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Tiempos de espera. Una reseña de El tiempo regalado, de Andrea Köhler

Editado por Libros del Asteroide, este ensayo explora los espacios de quietud como una experiencia cotidiana y filosófica

Andrea Köhler es escritora y periodista. Ejerce como corresponsal de cultura en Estados Unidos del periódico suizo Neue Zürcher Zeitung. Foto: Libros del Asteroide.

La vida de los hombres y mujeres suele transcurrir en el ámbito de la cotidianidad, caracterizada por el conjunto de acciones y vivencias ordinarias. Desde luego, en dicho entramado no todo es velocidad y ocupación. A los periodos de actividad se contrapone la quietud y, en este intervalo, comparece la espera como una categoría fundamental de nuestras relaciones sociales.





Valga la reflexión anterior para reseñar El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera (Libros del Asteroide, traducción de Cristina García Ohlrich, 2018), de la escritora alemana Andrea Köhler (Pyrmont, 1957), una obra admirable por su claridad y capacidad de síntesis sobre una cuestión que bien podría constituir un tratado filosófico inasequible para los lectores legos en estas materias.

El propósito de la autora es escribir un texto sobre lo gratificante de la lentitud y la espera, entendida como un intervalo en el que el tiempo se convierte en experiencia de incertidumbre, deseo e imaginación, capaz de transformar la existencia humana. Así, la espera se sitúa en el umbral, a la expectativa de la realización de lo posible.

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Las dimensiones de la espera pueden ser cotidianas, mitológicas, religiosas, filosóficas y literarias, y en todas ellas estaríamos hablando de una especie de cronotopo, o sea, de la asimilación de la vivencia temporal en las acciones y los discursos que dan sentido a nuestro ser y estar en el mundo, según el concepto de Bajtín aplicado al arte y, en especial, a la novela.

En la vida cotidiana esperamos en las filas del banco, del súper, de las oficinas gubernamentales o del transporte; esperamos también el cobro y el pago, el diagnóstico del médico, la llamada telefónica o el e-mail; esperamos a la persona que no llega a la cita y, los más inspirados, esperan el amor, el matrimonio o la formación de una familia; mientras que los viejos esperan la pensión y, sobre todo, que la enfermedad y el dolor se mantengan a prudente distancia. En síntesis, esta clase de espera marca el horizonte vital y alimenta nuevas metas.

En la mitología, Penélope es un ejemplo proverbial de espera paciente del regreso de Ulises; en cambio, Orfeo es incapaz de soportar la espera y pierde a su esposa en las profundidades del Tártaro. Algo similar le ocurre a la mujer de Lot, pues no puede vencer la tentación de mirar atrás y se convierte, como sabemos, en estatua de sal.

Pero en la esfera religiosa abundan los casos de esperas recompensadas: Sara, Rebeca, Raquel y Ana, después de años de esterilidad, son premiadas con el hijo anhelado; José, luego de años de cautiverio, se convierte en gobernador de Egipto, y a Job, tras su calvario personal, le devuelven sus bienes. Y en la filosofía, la espera puede ser expectativa de futuro, como en san Agustín y Heidegger; experiencia de la duración de lo vivido, en Bergson, o actitud activa frente al porvenir, en san Pablo y Gabriel Marcel.

Desde luego, el terreno más fértil de la espera se aprecia en la literatura: en Proust se vincula con la memoria y la experiencia subjetiva del tiempo; en Kafka (El castillo) se vuelve burocrática y opresiva, y en Esperando a Godot, de Samuel Beckett, se convierte en absurdo y en detonante de la angustia, pues parece conducir al vacío. Por último, la tragedia de Juan Pablo Castel en El túnel, de Sábato, se traduce en la historia de un hombre que es incapaz de esperar y, en el cuento ¿Qué hora es?, de Elena Garro, la espera contra toda esperanza redime al personaje.