Confabulario

“Yo vivo la metáfora del mar”: entrevista con Velia Vidal

En entrevista, la escritora y activista colombiana Velia Vidal habla de Kákiri Kákiri, un libro ilustrado que convierte al mar en metáforas múltiples

La escritora colombiana Velia Vidal fue reconocida recientemente con una Residencia del Bellagio Center de la Fundación Rockefeller. Crédito: Ana Blumenkron
12/04/2026 |01:06Natalia Consuegra y Juan Camilo Rincón |
Colaboradores Confabulario
Colaboradores Confabulario Ver perfil

“Acostumbrado a ir de casa en casa, el cangrejo ermitaño a un refugio pasa”. De este animalito marino y de Lucila, la niña que colecciona las conchas y caracolas raras que encuentra, nos hablan los versos de Velia Vidal en Kákiri Kákiri (Lumen).





Acompañados por las ilustraciones de Gina Rosas M., los textos de la autora nacida en Bahía Solano abren una historia que interpela a lectores de todas las edades sobre asuntos como la migración, el despojo, el consumismo y los problemas ambientales. “Ya tengo una casa con magia, pero, por alguna razón, siento mucha nostalgia”, se duele el cáquiri. Desde la ternura y a modo de sabia crítica, Vidal nos invita a repensar nuestra relación con la naturaleza y con aquellos que no han podido encontrar un lugar al que puedan llamar hogar.

Hace algún tiempo se pensaba que los libros ilustrados iban dirigidos solo a niñas y niños, pero viene ocurriendo que, en los libros a los que se les denomina infantiles, los adultos encontramos historias y lenguajes que nos confrontan y nos interpelan. Los géneros literarios cada vez son más difusos o híbridos, y eso es muy rico.

Club El Universal

Yo lo leo como una ganancia. Desde mi ejercicio de escritura pensar en un género literario me ayuda a organizarme, pero desde la interacción con el lector esa idea puede ser una cárcel; suelen ser sistemas muy rígidos cuando lo que nos está mostrando el mercado es que tal cosa ya no existe. Cuando lees a María Negroni, a Natalia Ginsburg, cuando lees textos que no sabes qué son, al final no importa. Lo valioso es que es literatura en la medida en la que usa el lenguaje de manera magistral para conmover, para crear belleza, para interpelar. Por eso es literatura; no porque se parezca a una estructura poética, a una estructura novela, a un libro álbum exclusivamente. Cuando logramos esto hay una enorme ganancia, y moverme y fluir por los géneros ha sido producto de una experiencia propia.

La colombiana es creadora de la Fiesta de la Lectura y Escritura del Chocó (FLECHO). En 2022 la BBC incluyó en su lista de las cien mujeres inspiradoras. Crédito: fondaskreyol.org

¿Cómo ha sido esa experiencia?

Mi principal aproximación académica a la literatura es el máster que hice en Animación a la lectura y la literatura infantil. Yo siempre pensé que iba a escribir exclusivamente literatura infantil, pero también tuve siempre una conciencia de que no me interesaba lo trivial, lo obvio; me interesaba que los niños y niñas fueran percibidos como lectores con agencia. Si tú tienes un objeto que se parece a un libro, que tiene forma de libro, pero no hay literatura adentro, no estás formando lectores. Si un libro de números, de rompecabezas o sobre animales, no tiene nada que te interpele, pues deja de ser literatura y pasa a ser un objeto perfectamente reemplazable por una pelota, una pantalla, cualquier otra cosa. Formar lectores implica exponer a esos niños y niñas a la literatura, que es lenguaje magistralmente organizado para interpelarte, para mostrarte la belleza, para conducirte la mirada hacia lugares donde habitualmente no la tienes. Siempre tuve claro ese reto: ¿cómo hacer literatura que pueda ser comprendida por los niños y las niñas desde etapas tempranas, pero que llegue a personas de todas las edades? En síntesis: llegué por el deseo de hacer libros infantiles con la idea fundamental de la literatura, que recogiera muchos significados, que apelara a la belleza y la magia del lenguaje.

¿Cuál fue el primer libro que escribió de literatura infantil?

