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“Sentarnos es un acto cultural”: Ana Elena Mallet

Somos como nos sentamos, reflexiona en entrevista la curadora de diseño contemporáneo sobre la exposición “La historia de cómo sentarse”.

Exposición “La historia de cómo sentarse”. Foto: Jair Cruz Tenorio

Mentoría: Thelma Gómez Durán





“Sería muy lindo pensar en una exposición que te muestre la historia de cómo sentarse”. Hace 20 años, Ana Elena Mallet escuchó esa frase en boca de un amigo. Tuvieron que pasar dos décadas para que esa idea se materializara en el vestíbulo Arkheia, del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC). La exposición La historia de cómo sentarse propone mirar el diseño mexicano desde ese gesto cotidiano.

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Las piezas que conforman la exposición recorren los siglos XX y XXI, pero no lo hacen de forma lineal: son un entramado de apropiaciones, traducciones y reinvenciones, en donde la tradición y modernidad se encuentran.

Comparten el espacio asientos diseñados por la arquitecta y diseñadora cubano-mexicana Clara Porset, el estadounidense Don Shoemaker, el arquitecto mexicano Ricardo Legorreta, entre otros. Hay creaciones anónimas, como la silla de palo, que es posible encontrar en cada rincón de nuestro país. El equipal que viene de la tradición prehispánica y la Windsor, de la anglosajona. Y hasta la silla de plástico, esa que está en cada salón de clase.

Con materiales diferentes, variaciones en la altura, forma del respaldo o estructura, todos llevan en sí una visión del cuerpo. Todos proponen reunión y, dependiendo quien los ocupe, descanso.

Treinta y un piezas conforman la exposición “La historia de cómo sentarse”. Foto: Jair Cruz Tenorio

En entrevista con Corriente Alterna, Ana Elena Mallet, la curadora de la exposición, dice que no se trata de hablar de estilos o de autores. Se trata de reflexionar sobre cómo los objetos modelan la vida cotidiana y construyen identidades culturales. Para ello, Mallet ha reunido los 31 asientos que conforman esta exposición exhibida hasta el 11 de octubre. Ella es curadora de diseño contemporáneo y ha pasado años mirando el mexicano; es maestra en el Tecnológico de Monterrey y forma parte del comité de adquisiciones del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Su trabajo ha llevado el diseño de México a lugares donde antes no se hablaba de él.

En 2024, Mallet curó “Crafting Modernity. Design in Latin America, 1940-1980” para el MoMA de Nueva York. Fue la primera exposición dedicada al diseño moderno latinoamericano organizada por una institución estadounidense. Desde 2018 es curadora invitada de la colección de diseño moderno y contemporáneo mexicano del MUAC. Fue subdirectora de programación en el Museo Rufino Tamayo y curadora en jefe del Museo del Objeto. Dirigió el Corredor Cultural Roma-Condesa durante diez años. Es autora de libros fundamentales como Silla Mexicana, La Bauhaus y el México moderno y La vida en el arte. Escritos de Clara Porset. Y, ahora, trabaja en construir el primer acervo público de diseño en México.

Mallet vuelve al MUAC para preguntarse por qué nos sentamos, cómo lo hacemos y qué dice eso de nosotros. Después de recorrer la exposición, uno ya no mira las sillas de la misma manera. La banca del camión, la silla de la oficina y el butaco de la abuela tienen algo que decir. Cada una carga una historia y una visión del cuerpo y del habitar.

Para Mallet, la exposición es una invitación a mirar de otra manera los objetos que acompañan la vida diaria.

Ana Elena Mallet, curadora mexicana de diseño contemporáneo. Foto: Cortesía de Ana Elena Mallet.

—¿En qué momento se decide especializar en diseño contemporáneo?

—El diseño siempre me interesó, siempre me ha interesado la historia de los objetos. Estuve trabajando en el Museo Carrillo Gil, me ocupaba de la colección permanente del museo y mi reflexión era que no se estaba trabajando el diseño en los museos de arte. Y museos de diseño no teníamos. Quería hacer una exposición de moda con diseñadores mexicanos que hubieran estado trabajando en los noventa en México. Fue compleja porque los diseñadores de moda no tenían archivos, se tuvo que hablar con muchas personas y lidiar con gente que no creía en ese momento en el diseño mexicano. Así hicimos una exposición que se llamó “Boutique”, en el año 2000. Fue súper polémica, pero súper visitada. Ahí me di cuenta que no había una historia del diseño en México escrita. Eso me llevó a historiar diseño, a empezar a trabajar archivos, historia oral y a entender qué es lo que había pasado en el siglo XX en México, y cómo había surgido el diseño, no solamente como profesión, como camino educativo y académico, sino profesional y proyectual.

