Pocas épocas han sido tan luminosas en la historia moderna como el Renacimiento. Lo fue, desde luego, por el extraordinario florecimiento de las artes en Europa y, de manera particular, en Florencia e Italia por la aparición de obras que se convirtieron en modelos de belleza y perfección para su tiempo y que, siglos después, continúan interpelándonos. Pero el Renacimiento fue mucho más que una revolución artística: significó una nueva manera de mirar al mundo y, sobre todo, al ser humano.
La política, el pensamiento y las relaciones humanas se transformaron a partir de esa nueva concepción. El hombre pasó a ocupar el centro de la creación y de la reflexión. Bastaría con pronunciar dos nombres —Miguel Ángel y Maquiavelo— para comprender la dimensión de aquella época gloriosa.
Todavía hoy, recorrer Florencia y detenerse ante sus plazas, sus palacios, sus templos y algunas de las obras de arte más significativas de la historia produce una sensación difícil de describir. Estar ahí, como estar frente a las ruinas de la antigua Grecia en particular en Atenas, es acercarse a los arquetipos, a esos modelos ideales que buena parte de la humanidad ha perseguido a lo largo de los siglos.

Aquel tiempo fue también el de los viajes y las grandes aventuras. Hombres impulsados por la curiosidad, la necesidad, la fe o la ambición se hicieron a la mar rumbo a territorios desconocidos. Cristóbal Colón condujo a sus hombres por océanos apenas imaginados, sin ninguno de los medios de comunicación que hoy nos parecen indispensables.
Los viajes hacia Oriente de Marco Polo y, más tarde, los intercambios con las tierras “descubiertas” por Colón pueden verse como antecedentes remotos de lo que hoy llamamos globalización. El comercio abrió rutas, puso en contacto mundos distintos y lanzó a miles de hombres a buscar riqueza, oportunidades y nuevos horizontes. Algunos huían de la desesperanza y de la falta de futuro en Europa; otros, amparados en su fe, pretendían extender el cristianismo y con él una determinada visión del mundo.
Ese impulso de búsqueda, esa curiosidad frente a lo desconocido, constituye quizá uno de los rasgos esenciales del Renacimiento.
Imaginemos por un momento a Cristóbal Colón y a sus “aventureros” partiendo del puerto de Palos, en España, rumbo a un lugar que nadie conocía y cuyo destino podía parecer, literalmente, el fin del mundo. Se ha insistido en que parte de las tripulaciones de La Niña, La Pinta y La Santa María estaba formada por hombres con antecedentes delictivos a quienes se había concedido la libertad. Nada de ello disminuye el espíritu de aventura que los animaba. Jacques Lafaye lo ha documentado, entre otros, en Los conquistadores, publicado en español por Siglo XXI.
Si a ese espíritu de aventura sumamos el genio, el conocimiento y el talento de los hombres de Florencia, nos acercamos a una definición posible del hombre renacentista: alguien capaz de reunir los saberes y experiencias acumulados por la humanidad con la audacia necesaria para internarse en territorios todavía inexplorados.
A ese linaje intelectual y vital pertenecen, de alguna manera, los dos protagonistas de las conversaciones reunidas en el libro que hoy presentamos.
Son dos hombres del siglo XX, nacidos en momentos distintos de un siglo extraordinario y terrible, marcado por guerras, revoluciones, descubrimientos y profundas transformaciones. Un siglo que conoció los horrores de dos guerras mundiales y que, en 1945, contempló el estallido de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, revelando hasta dónde podía llegar la capacidad autodestructiva de la humanidad.
El primero, Teodoro González de León, nacido en 1926, perteneció a una generación marcada por la Segunda Guerra Mundial. El segundo, Felipe Leal, nacido en 1956, en los primeros años de la posguerra. Entre ambos existe una diferencia casi generacional, pero también un territorio común: la curiosidad, el talento, la cultura y la voluntad de comprender un mundo que cambiaba a una velocidad vertiginosa.
Fue el mundo en el que muchas de las fantasías imaginadas por Julio Verne y otros escritores del siglo XIX comenzaron a convertirse en realidad. La televisión, los viajes a la Luna, la telefonía celular, internet, la inteligencia artificial, los vuelos supersónicos capaces de reducir distancias y tiempos que parecían insalvables, con lo cual es posible desayunar en Nueva York y comer en París el mismo día: innovaciones que modificaron radicalmente nuestra experiencia del tiempo, del espacio y de la vida cotidiana.
