No solo el frío de enero nos indujo a permanecer en casa un veinte de enero del 2025. Todo el hielo sobre las calles era solo una excusa para quedarnos sentados en el sofá, frente al televisor. Sabíamos los canadienses que era un momento histórico. Seguir con temor la transmisión en directo desde Washington era casi un deber nacional y personal. Tuvimos la sensación de estar juntos en todo el país al ver las imágenes del capitolio.
No tardó el tiempo en dar razón a nuestros temores. Desde el momento en que fue elegido presidente, Donald Trump comenzó a llamar a Canadá el estado 51 de la Unión Americana y a Justin Trudeau su gobernante. Nuestro entonces primer ministro y la ministra en turno de asuntos exteriores, Mélanie Joly, minimizaron el caso, pero nosotros no. Oímos que el término “Estado 51 y Trudeau su gobernador” se volvió un lema en las declaraciones del empresario cada vez que se refería a Canadá.
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Esta amenaza y su consecuente declaración de imponer 25% de aranceles a los productos canadienses como el acero, los camiones, el aluminio y los productos energéticos, creó un efecto de nacionalismo en nosotros como nunca se había sentido en el país. De este a oeste; desde la provincia de Terra Nova hasta Vancouver, boicoteamos lo más posible los productos provenientes de los Estados Unidos. Los supermercados respondieron al movimiento nacional. Se identificó con una bandera en los anaqueles los productos locales y aquellos de México. Con los lazos que crearon desde un inicio entre la presidenta de México, Claudia Sheinbaum y Justin Trudeau, los canadienses vieron a México como un aliado y un amigo. Los comerciales de televisión se unieron a la decisión popular y se impulsó en la televisión todo lo producido en el país. Los eslóganes: “Somos fuertes,” “Somos el verdadero Norte”, “Orgullosamente canadienses” y “Soy canadiense” se mencionaron de forma viral en Tik Tok, afiches, comerciales de cerveza como la Molson Canadian. Los comerciales televisivos y en todas las redes sociales, con imágenes del país, se volvieron convocación a la unión nacional y a la resistencia. Si bien fue un oportunismo comercial también se volvió una forma de combate ciudadano sobre el hielo canadiense. Somos el mercado número uno de las exportaciones de los Estados Unidos. Y el golpe surtió efecto, los sectores comerciales de las bebidas, la comida y el turismo han sido afectas a tal punto que están perdiendo millones, sobre todo en las zonas fronterizas.
En los partidos de hockey, deporte nacional, en donde los clubes canadienses hacen parte de la liga americana, NHL, el juego sobre hielo se volvió una guerra. Se abucheó el himno de las barras y las estrellas cuando los partidos se desarrollaban en nuestro suelo y se cantó con euforia el “Oh Canada, my Home and Native Land,” ondeando banderas de la hoja de arce en los estrados. Y sobre el hielo la violencia y el deseo de ganar la copa de los equipos canadienses acrecentó. Si ya de por sí en tiempos normales los jugadores de este deporte se pegan sin ninguna regla que ponga límites a los puñetazos, codazos y tirones, en el contexto actual se volvió una batalla patriótica, donde corrió sangre. Sobre todo, cuando se celebró la Copa de las Cuatro Naciones de Hockey. Un 20 de febrero del 2025, justo un mes después de la toma de posesión del magante como presidente, se jugó la final del certamen. Un clásico, como lo sería en fútbol un partido entre Brasil y Argentina. La victoria de Canadá de 3 a 2 en tiempo extra, tomó para nosotros un aspecto de victoria política e identitaria. A tal punto que Trudeau escribió en su cuenta X: “You can’t take our country, and you can’t take our game. (No puedes tomar nuestro país y no puedes tomar nuestro deporte)”
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Claro que el empresario siguió expresando sus deseos de anexión de Canadá. Su tono subió y así nuestra duda de cómo podríamos resistir al ejército más poderoso del mundo. Sin embargo, el partido de hockey sobre hielo entre ambas naciones siguió: nos enteramos por las redes sociales y los reportajes noticieros de todo el país, que en el programa Saturday Night Live, a inicios de marzo, el actor cómico canadiense Mike Myers, mostró a millones de estadounidenses por las cámaras una playera donde estaba estampada la bandera de Canadá y el eslogan: “Canada is not for Sale” (Canadá no se vende). En seguida, cruzó el brazo izquierdo sobre su pecho y levantó el codo. Lo que simboliza en el Hockey sobre hielo: “Elbows Up” (codos arriba). Expresión utilizada para pedir a los jugadores que sean fuertes y estén listos para atacar o defenderse cuando son presionados por el rival.
