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Y finalmente, Sir Stephen volvió a México…por Lázaro Azar

Tras algunos eventos pospuestos, Sir Stephen Hough regresó a México para un concierto memorable que incluyó a Schubert, Schoenberg, Waldstein y Schumann

22/02/2026 |01:02Lázaro Azar |
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Eran las ocho de la noche del jueves 12 de febrero cuando Sir Stephen Hough entró al escenario de la Sala Nezahualcóyotl portando su característico saco azul de cuello Mao, se dirigió al viejo Steinway de sonido aterciopelado, y el público estalló en aplausos antes de que él tocara una sola nota. Por fin, teníamos ante nosotros al pianista más refinado, versátil y aclamado de nuestro tiempo. Se rompía una década de espera, conjurándose la mala suerte que, previamente, había impedido su retorno a nuestro país en un par de ocasiones: en 2020 por la pandemia, y 2024 por ineptitud de la burocracia universitaria.





Al igual que a la misma hora de aquel miércoles 5 de octubre de 2016, cuando aceptó mi invitación para debutar en México en el Auditorio Blas Galindo dentro de aquel festival “En Blanco & Negro”, hoy desfalleciente y sin rumbo, inició su recital tocando a Schubert. Entonces, la Sonata en la menor, D. 784, ahora, la segunda de sus Klavierstücke, D. 946… pero antes de continuar con lo que pasó esta noche, permítanme compartirles qué tanto hizo ahora por nuestras tierras tan notable visitante.

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Sala Nezahualcóyotl. Crédito: Cultura UNAM

No fueron pocos los melómanos que me preguntaron por qué The Economist lo considera “uno de los escasos veinte polímatas vivientes”, merecidísima adjetivación que reconoce su brillante desempeño en distintos rubros: además de ser un pianista fuera de serie con 67 multipremiados discos en su haber, también pinta, compone, bloguea y ha escrito varios libros que lo mismo reúnen algunos de sus ensayos en torno a la música, como Rough Ideas (2019), que sus memorias, Enough. Scenes from Childhood (2023) han sido reseñadas como “maravillosamente cálidas, ingeniosas y honestas, sobre el viaje musical de una superestrella del piano, desde la infancia hasta la juventud”; aunque fue su novela, The Final Retreat (2018), la que armó más revuelo por versar sobre la batalla que libra un sacerdote entre la fe y su adicción sexual, tema asociado inmediatamente con la vocación religiosa que abandonó Hough para dedicarse a la Música.

Contra lo que pudiera uno imaginarse en alguien que ha sido nombrado Caballero del Imperio Británico (Sir) en 2022 por la reina Isabel II, en virtud de “sus servicios a la Música”, este divertido y entrañable caballero no tiene nada de remilgoso: sibarita de paladar intrépido, más tardó en llegar a México el domingo 8 que en echarse unos escamoles en el San Angel Inn, y si bien pidió que le dejara libres las mañanas, ya sea por el escaso par de ensayos que tendría con la OFUNAM o para adelantar el Réquiem que está componiendo, consagró buena parte de su tiempo a probar nuestros sabores y apreciar, in situ, el arte mexicano que le apasiona desde que, en su primera visita, conoció el Palacio de Bellas Artes, el Munal y el Museo Soumaya.

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Ahora, fue a los museos de Arte Moderno y de Antropología, gozó la visita por el Foro Valparaíso de la Fundación Banamex que le brindó Caty Cárdenas, curadora de la colección, y atesoraré en la memoria su encuentro con ese mítico “obrero de la cultura” que es Don Armando Colina, fundador de la Galería Arvil que tan en alto ha puesto el nombre de México y nos recibió en su casa, para mostrarle su colección particular; gastronómicamente hablando, lo que más disfrutó tras la cena que le sirvió Isaac Béjar en su feudo en San Jacinto, fue la propuesta de Xuna y probar la cata de insectos que le ofrecieron en el restaurante Tetetlán, al que regresó seducido por su mole, su fideo seco con huitlacoche y el vino de la casa que ensamblan en exclusiva para ese insuperable anfitrión que es César Cervantes.