—¿Qué personas la apoyaron cuando empezó a hacer curaduría independiente?

—Mis mentores: Alfonso Morales, que era editor de Luna Córnea, la revista de fotografía. Héctor Rivero Borrell, que en ese momento era el director del Museo Franz Mayer, me dijo: “Dedícate al diseño, no hay nadie curando diseño”. Julieta Giménez Cacho me dijo lo mismo. Hoy, la verdad, es que sí se han dado cuenta que el diseño importa y que el diseño, además, atrae públicos diversos a los museos. Pero la gente no creía. Los directores de museo no creían en ello; los patrocinadores, tampoco. Fue picar piedra de manera muy paciente.

—¿En qué momento se dio cuenta que una silla, por ejemplo, podía contar una historia sobre un país?

—Desde siempre, cuando uno estudia diseño e historia el diseño, la silla es una pieza emblemática de las historias del diseño en distintos países. Hice una exposición en el Franz Mayer que se llamó “Silla mexicana”. Y a la hora de tener todo ese material en el museo, que eran más de 100 sillas, te das cuenta que una silla habla de construcción, de tensiones conceptuales pero también identitarias. Una silla dice mucho más que cómo sentarse. Es un tema al que he vuelto constantemente. Ahora retrabajando la colección y buscando hacer una relectura, encontré que las sillas nos permitirían iniciar a explorar esta idea de que existe un vocabulario mexicano en el diseño.

Pieza de Clara Porset (Matanzas, 1895‒Ciudad de México, 1981) para IRGSA (Estado de México, fechas no identificadas). Foto: Cortesía del MUAC.

—¿Qué espera que reflexionen los visitantes después de conocer la exposición?

—Que sentarnos es un acto cultural. Que sentarnos no es aleatorio. Que debemos reflexionar cómo nos sentamos, por qué nos sentamos. Cambia la edad y nos sentamos de manera distinta, cambia el material de la silla y nos sentamos de manera distinta. Cambia el diseño de la silla y nos sentamos de manera distinta. Cambia el espacio donde estamos o con quién estamos y nos sentamos de manera distinta. Que sentarse no es nada más aplastarse, como a veces decimos, sino hay toda una reflexión que se tiene que hacer en el momento de sentarse. Si vas a estar en una sobremesa y la silla no es cómoda, pues no jala la sobremesa, no dura todo el tiempo que debía de durar. Si estás trabajando en una computadora y estás en una silla incómoda, no vas a hacer el mismo trabajo con el mismo rigor.

Y también creo que sentarse es un proceso de aprendizaje. Conforme va cambiando nuestra relación con el cuerpo y nuestro cuerpo, conforme pasa el tiempo y ganamos edad, aprendemos a sentarnos de una manera distinta. Lo reflexionaba mucho preparando la exposición: yo no me siento igual después de la pandemia. Entender tu relación con el cuerpo y, conforme vas adquiriendo edad, cómo se relaciona tu cuerpo con el espacio y cómo te sientas. Eso va cambiando también.

—Los asientos también dicen bastante de las jerarquías sociales…

—Las jerarquías sociales y de poder siempre se han marcado por los asientos. La silla presidencial es una silla donde solo se sienta el presidente o la presidenta. La silla papal es una silla reservada específicamente para el pontífice. Los tronos son para la realeza. Cuando Hernán Cortés y Moctezuma se encontraron, ambos traían sillas originarias. Eso habla también de estas relaciones de poder.

Cada asiento expuesto contiene una visión del cuerpo y del habitar. Foto: Jair Cruz Tenorio.

—Usted dialoga con la tradición y lo contemporáneo, ¿cree que ese diálogo continúa hoy en el diseño moderno?

—En el diseño contemporáneo sí perdura. Hay una parte constante en que los diseñadores están tratando de revisitar tipologías, materiales, historia. Un poco para arraigarse al territorio y para tratar de delimitar un diseño que parezca mexicano o que suene mexicano. En México hay un repensamiento de los materiales orgánicos naturales. Hay mucha gente trabajando con fibras naturales, muchas de ellas ya no se utilizaban, como el ixtle, el henequén. Fibras naturales que desaparecieron cuando se integró el plástico al diseño industrial. Y creo que hay una revaloración del trabajo y los procesos con ese tipo de materiales.

