Para el profe Antonio
Como dice el dicho: “¡Qué pedí!, ¡Qué pedita nos acomodamos!” (anoche). La resaca, o cruda como le decimos acá, es una especie de minienfermedad (con visos de epidemia) que hay que tomarse y tratar en serio. Es el resultado de un ataque al sistema por empinar el codo y encuetarse, pero también por la fatiga y las innecesarias y canijas desveladas; la factura que pagamos los tomistas tras el carrusel de tragos que nos acomodamos la víspera. Y lamentablemente, aunque el mito y la medicina “milagro” digan otra cosa, no existen maneras ni trucos para evitarla. Pero sí para sobrellavarla como se debe: con calma y una por una.
Ya se sabe, existen dos tipos: la física y la metafísica. La primera se soluciona atendiendo el malestar corporal de la mejor manera posible. Consintiendo al cuerpo con un baño caliente, buen sueño, comida (frugal) rica en azúcares y carbohidratos, algo de música, e inflando la barriga con mucha agua. En general es bueno optar por todo aquello que remita a lo acuático (nuestras células están sedientas) … O bien, si están en edad para hacerlo, pueden aliviar los tembeleques de la cruda apocalíptica con una caguama y un consomé de barbacoa caliente. “Cruda sudada, cruda pasada”. Un “Vuelve a la vida”, en su marisquería de confianza, es otra opción. El secreto está en conocer nuestro cuerpo. Los brunch, por ejemplo, son un invento magnífico para consolar a algunos crudos afligidos, temblorosos y vomitones (¡benditas Mimosas!). Ahora sí que, cada quien…

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La segunda, en cambio, hay que afrontarla con coraje, temple y determinación. En esto ayuda mucho atender primero la cruda física, complaciendo al cuerpo evaporado y dañado; no mirar el teléfono celular; mucho menos abrir las redes sociales. La culpa y la vergüenza son elementos fundamentales de la cruda metafísica. Para evitarla ayuda leer. Leer poesía, por ejemplo. Porque el coraje y la determinación nos volverá implacables; nos impedirá leer mala poesía. También ayuda la música. Yo sugiero música en la que no se depositen demasiadas expectativas, pero tampoco aquella que nos sumerja en el desprecio por uno mismo. No hay que perder de vista que estamos tratando de sanar un cuerpo enfermo. Algo de ejercicio también ayuda, siempre y cuando se eviten aquellos que involucren sol, gente o ánimo de competencia. Ya con nuestra propia lucha tenemos de sobra. El asunto aquí es que por nada del mundo se debe permitir que la cruda metafísica se apodere de nuestro espíritu.
A propósito de esto (“¿A qué hora te entró la cruda?”) recordé el magnífico y divertido libro del escritor británico Kingsley Amis, Sobrebeber, que contiene capítulos como “Guía del comprador de vinos”, “Bebiendo literatura”, “La dieta del beodo”, “Guía del tacaño” o “La resaca”. En este último apartado, Amis ofrece ciertas recomendaciones sobre cómo sobrellevar la cruda, entre las que destacan algunos desayunos de personajes como Winston Churchill, que por las mañanas se empacaba una codorniz fría y medio litro de oporto. Nada mal. El libro de Kingsley Amis es una verdadera delicia; un gozoso manual del humano ritual alcohólico que concluye con una serie de jocosos cuestionarios, divididos en niveles de dificultad, que integran preguntas como estas:
(Dos sobre el vodka:)
(Una sobre el whisky)
(Preguntas comodín:)
Anoche, al salir del Bar Mancera, acompañé a mi amigo a su hotel y luego me fui a casa andando, trastabillando, felizmente beodo, cortejado por una electrizante turba de ignorados perros de la dicha (a la manera de Onetti). Hoy, al despertar, noté que, después de todo, mi situación no era particularmente horrorosa. ¡Bendito y generoso tequila HB! Así que inicié el día con un té de jamaica, nadé una hora en la alberca del deportivo frente a mi casa y, tras un baño caliente, bebí café acompañado de un pan con miel. Dado que mi amigo se hospedó en el Hotel Principal, en la calle Bolívar (que en ese tramo antes llevó el nombre de Coliseo Nuevo y que ahora lleva el nombre del Libertador del Sur porque en su visita a nuestro país, en el verano de 1799, se hospedó en una casa ubicada en esta calle), acordé que hoy nos encontraríamos, al mediodía, en un bar que está en frente: el Salón Corona. Quiero aclarar –antes de que me juzguen, mis ínclitos lectorxs– que dicho lugar ya no es santo de mi devoción y que en esta ocasión lo elegí por razones enteramente pragmáticas: su ubicación y para curar la cruz de nuestra parroquia.
Punto aclarado. Lo que es un hecho es que el Corona –como familiarmente lo nombran sus asiduos parroquianos– fue un hito en el centro histórico de la capirucha. Fundado por el español José Iglesias Testas en agosto de 1928, pronto se convirtió en una cantina muy concurrida y en el primer sports bar de la ciudad. Era clásico –y sigue siendo– ir al Corona a mirar el futbol, o cualquier deporte, beber un tarro de cerveza de barril y empacarse un taco de chile relleno, un coctel de camarón o una torta de pulpo en su tinta. ¡No antojen! Sin embargo, por una cuestión de principios, yo dejé de ir al Corona –y mucha gente también así lo hizo– desde la injusta salida de Domingo Duque (Mingo, para los cuates), el mejor mesero de esta ciudad, lo digo sin exagerar, que atendía en El Corona. Mingo, que felizmente vive y ahora atiende en una cantina de nombre Cuatro Veinte, con su clásico mandil blanco y levantando cuatro tarros de cerveza, es originario de Huetamo, Michoacán, y, por mucho, es el mesero más famoso de esta ciudad.
Continuará…