La semana pasada asistí a un concierto sumamente singular. Si bien no mentía, su título era confuso… más no impreciso: “Concierto a dos pianos. Gala de reencuentro.” A continuación, enlistaba a los participantes, señalando que lo ofrecía el Coro Ángela Peralta, pero fue lo que leí a continuación lo que me animó a hacer mi maleta de inmediato: uno de los pianistas anunciados sería el Maestro Antonio González Guerrero, y estoy seguro de que, como habría dicho mi abuelita, muchos se preguntarán “quién es este santo varón”.
De entrada, podría decirles que es uno de esos personajes cuya pasión por la música ha cambiado notablemente el entorno que les rodea y eso, no es poca cosa. Para valorar debidamente su legado, hagamos un poco de historia: tras aquellos años del siglo 19 durante los cuales la ópera llegaba a los rincones más insospechados de México, más que pasar de moda, lo complejo del género fue decisivo para que –ya sin las giras realizadas por las compañías extranjeras que nos visitaban, auspiciadas por los diferentes gobiernos en turno-, cada vez fuera menos frecuente ver programada una ópera en provincia. Actualmente, el género ha cobrado un nuevo auge: a nivel muy precario, algo se hace en diversos puntos del país, y por encima de múltiples y muy aislados esfuerzos, Monterrey es punta de lanza gracias al México Opera Studio (MOS). Sin embargo, hay una plaza que “se cocina aparte” por ser el único lugar de la provincia en el que ha habido ópera de manera constante durante poco más de tres décadas: Mazatlán.
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Mucho se ha dicho que este puerto es un auténtico “polo” operístico en México, y en gran medida, esto se debe a Enrique Patrón de Rueda, quien pese a ser nuestro mejor concertador, literalmente acabó “yéndose con su música a otra parte” y regresó a su terruño tras sus desencuentros con las mafias sindicales que tienen secuestrado al INBA. Sus conocimientos, capacidad artística y solvencia profesional nunca han sido puestos en duda, “pero…” uno de los requisitos para lograr una buena puesta es contar con un coro de primer nivel, y ya de vuelta a casa, ese coro fue el Coro Ángela Peralta (CAP), fundado en 1992 por el Maestro Antonio González.
El Ángela Peralta es un coro amateur y comunitario en la más noble acepción del término: por él han pasado más de mil voces de personas que no todas leen música pero que, si algo les unifica, es su amor por la música: no reciben remuneración por ser parte de él y asistir a los innumerables ensayos que les han permitido tener en repertorio más títulos que muchos coros profesionales y, lo mejor, es que cantan con una vitalidad y entusiasmo como ninguno de sus pares en la ajolotizada CdMx.
Al igual que su hermano Gerardo, reconocido pedagogo y promotor cultural que fuera un pilar de la Escuela Superior de Música y Danza Carmen Romano de López Portillo, Antonio González también se inició en el piano en su natal Monterrey; concluyó sus estudios bajo la guía de Gerhart Muench en la Escuela Nacional de Música y su talento fue ampliamente reconocido: Carlos Jiménez Mabarak lo eligió para estrenar su Concierto para piano y orquesta, y cuando Eduardo Mata estuvo al frente de la Ópera de Bellas Artes lo llamó a colaborar con él, nombrándolo Director Titular del Coro y entrenador de los solistas de la Compañía Nacional de Ópera, que era como se denominaba entonces.
Sus resultados hicieron que González se convirtiera rápidamente en un referente inapreciable en el ámbito de nuestra música coral. Fue llamado a dirigir infinidad de coros, muchos de los cuales también fueron fundados por él. El Sistema Nacional de Coros y Orquestas es una más de las instituciones que se han beneficiado de sus clases magistrales y de los cursos de técnica vocal para directores de coro que ha impartido por todo el país. Además del CAP, Mazatlán le debe el haber fundado la Licenciatura en Canto en la Escuela Superior de Canto de la localidad. Como verán, bien podría emular a José José cantando aquella de que “fue de todo y sin medida”.
La noticia de que dejaría por unos días su retiro en Cuernavaca para volver a Mazatlán entusiasmó de inmediato a cuantos les cambió la vida al acercarlos a la Música. Para su reencuentro con sus pupilos mazatlecos, eligió abrir su presentación del sábado 20 tocando el Concierto en Re bemol de Khachaturian, tal y como fue su estreno mundial en privado, hará casi 90 años, con Lev Oborin como solista y el propio compositor interpretando la parte de la orquesta en un segundo piano. Ahora, él fungió como solista y la parte orquestal estuvo a cargo de Sergio Castellanos, quien fuera discípulo suyo y actualmente se desempeña como pianista del CAP. Un poco de refinamiento habría sido que bienvenido, y no me refiero al colorido orquestal, limitado a un solo instrumento –si bien ¡vaya que extrañé el sonido del flexatón durante el Andante con ánima!-, sino al exceso de trancazos por parte del solista. Una cosa es que esta obra se preste para ello, y otra, el abuso inclemente de la fuerza al percutir el teclado.
Afortunadamente, la actuación del CAP en la segunda parte de la velada estuvo mucho mejor lograda. Desde el 2018, la Maestra María Murillo tomó las riendas del coro y eligió una selección de las óperas Cavalleria rusticana y Pagliacci que les escuché –completas- el mes pasado en el Festival Amado Nervo, de Tepic. A diferencia de entonces, el nivel de los solistas resultó inestable. Marysol Calles abordó la Nedda de estos Pagliacci, y no estuvo muy cómoda en el registro agudo mientras cantaba Stridono lassù, la conocida “aria de los pájaros”. Eso sí, no batalló tanto como el barítono Juan Fernando Martínez, cuya interpretación del Prólogo me hizo temer que, de seguir así el programa, más valdría poner los pies en polvorosa. Mucho mejor estuvieron el tenor José Manuel Chú, quien brindó una vibrante versión de Vesti la giubba y Gabriela Vadillo, quien dio voz a la Santuzza que entonó el Inneggiamo en Cavalleria.
Al final, los gritos de “¡Otra, otra…!” irrumpieron en el Teatro Ángela Peralta. El bis preparado fue Va pensiero, de la ópera Nabucco, y las ambientaciones proyectadas en el ciclorama pasaron de la Italia rural al Oriente medio. Sobre estas, pudimos leer la letra y, cual magno karaoke, fue muy emotivo escuchar cuánta gente se sumaba al coro. Detrás de mí, un par de señoras mayores comentaba: -Qué bueno que nos pusieron la letra… -Ay sí, qué bonitos tiempos aquellos, cuando veníamos al coro…
A pesar de que las noticias que nos llegan de Sinaloa suelen centrarse en la violencia, la realidad es que pocos estados han hecho tan suya la Música. Han hallado en ella un bálsamo que va de la banda hasta la ópera, gracias a personajes como el Maestro Antonio, uno de esos auténticos “héroes que nos dieron Patria”.