exuberante dejó testigo de personajes religiosos como ángeles, santos, mártires, entre otros, con piel morena y rasgos autóctonos. “El ápice se alcanzaría con la delicada y contundente imagen de la Virgen de Guadalupe, la Morenita del Tepeyac”.

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Anverso del biombo “La Conquista de México”, atribuido a Pedro Villegas; óleo sobre lienzo con aplicación de hoja de oro y bisagras de tela. Foto: Agustín Garza. Colección Museo Soumaya. Fundación Carlos Slim.

Visita al Museo

Francesca Conti dice que “El biombo de la Conquista de México” del Museo Soumaya es sin duda el mueble que integra a más personajes indígenas. “Pertenece a un grupo de muebles análogos que forma parte de las colecciones del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec; el Museo Franz Mayer; el Fomento Cultural Banamex; otro que se exhibe en el Museo del Prado; por último, hasta ahora conocido, el que está firmado por Pedro Villegas en los fondos del museo de Trieste en Italia”.

Cita que, de acuerdo con la doctora Verónica Volkow Fernández,  del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, el biombo de Museo Soumaya podría ser el precursor de la “serie”, y que su datación, según la especialista Elisa Vargaslugo, se remonta a alrededor de 1684.

Este biombo se compone de 10 hojas que no presentan una narración cronológica. Algunas de esas escenas que cointiene son: arriba a la derecha el encuentro de Motēcuhzōma Xōcoyōtzin y Hernán Cortés; en la cuarta hoja, la custodia del tesoro de Axayácatl, tras el apresamiento de Motēcuhzōma a mediados de noviembre del 1519; la batalla del cuadro central en la parte media superior de las hojas cinco y seis alude a la Matanza del Templo Mayor ordenada por Pedro de Alvarado durante el baile ceremonial de Tóxcatl; en la primera hoja de la parte inferior está la tercera y última entrada de Cortés a Ciudad de México con el apoyo de indígenas, el 30 de mayo de 1521.

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En cuanto a las pinturas de Castas, la curadora refiere que los pintores novohispanos reflejaron la compleja sociedad virreinal del siglo XVII en un género artístico, que en el siglo XVIII se consolidó ante la curiosidad occidental de conocer con más detalle la vida de los territorios de ultramar.

“Estas obras suelen presentar inscripciones que precisan información que un americano conocía y por lo general con escenas descriptivas de los modos de vida y la forma de relacionarse con otros grupos sociales. Las pinturas daban cuenta de la organización de la sociedad: los españoles nacidos en la península ibérica o peninsulares y en menor medida, los oriundos americanos, criollos, ocuparon un lugar de privilegio dentro; podían obtener los puestos públicos más importantes y servirse del trabajo de indígenas y negros”.

Describe que muy pronto el mestizaje empezó a cambiar el panorama novohispano; no había muchas mujeres europeas entonces los conquistadores tomaron indígenas y de esta unión nacieron los mestizos; sin embargo, tanto ellos como los afromestizos poco destacaron en ámbitos donde la elite era hegemónica.

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Anónimo mexicano “Doña Marina, [La Malinche, Malinalli Tenépatl o Malintzin]”, arte plumario. Foto: Javier Hinojosa. Cortesía Colección Museo Soumaya. Fundación Carlos Slim.

“De españoles y negros nacieron mulatos, que podían ser libres o esclavos, según la decisión del progenitor español. Una clase más se originó a partir del contacto entre los indígenas y los negros: los zambos, que de acuerdo con Concepción García Saíz, en “Las castas mexicanas”, también se les llamó lobos, quienes no tenían posibilidades de ascender en la escala social. La fusión de los negros con otros grupos originó la aparición de cuarterones, quinterones, galfarros, jarochos… al sinnúmero de mezclas raciales, se les denominó castas; aunque no hay un acuerdo sobre cuántas eran, se han identificado y estudiado 53. Estas, a diferencia de las hindúes, sí tuvieron movilidad social. Mientras que los grupos supuestamente “puros” (españoles, indios y negros) tenían leyes bien definidas, las castas no.  Pertenecer a alguna de ellas implicaba impureza de sangre. Ante la mirada del siglo XXI, es fundamental entender que las razas no existen y las variaciones bioculturales humanas se determinan por situaciones geográficas, pero también históricas; de allí que el mestizaje que se subraya en un discurso político y social, esté dominado por la occidentalización”, concluye la curadora. 

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