Cada una de ellas nos ha obligado a entrar en universos nuevos, cuyas consecuencias todavía no alcanzamos a comprender del todo.
Podría pensarse que treinta años de diferencia bastarían para separar radicalmente la mirada de dos hombres. No sucede así entre Teodoro González de León y Felipe Leal. Los une algo más profundo: una actitud frente al conocimiento que recuerda precisamente al espíritu renacentista.
Teodoro conservó hasta los últimos días de su vida una juventud que no dependía de la edad. Nunca fue, en el sentido más profundo de la palabra, un viejo. La vitalidad parecía formar parte de su naturaleza. Bastaba verlo caminar erguido, con paso firme, para advertir en él una energía que desmentía los años.
Pero donde esa juventud resultaba más evidente era en su vida intelectual. Teodoro conservaba la curiosidad de un hombre de veinte años. Seguía con atención los acontecimientos políticos y sociales de un mundo complejo: el fin del colonialismo tradicional, la emancipación de las mujeres, las transformaciones de la sociedad y la búsqueda, siempre inconclusa, de la paz.
Al mismo tiempo, exploraba con verdadera pasión las expresiones más exigentes del arte contemporáneo. Escuchaba la música de Xenakis, Takemitsu, Haas, Arvo Park, Mario Lavista, Julio Estrada, etc. Siendo yo director del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México me acompañó entusiasmado a un concierto de Jazz, sorprendiéndome con su conocimiento del tema; buscaba la última película de arte en cartelera como el documental de Björk o la última película de Andrei Tarkovsky; seguía las puestas en escena del Metropolitan Ópera House, la Ópera de la Bastilla, la Royal Ópera de Londres o del Palacio de Bellas Artes.
Con una memoria excepcional, recordaba fragmentos de las obras de Kundera, Mishima, Albert Camú, Jean Claude Carriére, entre muchos otros. Seguía las exposiciones de los Museos del INBA, del Centro Pompidou, del Museo de Arte Moderno de Nueva York, de la National Gallery de Londres y, por supuesto, conocía al dedillo las principales galerías de las cuatro ciudades al mismo tiempo que observaba atentamente las nuevas tendencias de la arquitectura.
Nada de ello era petulancia. En Teodoro, hablar de estos temas era simplemente una expresión natural de respeto y admiración por el arte y por las formas más refinadas de la creación humana. Su interés por lo contemporáneo no significaba desprecio por la tradición. Reconocía con la misma intensidad el valor de las culturas prehispánicas, china y egipcia y encontraba en ellas una sorprendente vigencia.
Así era, a grandes rasgos, Teodoro González de León: un hombre con quien se podía conversar casi de cualquier cosa, pero cuya amplitud de intereses, cultura y conocimiento exigían un interlocutor capaz de acompañarlo.
Todo esto al tiempo que como buen hedonista, disfrutaba de una buena comida y de un buen vino.
Ese interlocutor fue Felipe Leal.
Arquitecto de una generación posterior, exdirector de la Facultad de Arquitectura de la UNAM y hoy miembro de El Colegio Nacional, Leal compartía con Teodoro muchas inquietudes, referencias e interrogantes. Su horizonte intelectual le permite no solamente entrevistarlo, sino dialogar con él.
En Radio Universidad, Felipe Leal condujo un programa en el que conversaba con colegas y amigos acerca de su trabajo y de su vida. Algunas de aquellas conversaciones son las que quedaron reunidas en el libro que hoy nos ocupa, publicado por El Colegio Nacional.
Las charlas abarcan de diciembre de 1996 a mayo de 2013 y corresponden a cuatro momentos importantes de la vida de González de León. No son conversaciones limitadas a la arquitectura. A través de ellas aparecen también las experiencias, influencias, viajes, lecturas y circunstancias que fueron formando al hombre detrás del arquitecto.
En una de esas conversaciones, por ejemplo, Teodoro recuerda su experiencia en Nueva York durante los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Por una coincidencia extraordinaria, yo también me encontraba entonces en esa ciudad. Había llevado al Ballet Folklórico de Amalia Hernández a una función privada ante delegados de las Naciones Unidas, en los días cercanos al 15 de septiembre y en vísperas de una votación en la Asamblea de las Naciones Unidas relacionada con la elección de un nuevo miembro del Consejo de Seguridad, posición que interesaba a México.