—¿Qué pieza de la exposición representa más esa combinación entre tradición y diseño contemporáneo?

—El butaque es un emblema que Clara Porset pone en la mesa y que ha servido para representar la hibridez en el diseño, no solamente en territorio mexicano, sino en todo el territorio latinoamericano. Pero cada una de las sillas escogidas en la exposición representa un momento.

—¿Cuál fue el criterio más difícil para hacer la elección de qué silla quedaba fuera y qué no?

—Hubo muchos. Espacio es uno de ellos. Yo siempre quiero más espacio y mis exposiciones aquí se caracterizan por estar siempre llenas de piezas. Soy muy maximalista. Eso siempre es un problema. Había más sillas que yo quería incluir en la exposición y que en el montaje tuvimos que sacar, sacar y sacar. Pero conociendo también la colección, que yo he ayudado a conformar aquí en el MUAC, primero era generar esta idea de empezar a desentrañar un vocabulario mexicano, de dónde viene y cuáles son esas tipologías y esos referentes. Y a partir de ahí, tratar de escoger las piezas que mejor representan esta idea de desentrañar un vocabulario.

—¿Cuál fue su principal fuente para esta exposición?

—En este caso, la colección. Es una dicha poder tener una colección de diseño, porque en las primeras exposiciones que yo hacía era ir a buscar, a tocar puertas, puertas y puertas. Creo que esta exposición es una lectura completamente distinta a lo que he hecho en las exposiciones de las sillas. Esa idea de un vocabulario mexicano, a partir de un objeto, no se había dado en las relecturas anteriores que habíamos hecho.

Ana Elena Mallet inauguró la exposición el pasado 1 de agosto de 2026, en el vestíbulo Arkheia del MUAC. Foto: Jair Cruz Tenorio.

—¿Cómo es su proceso creativo cuando piensa en un proyecto de curaduría?

—Hay distintas aproximaciones. A veces es un objeto el que me lleva a plantear una exposición, a veces es una idea, una frase. “La historia de cómo sentarse” es una frase de hace 20 años de alguien que conocí. Me dijo: “Qué interesante tu profesión, nadie se dedica a eso. Sería muy lindo pensar en una exposición que te muestre la historia de cómo sentarse”. Y se me quedó en la cabeza. Este es un título precioso para una exposición que piensa en las historias de cómo sentarnos.

—¿Cómo hacer que el diseño contemporáneo llegue a la mayoría de la población?

—Mi reflexión hoy en día es que el diseño ya cambió su definición. El diseño de principios del siglo XX, en una sociedad posguerra, tenía que servir a la sociedad para reconstruir países destruidos por la guerra, y para generar estas cadenas de suministro que pudieran solventar las necesidades de una población. Para eso surgieron escuelas, como la Bauhaus y después la Ulm, para pensar en una población de clase media que estaba creciendo y había que surtir sus necesidades. Creo que postpandemia y en una sociedad postindustrial —en donde lo digital rige y hay nuevas maneras de consumir, comprar y entender nuestros espacios—, lo que tenemos que hacer es redefinir esta idea de que el diseño tiene que llegar a todo el mundo. Hoy, más que nunca, creo en esta idea de segmentación de mercados.

—Si dentro de 100 años hiciera una exposición sobre cómo nos sentábamos estos años postpandemia, ¿qué objeto cree que definiría mejor esta época?

—Creo que la silla monobloc, que es la portada del último disco de Bad Bunny. Creo que habla muchísimo de este momento. La silla monobloc, cuando nos encerraron en la pandemia, era la que tenías a la mano y ahí te sentabas, aunque era súper incómoda para dar clase, para recibir clase o para estar en Zoom. Pero fue una silla de emergencia. Una silla barata que se conseguía en cualquier lado.

La exposición propone pensar el acto de sentarse como una construcción histórica y simbólica. Foto: Jair Cruz Tenorio.
En México, sentarse nunca ha sido solamente ocupar un lugar: es una forma de entender el contexto y el propio mundo. Foto: Jair Cruz Tenorio.
Más allá de su función, cada silla, banco, petate o butaque organiza relaciones sociales, determina formas de convivencia y condiciona nuestra percepción del espacio. Foto: Jair Cruz Tenorio.

*Este trabajo fue realizado sin fines de lucro para la Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP) de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM, y publicado originalmente en la plataforma . Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización previa de la UIP.