Federico Stahl llega a una plataforma petrolera abandonada en el mar de Ojotsk y es recibido por una tormenta, paisaje como "un cine cuya pantalla era tan grande como el cielo". Allí dedicará sus días a escribir una crónica sobre aquel dinosaurio de concreto detenido en el tiempo que creció “de la historia del siglo XX, como un tumor”.
En Los acontecimientos (FCE, 2025) acompañamos al hombre que atraviesa sus días dentro de esa sobrevida que es la plataforma, buscando máquinas, imprimiendo hojas y digitando números en la nada gigante que a la vez lo es todo, vampiro que alguna vez drenó el líquido preciado para hacerlo circular en otras maquinarias, otros motores, vida de los circuitos de la modernidad. Federico comprende entonces que “en los lugares abandonados o deteriorados está la clave para remover el artificio y la marca de lo humano”, de un mundo naufragado, Atlántida que viene de un futuro inminente.
Siempre recuerdo a Mariana Enriquez cuando dice, sobre Nuestra parte de noche, “Primero creé un mundo y luego lo poblé”. ¿Cómo ocurrió con Los acontecimientos?, ¿qué surgió primero en su cabeza?

Surgió primero la anomalía oceánica, esa especie de enigma raro que podría ser una forma de inteligencia compuesta por el agua misma del mar; después pensé que alguien la habría descubierto décadas atrás (siempre tiendo a soñar estas cosas como ancladas en la década del setenta) y pretendido investigarla, pero la historia precisa de esa investigación preferí dejarla un poco en el misterio, como una revelación a la que no alcanza el lector. Necesitaba de todas formas alguna forma de laboratorio o lugar desde el que conducir las investigaciones, y pensé en una plataforma petrolera abandonada, clavada allí en el Pacífico Norte. Así que fue primero el misterio y luego la plataforma. A Federico Stahl lo daba por sentado, pero sí me dejó un poco perplejo que la escritura me pidiera otro personaje y ese terminase por ser Ada, que está también, con otra historia de vida, en mis novelas El orden del mundo y Krautrock.
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En esta novela son esenciales y muy ricas las alusiones a lo cinematográfico, a lo visual ("una pantalla apagada hacía tiempo”) y el lugar esencial de lo auditivo (la "abstracción extensa del sonido" y de cómo este tiñe el modo en que en que se percibe y se experimenta el mundo).
A veces pienso que no soy realmente un escritor especialmente visual, y sucede que me he propuesto (al menos últimamente, digamos en los últimos cuatro años) escribir ante todo desde el sonido. No podría concebir mi vida sin música, y desde hace tiempo que me interesa pensar en la música desde la idea de sonido, del materialismo sónico: la base misma de esa sustancia que la música intenta ordenar, las texturas sónicas, los timbres, y más allá de la música el mundo de los sonidos no organizados intencionalmente o no agenciados por humanos.
Y ahí aparece el zumbido.
Eso fue otro principio para Los acontecimientos: imaginar un zumbido denso y complejo que lo permea todo y cuenta historias (aunque no sean las nuestras) si se lo sabe escuchar. El resto fue hacerlo sonar en la plataforma, poner allí los oídos de Federico para escucharlo y dejar que las historias se desplegaran. Ese proceso, que generaría visiones desde el sonido, es de alguna manera análogo al del cine que más me gusta, que es el que más atención presta a esa materialidad del sonido (y que hace lo mismo con la visión, alterando el grano de la imagen, la luminosidad, los colores) y lo anuda con lo que vemos; no solo la música, como en cualquier banda sonora, y no solo lo representado en sí, sino el sonido y la visión en sentidos más amplios. Para mí fue totalmente natural en la escritura de este libro, no algo que me propuse desde un punto de vista técnico. Toda narración es música: un proceso de variaciones, de exposición, desarrollo y recapitulación, de contrapunto y modulaciones.
¿Cómo trabajó la investigación de los temas que aborda en la novela? (el hum, el Ejército Fantasma, la Operación Alma Errante, las plataformas petroleras…); ¿eran asuntos que ya conocía?