Aprovechando que ambos estábamos en Nueva York, habíamos acordado cenar juntos. Teodoro iría acompañado de su esposa, Eugenia; yo, de Constanza Bolaños, quien era mi segunda en la Dirección General de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Mientras nos dirigíamos a su encuentro percibimos un olor extraño, difícil de identificar. Cuando finalmente encontramos a Teodoro y Eugenia, le pregunté qué pensaba que podía ser. Su respuesta fue inmediata: lo relacionó con los miles de cuerpos incinerados que habían quedado entre los restos de las torres.
Lo dijo con una serenidad que me impresionó profundamente. No había en él histeria ni dramatismo. Yo, en cambio, no pude dejar de pensar en aquello durante horas y esa noche me costó conciliar el sueño.
Como tantos visitantes de todas partes del mundo que nos encontrábamos circunstancialmente en Nueva York, estábamos inquietos ante el cierre de los vuelos y la incertidumbre sobre cómo salir de la ciudad. Teodoro permaneció tranquilo. Ya los abrirían, dijo; había que tener paciencia.
Aquel encuentro, en circunstancias tan extraordinarias, me confirmó una vez más el temple de mi amigo.
Tuve oportunidad de verlo en muchas otras situaciones que habrían provocado respuestas desmesuradas en otras personas. Pocas veces vi a Teodoro perder la calma. Si algo podía sacarlo de sus casillas eran ciertos errores cometidos durante la construcción de un edificio o algunas decisiones políticas que, a su juicio, afectaban seriamente la vida del país.
Alguna vez, durante la construcción del MUAC y en una de sus visitas, prácticamente diarias a la obra pero en esta ocasión acompañada por el ingeniero Bernardo Quintana, Teodoro mostró su desagrado por el terminado de uno de sus muros, lo hizo de una manera tan serena y sin aspavientos, que sin tener que pedirlo, hizo que el propio Bernardo Quintana, entonces director y presidente de la constructora ICA, diera instrucciones para que se derribara y se volviese a construir de acuerdo con los señalamientos realizados por Teodoro.
En las conversaciones reunidas en este libro, Teodoro reconstruye también su formación. Habla de sus años en México, en la UNAM y en la Escuela Nacional de Arquitectura, y posteriormente de su estancia en Europa y de su paso por el taller de Le Corbusier, en un continente que apenas comenzaba a levantarse de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.
Le Corbusier era entonces una de las figuras centrales de la arquitectura mundial. Sus ideas, particularmente las relacionadas con la vivienda colectiva, dejaron una huella profunda en varias generaciones de arquitectos.
Quizá pueda encontrarse allí una de las referencias que acompañaron a González de León cuando desarrolló en México proyectos de vivienda colectiva, entre ellos las Torres de Mixcoac, realizadas en colaboración con Abraham Zabludovsky. En ellas, la relación entre los edificios y los espacios verdes evita la sensación de un conglomerado cerrado y permite que cada volumen conserve su presencia dentro de un conjunto abierto.
Resulta difícil elegir una sola obra dentro de una trayectoria tan extensa. Sin embargo, una parte fundamental de la producción de Teodoro estuvo vinculada al mundo de la cultura.
Si hubo otro personaje central en la vida de Teodoro este es, sin duda, la Ciudad de México, el escenario en donde habría de desarrollar la mayor parte de su obra transformándola y creando múltiples referencias hoy vigentes.
Su conocimiento de la Ciudad de México confirmaba esta relación. Tuve el privilegio de recorrerla y caminarla junto con él, de escuchar sus múltiples reflexiones nacidas a partir de las experiencias juveniles, por él vividas y por los largos años, de entrañable vinculación con ella.
El Museo Tamayo es una referencia inevitable. En medio del Bosque de Chapultepec, el edificio se integra al terreno mediante desniveles y rampas que articulan los espacios y construyen una experiencia particular para el visitante.
Hay otro aspecto de la personalidad profesional de Teodoro que merece destacarse: su capacidad para trabajar con otros.
Desde sus años de estudiante, cuando junto con Armando Franco y Enrique Molinar propusieron un anteproyecto para el concurso de la construcción de Ciudad Universitaria, estuvo presente en su trayectoria una concepción colectiva del trabajo arquitectónico. A lo largo de su vida colaboró de manera constante con otros arquitectos, especialmente con Abraham Zabludovsky y Francisco Serrano.
