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Una década de la Secretaría de Cultura, feria de cifras, aprovechamiento pendiente

¿Qué papel ha jugado la Secretaría de Cultura en el crecimiento del sector? Este texto analiza los datos

La asistencia y el impacto económico están documentados; lo que no aparece en las cifras es la falta de planeación cultural del Estado. Imagen de la FIL Guadalajara en 2019, una gran cita cultural que se desarrolla sin mayor impulso federal. Crédito: Archivo de El Universal
08/02/2026 |01:05Eduardo Cruz Vázquez |
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En las cuentas del decenio, considerando que el año 2016 la estructura presupuestal aún fue la del Conaculta, la Secretaría de Cultura (SC) ejerció 196 mil millones de pesos (mdp). Dos fuentes me nutren: destacadamente la de Fundar, en el análisis acucioso de Paulina Castaño, y la del Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados. En pesos del 2026, son 19 mil 600 millones por año. El número de beneficiarios en el amplio abanico de bienes y servicios culturales otorgados por la dependencia me ha sido imposible saberlo, dada la histórica volatilidad metodológica de sus registros y conteos.





Gran parte de la desconfianza que significa recurrir a las cifras oficiales para armar análisis, sean de la Secretarías de Cultura y Hacienda o del auditor que se supone que es la cámara baja, fue abatida en enero de 2014. La instauración ese año por parte del Inegi de la Cuenta Satélite de la Cultura (CSC) dio además la formalidad faltante al sector cultural en el Sistema de Cuentas Nacionales. Aunque identificable en el curso de la historia, tanto su definición, su peso económico como su validez internacional inicia con la adopción del Sistema de Clasificación Industrial de América del Norte, instrumentado en el marco del Tratado de Libre Comercio en 1994, ratificado en septiembre de 2018 con el T-MEC.

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Claudia Curiel de Icaza, titular de la Secretaría de Cultura, en la Feria de las culturas comunitarias en la explanada de Zócalo. Noviembre de 2025. Crédito: Luis Camacho/ El Universal

La segunda década del siglo XXI abrió una feria de cifras sobre el comportamiento del sector cultural y de todas las instancias culturales de gobierno, en sus distintos niveles, como nunca. Por igual se ampliaron las mediciones del mercado y de las organizaciones civiles, particularmente de las donatarias. También se puso en relieve el PIB por entidad federativa, el voltaje de la producción en los hogares, de las instituciones de educación superior, de la cooperación y el comercio internacionales. Hablamos de un vasto acervo, metodológicamente sólido, al que la joven Secretaría de Cultura escasamente ha recurrido y mucho menos ha alentado su conocimiento y aplicación para lo central: fortalecer la conciencia sectorial, diseñar planeación y ver por el desarrollo. Esto se traduce en la incapacidad, a lo largo de diez años (y que en realidad son lustros) de colegiar una política económica para el sector cultural.

Cuentas ¿alegres?

Año con año, en la obsesiva discusión del alcance del presupuesto asignado a la Secretaría de Cultura (o en sus tiempos al Conaculta) se vienen ignorando otras variables que amplían las posibilidades de valoración de su rol y desempeño. A la vez son nichos que demandan amplitud de interpretaciones con escasos postores. No pocas de las variantes son consignadas por la CSC en serie desde 2008.

Es el caso del gasto ejercido de la gestión pública en cultura. Hablamos de las derramas nacionales del gasto público las cuales, en lo que lleva de vida la SC, suman 706 mil millones de pesos, de los cuales la federación ha dispuesto 423 mil mdp y 283 mil mdp han sido desembolsos de los presupuestos estatales que, al final, son fondos de los ingresos federales.