La frase “Codos arriba” comenzó a imprimirse en gorros, playeras, camisas, tazas de café en todo el país. Con el mismo lema, se organizaron manifestaciones contra la presión y las amenazas del republicano, en Halifax, Toronto, Vancouver y Ottawa. Se llevaron a cabo conciertos de rock y se promovió en la cultura y las artes todo lo que fuera canadiense. Cancelamos viajes a los Estados Unidos. Con ello fuimos testigos y partícipes de una movilización nacional “Codos Arriba.”
Observamos cómo, con el tiempo, la movilización fue retomada por compañías comerciales, como la tienda Canadian Tire, quien comenzó a vender sus productos con el eslogan Elbows Up y, junto con todas las tiendas de marca del país, a posicionarse como defensora de “lo nuestro”. Los políticos no se quedaron atrás. Doug Ford, primer ministro de Ontario, portaba ya desde inicios de febrero un gorro, que mostraba en todo lugar público, con el lema que retomó Mike Myers: “Canadá no se vende” y se volvió el principal abogado de los intereses económicos de Canadá en los Estados Unidos. Unió a casi todos los primeros ministros del país, a excepción de la conservadora Danielle Smith, primera ministra de Alberta, con el objetivo de tomar decisiones conjuntas en respuesta a las amenazas de Washington. Lo apodamos: “Capitán Canadá.”
Mark Carney, el entonces candidato liberal a primer ministro, para las elecciones federales de abril, retomó la frase Elbows Up en un comercial que hizo con Mike Myers. Bajo este lema, en un contexto de enorme miedo nacional a la anexión a los Estados Unidos, el banquero que salvó a la Gran Bretaña de la ruina se mostró a los ojos progresistas y de centro derecha como el único viable para defender la soberanía y valores de Canadá, como son el sistema de salud, la ecología, déficit cero o la diversidad cultural. Todo esto en oposición a su contrincante en la arena de juego: el conservador Pierre Poilievre.
Poilievre, como su partido, defiende una ideología cercana a la del Partido Republicano estadounidense: mayor énfasis en la seguridad frente al crimen que “asola” las ciudades, severas restricciones migratorias, reducción de impuestos y mayor explotación de los hidrocarburos. Su partido contó con 25% de los votos de las elecciones de abril, sobre todo en Alberta, Saskatchewan y Ontario donde los conservadores tienen un gran apoyo. Los que no tenemos la misma visión: el centro derecha y la izquierda, vimos en el candidato conservador un aliado de Donald Trump y por ende la posible pérdida de nuestra soberanía. Aún hartos de Justin Trudeau y de su partido, el voto dio el gane a Mark Carney, como gobierno minoritario.
Con el tiempo, Donald Trump aceptó que los canadienses no queremos ser parte de su país, pese a lo que él aseguraba. Cesó sus comentarios. Nuestro miedo se centró entonces en tres cosas, que, a un año del gobierno del empresario, viven en nosotros:
1. La influencia de su ideología y políticas en nuestro país.
2. El impacto de los aranceles en nuestros productos.
3. El temor sobre todo lo que el republicano y su séquito son capaces de hacer en el mundo.
A este respecto, Elvira, defensora de los derechos humanos, constata que los valores ideológicos de Donald Trump ya comienzan a reflejarse en Canadá a través de algunas de las nuevas políticas de Mark Carney. En materia migratoria, las restricciones se han endurecido y el acceso para nuevas personas se ha vuelto más difícil. Así mismo, señala que el gobierno ha abandonado una proyección política feminista en los asuntos exteriores. Un giro que se volcó a lo “pragmático y comercial”.
Raymond, director de recursos humanos en una empresa privada, expresa con inquietud que no teme una invasión militar estadounidense, pero sí una presión económica capaz de ponernos de rodillas. “Trump piensa como un empresario”, afirma.
Elsa, estudiante universitaria, teme que se impongan en Canadá valores promovidos por el Partido Republicano, como las leyes contra el derecho al aborto. Ophélie, joven en silla de ruedas que trabaja en atención al público, manifiesta su preocupación por posibles ataques a los derechos de las personas con discapacidad y de la comunidad LGBTQ+, como ya ocurre en Estados Unidos, dice.
Ocean, conductor de camiones, observa que los precios han aumentado a causa de los aranceles y que, por ello, es necesario ser más selectivos en nuestras compras y menos excesivos en el consumo. Se prioriza invertir el dinero en lo que ya tenemos.
Sobre el hielo, en Canadá hemos logrado marcarle un par de goles a Donald Trump y resistir con tesón sus embates, pero apenas ha concluido el primer periodo de un partido que se juega en cuatro años. El miedo sigue latente. Por eso nuestro gobierno se ha unido al sistema de defensa de Europa, enviará tropas a Groenlandia, solidificó sus lazos con México y firmó un tratado económico con China y otras naciones en Medio Oriente. Lo que significa que el gobierno ha decido resistir y no someterse al coloso del sur. La necesidad de mantener firme nuestra economía, la paz social, nuestros valores y la conservación de un territorio rico en recursos naturales es lo que nos jugaremos en cada minuto del juego.