En colaboración desarrolló, entre otras obras, el edificio del INFONAVIT, el Colegio de México, la Universidad Pedagógica Nacional y el Museo Tamayo, el Auditorio Nacional. Más adelante, realizaron los proyectos para las embajadas de México en Berlín y Guatemala.
Estas colaboraciones enriquecieron a quienes participaron en ellas y revelan un rasgo que a veces queda oculto detrás de las grandes personalidades: la modestia necesaria para reconocer que la arquitectura puede ser una obra colectiva, producto del diálogo y no exclusivamente de una mirada individual.
A título personal, Teodoro realizó también obras fundamentales: el edificio del Fondo de Cultura Económica, el Museo de Sitio de Tajín, la Escuela Superior de Música del Centro Nacional de las Artes y el Museo de Arte Popular, en el Centro de la Ciudad de México. Desarrolló asimismo la Sala Mexicana del Museo Británico de Londres con la colaboración del destacado museógrafo Miguel Cervantes y la remodelación de El Colegio Nacional, el lugar donde nos encontramos ahora.
Vendrían después el Centro Cultural Bella Época, el conjunto Reforma 222, el Museo Universitario Arte Contemporáneo —el MUAC— en la UNAM, la Torre Virreyes y el conjunto Manacar, entre otras obras.
La arquitectura de González de León terminó por convertirse en parte del paisaje y de la memoria de la Ciudad de México. Sus edificios son referencias urbanas, puntos de encuentro, señales reconocibles dentro de una metrópoli que cambia sin cesar.
Por eso no me parece exagerado afirmar que la Ciudad de México constituye uno de los grandes temas de la biografía profesional y personal de Teodoro y que, a su vez, Teodoro contribuyó de manera decisiva a definir el perfil de la ciudad del siglo XXI.
Algunas de sus obras son reconocidas popularmente por sus sobrenombres “el Pantalón” y “el Dorito” en la parte oriente del Bosque de Chapultepec Poniente, sin embargo, no puede entenderse únicamente desde México. Hay que recordar también su pasión por viajar. Conocía profundamente su ciudad, pero recorría con igual interés Berlín, Londres y, de manera especial, París y Nueva York, ciudades a las que regresaba una y otra vez.
Si es verdad, como afirma el dicho popular, que “los viajes ilustran”, Teodoro fue un magnífico ejemplo de ello. En sus últimos años, Japón se convirtió en una referencia esencial. Volvió varias veces en un periodo relativamente breve y la influencia de aquella cultura puede advertirse, de manera notable, en el diseño del MUAC.
Pero un gran conversador necesita siempre un gran interlocutor.
Ahí reside uno de los méritos esenciales de este libro. Felipe Leal, treinta años menor que Teodoro, consigue sostener con él un diálogo lúcido, informado y profundo. Su admiración por González de León nunca se transforma en complacencia. Respeta al maestro, conoce su obra y comparte muchas de sus referencias, pero conserva siempre la distancia necesaria para preguntar, provocar y mantener vivo el espíritu crítico.
No hay pedantería en estas conversaciones. Hay cultura, inteligencia, memoria y curiosidad. Constituyen en el fondo, un encuentro de dos generaciones.
Felipe Leal conduce a su interlocutor hacia los territorios de la memoria, la arquitectura, los viajes, el arte y la vida. Y Teodoro responde conservando intacta una cualidad que quizá explique mejor que ninguna otra su grandeza: la capacidad de sorprenderse y de sorprendernos.
La misma curiosidad que debió acompañarlo en la juventud seguía viva cerca de los noventa años.
Por eso, al terminar estas conversaciones, aparece ante nosotros algo más que uno de los grandes arquitectos mexicanos de nuestros tiempos. Aparece un hombre universal: un hombre contemporáneo con espíritu renacentista, interrogado por un discípulo que lo admira profundamente, pero cuya admiración nunca le impide pensar, preguntar y ejercer la crítica.
Y acaso sea precisamente ahí, en ese diálogo entre admiración y pensamiento, entre experiencia y curiosidad, entre dos generaciones que se reconocen y se interrogan, donde reside el verdadero gran valor de estas conversaciones.
La muerte lo sorprendió, quizás como a todos pero quedaron tantas conversaciones pendientes, tantas preguntas por hacer, tanto vino por beber juntos, que no dejo de lamentarlo día a día.
Colegio Nacional
8 de septiembre de 2026