Fue un cuentico por ahí que lo dejo en el olvido, pero después escribí Bajo el yarumo (colección Maletín de relatos pacíficos del Instituto Caro y Cuervo y Fondo Acción, 2017) que está disponible en internet y lo vamos a llevar al teatro. Son ciento veinte estrofas rimadas en cuartetas endecasílabas, cuidadas con un rigor extraordinario y que cuentan la historia divertidísima de un niño que se come un montón de cosas, le da dolor de estómago, tiene que ir cagar en el monte y las hormigas yarumeras le pican una nalga. Mi sueño era escribir algo que hiciera reír a los niños pero que jugara con el lenguaje; así me metí en esto. Después aparecen Diez lunas para una espera, donde también hay un juego muy grande con el lenguaje, cargado de significados; está Chocó: selva, lluvia, río y mar, donde yo bien podía haber hecho un libro informativo del Chocó biogeográfico, pero necesitaba que hubiera literatura y es por eso que hago el diario de Emilia, la voz de una niña de diez años, cien por ciento ficcional. Luego viene Kákiri Kákiri, el cual siento que ya tiene el sello completo de la literatura y no solamente de un libro ilustrado.

Usted quería que al leer este libero los niños y niñas también sintieran rabia, tristeza, frustración… ¿Cuál fue el mayor desafío para escribir buscando que sean los lectores quienes hagan sus propias reflexiones?

Yo escribí este texto casi de un tirón, pero fue así porque previamente reflexioné mucho. El texto en realidad son dos cuartillas nada más; son muy pocas palabras y mi pregunta era: ¿cómo hago para que con muy pocas palabras se logren estas emociones? Lo segundo: siempre supe que tenía que ser ilustrado porque había cosas que tenían que quedar exclusivamente en la imagen. Recuerdo que cuando hice el primer texto, abajo puse observaciones para la ilustración: dos puntos de vista, un primerísimo plano, un plano amplio. Lo que yo siempre supe es que este libro se trataba de la mirada y que tenían que ser dos personajes que miraran distinto; ahí era donde iba a estar la identificación, en ponerte en los zapatos de ese personaje cuya mirada se enfrentaba a la del otro.

Un reto enorme.

Sí; mi reto más grande fue mantener esa tensión sin extenderme en las palabras; hacerlo sin perder el punto de vista de cada personaje, su perfil. En el libro son muy claras la personalidad del cáquiri y la de Lucila. Yo releía y decía: esto no lo puede hacer el cáquiri, porque él es un ser sereno y tiene una resignación que no necesariamente es resiliencia, y tampoco está enfrentándose con nadie. Por ejemplo, Lucila en ningún momento se vuelve una niña observadora; ella es lo que es, una persona consumidora y punto, pero tampoco es mala; es divertida y espontánea, entonces uno de los retos era no pasarme todo el libro explicando cada cosa.

Me hace recordar a Katya Adaui, que alguna vez hablaba de resistir la tentación a narrarlo todo.

Exacto. ¡Confía! El lector va a ser capaz de ver eso; no tienes que entregárselo masticado. El otro reto es la moral. Aunque yo tengo claro que no hago libros moralistas ni desde mi escritura hago activismo propiamente, es claro que no dejan de estar ahí los juicios de valor. ¡Venimos de una cultura judeocristiana de la que no nos podemos librar! Todo el tiempo tenía que estar revisando si de pronto dije bueno, malo, cuándo dije bonito… Eso lo puede decir Lucila, pero yo no, el narrador no debe decirlo. Por ejemplo, hay unos adjetivos para describir la casa, que está encantada, que es tenebrosa; entonces, ¿cómo prescindir de los adjetivos? No puedes, porque es un libro para niños, principalmente, pero ¿cómo cuidas la carga simbólica que hay sobre cada palabra? Ese fue el mayor trabajo; si tú miras cada frase, hay normalmente una palabra con peso, como tiempo, bonito, ver. En algún momento hicimos el ejercicio con Juan Pablo, mi editor, y fue muy bonito encontrar el peso de las palabras dentro de versos tan breves.

También es muy valioso su trabajo con las metáforas. ¿De qué manera la vida y la experiencia del mar le permite metaforizar la vida toda? Por ejemplo, usted nos cuenta que el cáquiri es un animalito que no construye lo propio, un huésped de viviendas desechadas cuya carne es poco apreciada. Eso nos llevó a pensar en las personas despreciadas, excluidas, que tienen que rebuscar dónde vivir.

