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Voltaire, el sabio que se burló de la “sabiduría”

Reflexión sobre cómo Voltaire convirtió la razón en arma política para criticar a la autoridad y defendió la tolerancia a través de una filosofía llevada a la acción

Voltaire fue autor de Cándido (1759), una de sus obras más influyentes. Retrato de juventud, de Largillière. Crédito: Museo Carnavalet / Wikimedia Commons.
01/03/2026 |01:01Hugo Alfredo Hinojosa |
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Mi maestro Voltarie… Hay una escena que define a Voltaire mejor que cualquier tratado filosófico. Es 1726, y François-Marie Arouet, ese apellido burgués que abandonaría pronto como quien se desprende de una herencia incómoda, acaba de ser liberado de la Bastilla bajo la condición de exiliarse en Inglaterra. En ese momento, Voltaire tiene treinta y un años, ya es famoso, ya ha conocido el poder de las palabras para irritar a los poderosos, y en lugar de achicarse ante la humillación, cruza el Canal de la Mancha con una curiosidad depredadora.





Nuestro filósofo descubrió en Londres algo escandaloso: una sociedad donde los hombres podían pensar en voz alta sin que los encarcelaran muy seguido. Leyó a John Locke y a Isaac Newton con la devoción de quien ha encontrado, por fin, el idioma que estaba buscando. Comprendió que la razón no era simplemente un instrumento intelectual sino un arma política, y que el gran enemigo de la razón no era la ignorancia, eso sería demasiado fácil, sino la autoridad que se disfraza de verdad eterna. Cuando regresó a Francia tres años después, llevaba consigo su libro Cartas filosóficas, publicación que la Iglesia y la corona mandarían a quemar públicamente en 1734; y por tanto Voltaire tuvo que huir otra vez.

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Voltaire, figura central de la crítica ilustrada: su defensa de la tolerancia y su denuncia al fanatismo marcaron el impulso hacia los derechos modernos. Wikimedia Commons

Lo que hace singular a Voltaire dentro del proyecto ilustrado no es que haya inventado ideas que nadie había pensado antes. Su originalidad es de otro tipo: fue el primer gran comunicador de las ideas modernas, el escritor que comprendió que la filosofía no serviría de nada encerrada en tratados que solo leían quince personas en Europa. Escribió novelas, poemas, tragedias, cuentos filosóficos, miles de cartas y artículos para la Enciclopedia de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert. Su obra completa ocupa más de setenta volúmenes.

El núcleo de su filosofía política se articula alrededor de una pregunta que puede parecer modesta pero que en el siglo XVIII sonaba como una bomba: ¿con qué derecho una institución humana reclama autoridad absoluta? La respuesta ortodoxa era teológica, Dios otorga el poder a reyes y sacerdotes, y Voltaire la atacó desde múltiples flancos simultáneamente. Desde el flanco histórico, demostrando que las instituciones religiosas habían cometido crímenes atroces en nombre de la verdad. Desde el flanco comparativo, señalando que otras civilizaciones habían organizado la vida pública de manera diferente y no por eso habían caído en el caos. Desde el flanco epistemológico, recordando que ningún ser humano tiene acceso privilegiado a la verdad absoluta, y que la intolerancia es siempre, en el fondo, un problema de soberbia cognitiva.

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Su deísmo es la pieza más delicada y frecuentemente malinterpretada de su pensamiento. Voltaire no era ateo, lo acusaban de serlo y lo negaba, pero tampoco era cristiano en ningún sentido reconocible para la Iglesia de su tiempo. Creía en algún tipo de principio ordenador del universo, una inteligencia que se manifestaba en la regularidad de las leyes naturales. Pero ese Dios no intervenía en los asuntos humanos, no respondía oraciones, no había elegido a ningún pueblo ni revelado ninguna verdad especial a ningún profeta. Era, en términos prácticos, un Dios que dejaba sola a la humanidad con su razón. Lo que a algunos sonaba a orfandad, a Voltaire le sonaba a libertad.

El Cándido, quizá mi obra favorita de la filosofía, publicado en 1759, es el laboratorio donde todas estas ideas se ponen a prueba en condiciones extremas. La novela es una máquina de destruir el optimismo metafísico de Gottfried Wilhelm Leibniz, ese “todo está bien en el mejor de los mundos posibles”, mediante la acumulación grotesca de catástrofes. Terremotos, guerras, esclavitud, inquisición, naufragios: Voltaire hace pasar a su personaje por todas las formas posibles del horror humano, no para concluir que la vida carece de sentido, sino para demostrar que el sentido no viene dado por ningún plan divino sino que hay que construirlo con las manos. La última frase de la novela, “hay que cultivar nuestro jardín”, no es una retirada nihilista al espacio privado. Es una declaración de que la acción concreta, modesta, práctica, es la única respuesta honesta a la pregunta de cómo vivir.

Esta insistencia en lo concreto lo distingue de otros filósofos ilustrados. Voltaire no confiaba demasiado en los sistemas abstractos ni en las utopías. Desconfió de Jean-Jacques Rousseau, y la antipatía fue recíproca, porque sospechaba que el entusiasmo rousseauniano por el estado de naturaleza y la voluntad general podía derivar fácilmente en algo despótico. Prefería la reforma parcial, la crítica específica, el caso individual. Cuando en 1762 se enteró de que Jean Calas, un comerciante protestante de Toulouse, había sido torturado y ejecutado bajo la acusación falsa de haber matado a su hijo para impedir que se convirtiera al catolicismo, Voltaire no escribió un tratado sobre la libertad religiosa. Movilizó la opinión pública europea, y tres años después consiguió que el Parlamento anulara la condena póstumamente y rehabilitara a la familia. La filosofía convertida en acción judicial.

El Tratado sobre la tolerancia que surgió de ese caso no es un texto abstracto. Es un argumento construido caso por caso, con una urgencia que todavía se siente. La tolerancia para Voltaire no es una concesión generosa que la mayoría hace a las minorías, sino el reconocimiento de que nadie tiene razones suficientes para imponer sus creencias por la fuerza. Es una posición epistemológica antes que moral: si acepto que puedo estar equivocado, tengo que aceptar también que el otro tiene derecho a estar equivocado de manera diferente. La intolerancia es la pretensión de haber llegado al final de la búsqueda, y esa pretensión es siempre, para Voltaire, una forma de mentirse a uno mismo. Murió en 1778, a los ochenta y tres años, después de un último viaje triunfal a París donde fue aclamado como una especie de monumento viviente; y la Iglesia le negó los últimos sacramentos.