Ni con eso se replantea el federalismo y la fantasmagórica soberanía de las entidades. Visto con frialdad, la trayectoria de la Secretaría de Cultura tiene un alcance insuficiente en el suministro de dineros a la vida cultural de la nación. Si llevamos la lectura a otro apartado de la Cuenta Satélite, el de la estructura porcentual del PIB por bienes y servicios, la cifra, aunque diferente en su sustrato conceptual es colindante con fines ilustrativos. Al tomar la muestra de 2016 al 2024 (dado que el 2025 lo sabremos a finales de noviembre de este año) el Inegi suma en uno de los componentes lo aportado por el gobierno y la organización civil fijándolo en 408 mil millones de pesos.

Al ir al detalle de esta serie, podremos advertir una constante de dicho segmento: el bajo crecimiento tanto en miles de millones de pesos como porcentualmente, con relación a la producción en los hogares y con la diferencia abismal como comprensible, con lo que se mueve en el mercado, el mandante de la economía cultural. Al sumar las tres partes obtenemos el célebre PIB nacional, cuyo mejor año fue 2016, con 3.4%; en 2017 y 2018 cerró en 3.3%, para 2019 se ubicó 3.1%, para situarse en 2.7% en los años 2020, 2021 y 2023, y en 2.8% en 2022 y 2024. Es decir, una serie de desplazamientos que reflejan poca fuerza de la productividad.

En esa perspectiva del PIB entre 2016 y 2024 el gobierno y la organización civil vio un incremento de poco más de 14 mil mdp, al pasar de 40 mil 349 a 53 865 mdp. El planteamiento es básico: ¿qué papel jugó la Secretaría de Cultura en el crecimiento del sector cultural? Para ciertos actores ha sido determinante; para otros es una competencia que la Secretaría de Economía no ha asumido. Lo cierto es que la falta de corresponsabilidad se heredó del Conaculta y siguen tan campantes.

En el décimo aniversario del ramo 48 del Presupuesto de Egresos de la Federación, el otro tema sensible es el empleo. En la estadística sectorial son Puestos de Trabajo Ocupados (PTO). En 2016 se contaron 1 583 589. La tasa más alta de ocupación se dio en 2018 con 1 618 747. La pandemia con sus múltiples daños aunada a los ajustes presupuestales del gobierno, afectaron severamente la oferta laboral en el primer sexenio completo de la Secretaría de Cultura: en 2024 se contabilizaron 1 430 528, es decir, no hemos recuperado 188 219 puestos de trabajo.

Los números son resbaladizos incluso para la Cuenta Satélite de la Cultura. Al cierre de la gestión de María Cristina García Cepeda al frente de la SC, tras consultar a las autoridades de entonces (y consignada la desagregación en mi libro Vislumbres del sector cultural aparecido en febrero de 2024) se estimaron entre trabajadores de base, de confianza, por contrato (en sus variantes) y eventuales (por ejemplo, los profesores por asignatura) 14 mil personas. Es de revuelo por donde se le vea aun sin estudios a mano: las oportunidades de trabajo con la SC son bajas para la demanda y el mercado, es decir las empresas, no tienen capacidad de absorberla.

En el paneo amarrado a la primera década de la SC, encontramos lo que arroja el Módulo sobre eventos culturales seleccionados (MODECULT) que se obtiene por encuesta. El registro inició con la SC, en 2016. Las actualizaciones son publicadas en julio de cada año. Si sumamos al 2025 nos arroja 503 millones de personas mayores de 18 años que han asistido al menos una vez al año a un evento cultural. 50.3 millones habitantes por año. ¿Cuánto más deberá crecer la cobertura de la CSC para darnos la certeza que la SC no ha podido dar?

Para finalizar, hay que reconocer que el Programa Sectorial de Cultura de esta administración (el segundo en la historia de la SC) por primera vez incluye cuatro indicadores que se han “atado” a la Cuenta Satélite de la Cultura, a la ENOE y al Conapo. Con los años veremos si se logra sentar el precedente que abra el aprovechamiento del enorme acervo estadístico que tenemos para alentar el desarrollo cultural que deseamos.