Eso es un regalo del universo. Yo me siento muy afortunada de ser de Bahía Solano, un lugar con unas características muy especiales en su humedad, la profundidad de la bahía, el agua dulce y el agua salada Yo me siento una metáfora de ese territorio y de ese paisaje; yo soy derivada de él y además me entrega elementos para entender el mundo. Yo me he dado cuenta de que no tengo otra manera de entender el mundo, así es como aprendí. Hace muy poco me di cuenta de que las madre aguas no existen en otras culturas, pero pensaba que sí, porque para mí es lo obvio, lo natural. En este tipo de conversaciones es cuando empiezo a ser consciente de lo que representa el mar porque yo no percibo la representación, sino que yo la vivo; yo no percibo la metaforización, ¡yo la vivo! En el caso del cáquiri, yo siempre había querido escribir algo con él porque hace parte de mi vida desde que yo tengo uso de razón. No es que yo estuviera buscando un animal que representara esto, aunque yo misma me di cuenta que representa al okupa, al desplazado, al migrante, a todas esas personas que están tratando de hacerse un hogar, aunque no estén cerca del mar, pero esto me lo dio el mar.

¿Dónde nació la idea de este libro con ese animalito tan particular?

La historia es muy linda porque en 2021 yo llevaba tres meses en Europa haciendo una residencia artística. Allá escuchaba muchas cosas sobre gentrificación —acá todavía no usábamos casi esa palabra—. Yo quería escribir algo sobre eso, pero no entendía qué. Por esa época yo estaba escribiendo también Cuerpos de agua y me estaba resonando lo de la lucha por el territorio. Ocurre que en la casa donde yo estaba haciendo la residencia, que no era tan cerquita del mar, de pronto vi un cangrejo, un tipo de caracol; yo a veces les hablo a los animales y le dije: ¿Tú qué haces acá? Ahí se me estalló la cabeza: lo único que hace que este cáquiri no esté en la playa, es que está gentrificado.

Un animal expulsado de su espacio.

Entonces me puse a pensar en cómo podía contar eso. Indiscutiblemente, el mar es mi modo de ver el mundo y no puedo librarme de eso. Bahía Solano es lo más grande que tenemos; la bahía es mucho más grande que el pueblo; nosotros tenemos más mar que calles. Toda la vida está determinada por el mar; si sube o si baja la marea podemos hacer unas cosas pero no podemos hacer otras; si vamos a salir a un paseo, la hora depende de cómo esté el mar, si está bravo o no; la marea arriba o abajo depende de la luna; determina en qué temporada comemos qué cosas, porque en cada época hay ciertos pescados y puedes comer lo que te ofrece el mar en ese momento; la comida que no producimos del mar nos llega por él, igual. Mi abuelo era motorista; mi papá fue tecnólogo pesquero, después administrador público, pero nunca se desconectó de la pesca. Toda la vida nuestra está esta ligada al mar y no hay otra manera de habitar el mundo para nosotros. A mí me hace muchísima falta y en Aguas de estuario hablo de la ausencia de mar, que además empecé a sentir desde muy niña.

En este libro uno encuentra muchas capas de significado: los recursos naturales y la manera como se depredan o se utilizan para el bien propio, pero luego Viena la idea de no poder habitar, de no encontrar un lugar para uno. ¿Cuál ha sido la mirada más curiosa, inesperada o sorprendente que han hecho sus lectores?

Una mamá me dijo que le había servido para hablar de las mudanzas con su hijo y me pareció rarísimo, porque a mí una mudanza me parece una cosa engorrosa, pero no conflictiva. Para mí, más allá del discurso sobre escrituras creativas, el conflicto es muy importante porque desde ahí problematizo. Yo no soy ingenua ni hago literatura ingenua; yo siempre estoy poniendo problemas, así sea lo más dulce. Este libro es muy dulce, pero cero benevolente; estoy metiendo el dedo en unas llagas serias sobre consumismo, desplazamiento, gentrificación, acaparamiento, desarrollo inmobiliario, hábitat, ciudad. En el trabajo con Juan Pablo nos tomamos el tiempo de leer todas esas capas; difícilmente me han llegado cosas que no hubiéramos considerado y creo que en eso también se nota que es un libro muy cuidado. Ahí no es casual que diga “Se vende”; no es casual que diga: “Qué bonito es Panamá”. Nosotros elegimos que tenía que ser una ciudad a orillas del Pacífico, no un espacio rural; hay aviones, espacios impolutos y perfectos, que es lo que pasa con la gentrificación, pero luego hay un montón de basura en la playa. Creo que teníamos bastante conciencia de muchos temas. Ahora que lo recuerdo, alguna vez alguien me dijo: ¿Tú has escrito algo sobre competencia entre clases, entre grupos? Yo le dije que no y me respondió: Sí, el cangrejo está compitiendo con la niña. Ese no lo habíamos pensado y creo que tiene toda la razón. Hay una competencia por los recursos de la naturaleza. ¿Para qué lo usa cada quién? Ella, para el adorno, para su colección. Eso es lo bonito: la diversidad de miradas.