Sí, son cosas que me obsesionan desde hace tiempo, como las estaciones de números (que descubrí cuando quedé atrapado en la serie Lost, allá por 2005 o 2006) y los sonidos oceánicos inexplicables (que para mí siempre apuntan a Lovecraft y su ciudad sumergida de R’lyeh). Otros los investigué especialmente para la novela siguiendo la pista de este tipo de fenómenos extraños. En ese sentido fue de gran ayuda el trabajo del colectivo AUDINT y de uno de sus miembros, Steve Goodman, que produjo mucha teoría-ficción sobre el uso del sonido en la guerra.
¿Hay algo de los bestiarios marinos que haya alimentado esta historia?
Lovecraft, Lovecraft y más Lovecraft: “La sombra sobre Innsmouth” (uno de los extremos de su obra), “La llamada de Cthulhu”, “Dagón”. O la idea, en su momento científica, luego reclamada por los teósofos, del continente sumergido de Lemuria, suerte de contraparte en el Pacífico de la Atlántida; y después Jacques Cousteau y su Enciclopedia del mar, en la que encontré, a los siete años, un mapa del fondo marino en el que podían verse todas las cordilleras, fallas, cañones, desfiladeros, valles, depresiones, trincheras y fosas submarinas.
Siento que una de las protagonistas del libro es la ingeniería abandonada alrededor de la cual surge una nueva arquitectura, otros diseños. ¿Cómo concibió esa idea del paisaje enrarecido que llega a habitar Federico (y que termina por habitarlo a él)?
Un punto de partida posible está en los pasajes sobre el puerto de Felixstowe que incluye Mark Fisher en su libro Lo raro y lo espeluznante, a propósito del disco de Brian Eno Ambient 4: On Land, uno de mis favoritos. Pero mucho antes de descubrir a Fisher siempre me obsesionó la arquitectura, las estructuras de vigas desnudas, las paredes calcáreas iluminadas por el sol. Cierta ciencia ficción, en todo caso, desde Metrópolis hasta El Incal, Blade Runner y El quinto elemento, pasando por Las bóvedas de acero de Asimov, y más allá hacia “A Year in the Linear City” de Paul di Filippo, la Viriconium de M. John Harrison, la psicogeografía de Alan Moore en From Hell, Ian Sinclair y los ríos subterráneos entubados de Londres; el art déco de mis edificios favoritos de Montevideo, la fábrica abandonada que había a cuatro cuadras de mi casa y en la que allá por 1998 escuchaba black metal en mi walkman, fumaba marihuana, bebía vodka barato con Sprite y concebía manifiestos poéticos con mis amigos poetas, no todos ellos imaginarios.
En el libro percibí dos ideas del espacio: uno infinito y extenso, pero también uno que se siente y se vive como repetido, escenario, confinado, secreto, que atrapa. ¿Cómo lo construyó narrativamente?
Federico llega a la plataforma y la descubre poblada de recuerdos: algunos sonoros, otros escritos. Su espacio, por tanto, pasa a ser el de una acumulación. Y yo soy exactamente eso: hablar con referencias (a Los Simpsons, a letras de Bowie u Ozzy, a versos de T. S. Eliot o Borges, a diálogos de videojuegos y globos de historietas, a citas de Pynchon, Thomas Mann, Mike Wilson, Katy Acker o William Burroughs), coleccionar tecnología obsoleta, libros viejos, discos, recuerdos.
¿Qué sería para usted —y para Federico— un cataclismo?
En el sentido etimológico, vernos inundados por lo sepultado, lo abyecto, el inframundo (como ese remolino que imagina Federico en Los acontecimientos cuando se desencadena la tormenta en las primeras páginas del libro); en el sentido de catástrofe posible o de mala estrella inevitable (el recuerdo de segunda mano, vía Borges, de las líneas de Romeo y Julieta, “And shake the yoke of inauspicious stars/ From this world-wearied flesh”), la repentina cancelación de toda pretensión de resistencia, la materialización de un mundo con el que no podemos resonar y del que nos sabemos excluidos. Pero en realidad, si algo temo es el futuro que les tocó a mis hijas, ante todo por las catástrofes que deberán enfrentar. Y sabemos que, a la vez, alguna forma de vida siempre sale adelante, incluso de vida humana o de vida que podamos llegar a llamar humana, como quien dice que habrá también un nosotros.