Tras una intensa Masterclass impartida el miércoles 10 a dos talentosos jóvenes, su recital no pudo estar mejor logrado. Estructural, y artísticamente. Siguiendo la tónica gastronómica, equivalió a la más exquisita degustación que pudiera ofrecer un chef con tres estrellas Michelin. Tras los nostálgicos sabores del Schubert y el Intermezzo Op. 118 n. 6 de Brahms que sirvió como entradas, vino un contraste diestramente concebido, las seis Kleine Klavierstücke, Op. 19 de Schoenberg que, sin interrupción y con ese ingenioso humor que distingue a los británicos, enlazó con dos brevísimas miniaturas, la Klavierstüke III de Stockhausen y la Bagatela Op. 119 n. 10 de Beethoven que, a manera de sorbete, prepararon al paladar para los platos fuertes, dos obras magnas, fundamentales del repertorio pianístico: la Sonata Waldstein beethoveniana, brillante y fluidamente interpretada (su tránsito de la Introduzione al Rondó fue sublime), y la versión más libre y poética que he escuchado en vivo del Carnaval de Schumann, con la cual sepultó las versiones que le escuché a Arrau, De Larrocha y Cherkassky… ¡y creía insuperables!

Para cerrar, se anunció su suite en tres movimientos basada en canciones de la película Mary Poppins, compuestas para Disney por los hermanos Shermann y transcritas por él en el mejor estilo de sus antecesores de “the Golden Age of the Piano”. Digamos que ese fue el postre, aunque, en sus palabras, fungían como “encores anunciados”. El “no anunciado” fue el Nocturno Op. 9 n. 2 de Chopin, que tocó con tal libertad que nos remitió a los salones parisinos donde brillaba improvisando su par polaco. Esa noche, la sobremesa fue breve. Apenas tendría su primer ensayo con la OFUNAM a la mañana siguiente. Inquieto, me preguntó sobre el nivel de la orquesta, ya que la parte compuesta para ella por Rachmaninov en su Tercer Concierto es tan difícil como la parte solista. “No te esperes a la Filarmónica de Berlín, preocúpate más del director, que es sordo”, fue todo lo que le dije.

Cuando nos vimos el viernes por la tarde, me confió que llegó a pensar que, lo que le había advertido, era “una figura poética”. Por asistentes al ensayo supe que, ante las repetidas ocasiones que se perdieron los músicos, tuvieron que parar varias veces; finalmente, Hough optó por hablar con Sebastián Kwapisz, el concertino, a quien le pidió que fuera él quien marcara estrictamente el compás –aunque perdieran la libertad de fraseo que amerita la obra-, para evitar que todos los atrilistas acabaran perdidos ante las limitaciones de Gasançon. Y eso fue lo que vimos el sábado y el domingo. Kwapisz cumplió su encomienda, lástima que no estuviera en él tocar los pasajes de los (des)alientos: cornos, trompeta y fagot se esmeraron en desafinar. Aún así, Hough tocó con tal concentración, convicción e inteligencia que electrizó a su audiencia. Por fin, volvíamos a escuchar un solista que viniera a hacer una digna y memorable interpretación de esta obra con la OFUNAM, algo que no ocurría desde que invitaron a Horacio Gutiérrez, hace ya varias décadas.

El público deliraba ante el desempeño de este extraordinario solista. A la ovación de pie, Hough correspondió con un par de entrañables caramelitos en arreglos de su autoría: el sábado, bisó con Recuérdame, de la película Coco y, el domingo, con Cielito lindo. Hago votos para que no tengamos que esperar otra década antes de la próxima visita de este inconmensurable Artista. Así, con A, pero mayúscula.