Eric Vuillard (Lyon, 1968) es uno de esos escritores que ha querido dar la vuelta al mundo con la escritura de sus novelas. En 14 de julio partió de su país para narrar la toma de la Bastilla, en El orden del día (Premio Goncourt 2017) se fue a Alemania para contar el ascenso de Adolf Hitler, en Congo describió la invasión y explotación de ese país por parte del rey Belga Leopoldo II, en Una salida honrosa viajó a Indochina durante la muy criticada colonización francesa, y en Tristeza de la tierra a Estados Unidos para adentrarse en la figura del explorador y empresario de espectáculos Buffalo Bill. A fin de 2024 Tusquets publicó en español Conquistadores, la gesta de Francisco Pizarro en Perú. A propósito de esta novela, Eric Vuillard, uno de los más importantes novelistas históricos de Europa, visita Madrid a fin de 2025.
En el marco del prestigioso Festival Eñe de Literatura y acompañado de su intérprete y de una cantidad de papeles frente a él que escribe y reescribe mientras oye las preguntas que le hacemos, como si revisara una receta para cada respuesta, comienza esta conversación en una sala de la Casa de América de la capital española.
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Si yo le digo Historia, con mayúsculas… ¿A dónde viaja su mente?
En el fondo, una Historia en singular es la apertura de un período moderno que se inaugura en parte con la conquista, la conquista de América. Porque antes hablábamos de historias en plural, que es una manera retrospectiva de pensar, algo pocas veces escrito por los que hicieron la Historia, algo que evoca lo antiguo como modelo. La Historia moderna es sí la de los que la vivieron, como la que cuenta Bernal Díaz del Castillo. De algún modo, considero que las novelas cuentan hechos que se vivieron en singular, porque ya no son historias locales. En este momento, hablar de Historia en singular es una manera de decir que el género humano vivió conjuntamente eso.
Evidentemente todo el problema, esta unificación del género humano se da en la idea de la máxima violencia. De algún modo en ese registro de la historia en singular lo universal, lo que une al género humano es la historia de la violencia, nunca de otra cosa.
Cuando comenzó a dar esta vuelta al mundo: ¿Tenía una voluntad de “revisar la historia”, “Revisarla para entenderla”? ¿Escribe para entender?
De alguna manera, sí. Pero yo no reviso la Historia, la Historia es la que me revisa a mí. En realidad, no tenía la idea de dar “la vuelta al mundo” de la que hablas. Todo empezó como una coincidencia, por el azar. Nunca he decidido que fuera a escribir de tal o cual tema. Esto empezó entre Conquistadores y La batalla de Occidente. Llegaron a la vez. La batalla de Occidente me llegó a través de una lectura, me interesaba mucho la guerra de 1914. Es que tengo intereses múltiples y obsesiones, como cualquier persona. Y de esto, dos cosas me llamaron la atención. Hacía poco había visitado cementerios de la primera guerra mundial porque mucha gente me decía, ya verás, es muy emocionante. Es verdad que fue emocionante, pero no por el número de muertos, porque cuando voy a Pere Lachaise no me emociona tanto, aunque vea allí a muchos muertos, porque veo la tumba de Chopin, de Proust, es bonito, agradable, con sus árboles, pero no más que eso. Pero en el cementerio de los muertos en la guerra no era lo mismo. Lo que me emocionó allí es que todas las tumbas eran iguales. Me impactó y me puse a reflexionar sobre ello. Y me puse a leer sobre algo raro, los trajes militares en la segunda guerra mundial. Muchas veces, cuando leo una frase me impacta y allí encontré frases sobre los colores que distinguían a la caballería. La frase era bonita, pero tenía mal ritmo. Estaban todos los colores, era atractivo, pero no estaba bien escrito. Entre esos colores se hablaba de un color bogavante y me hizo gracia. Por otro lado, se hablaba de colores aristocráticos. Y se daba a entender que el ejército austríaco había perdido la guerra por llevar colores aristocráticos. Y cosas como que los de los altos cargos no se conseguían por hacer méritos, si no por ser hijo de. Entonces empecé a hacer relaciones entre lo que había visto en el cementerio y aquello que leía. Cosas sueltas Y terminar por pensar: hizo falta millones de muertes para verlos en las tumbas, todos del mismo color. Y eso me animó a escribir unos primeros párrafos y a continuar.
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Pensando en su trabajo sobre la conquista de América, focalizada en la historia de Pizarro en Perú y registrado en su novela Conquistadores, quería saber cuál es su mirada acerca del encuentro o el desencuentro entre España y México de estos últimos meses, (encuentro o desencuentro según quien lo mire), a propósito del papel de España en América desde 1492.
La primera cosa que me viene para decirte es algo que me ha quedado en la memoria: la crónica de conquistadores en América. Por ejemplo, una que habla de Perú, la del cronista oficial Jerez en Cajamarca, secretario de Pizarro allí. Leo: "El gobernador fue a visitar todos estos pueblos y vistos dijo que esta comarca le parecía buena para ser poblada por españoles." O sea, se trata desde el principio de llegar para ocupar. Y leo nuevamente: "y que se pelee a guerra y fuego hasta destruirlos." La cita la he leído muchas veces. Se trata de destruir los pueblos, aniquilarlos. Todos estos discursos de las enfermedades, de los choques biológicos como disparador de las muertes, no sé… No lo sé, lo que sé es que había una voluntad de aniquilarlos. Entonces, lo primero que me viene a la mente es que todo el mundo dentro de su cultura, los españoles, los franceses, los mexicanos, y cada uno se adhiere a las coordenadas culturales de su vida propia. Cuando países africanos colonizados por Francia exigen demoler estatuas de ministros franceses que pasaron por allí, a los franceses les parece raro. Me acuerdo, hace poco en EEUU, que estando yo en Mississippi, vi una estatua de un soldado que defendía la esclavitud y como francés lo veía inaceptable. Sin embargo, a los blancos les sigue pareciendo que está bien, que allí estaba la Historia y nada más.
Yo creo que los franceses no somos muy competentes para juzgar si las estatuas tienen que seguir o no. De igual modo, los españoles no deberían juzgar si las estatuas de los conquistadores españoles deben quedarse en América. Pero, el problema es que las palabras no son suficientes. La conquista no es un episodio, ni es un hecho totalmente particular, como dirían los antropólogos del siglo XIX, es un fenómeno a escala mundial. La patata, las enfermedades y tantas otras cosas dieron la vuelta al mundo. Es decir, hablamos de un fenómeno mundial, va más allá.
Y seguimos viviendo en el tiempo de la conquista de América. Las empresas francesas, españolas, estadounidenses, chinas siguen conquistando el mundo. Hoy, cuando vas a Costa de Marfil, lo primero que ves al entrar es carteles publicitarios de empresas francesas. La conquista no ha terminado. Ni en términos económicos, ni en los culturales. Cuando vemos a la televisión mexicana se parece mucho a la televisión francesa, y a la estadounidense, no son los descendientes de los que fueron conquistados los que imponen el modelo. De igual modo, en Perú no son los quechua hablantes los que dominan los medios, la prensa. Esto tiene que ver todavía con la conquista. Incluso se solapa con la diferencia de clases. En México y en otros sitios de América Latina podemos reconocer por el color de la piel quien puede ir en taxi, quien en autobús y quien solo puede caminar. En Francia tenemos gente en los suburbios que viene del antiguo imperio colonial y los suburbios sigue siendo nuestro antiguo imperio. Está claro.
En el fondo, el espíritu de la conquista está presente en cada sociedad actual. Dentro de Perú, dentro de México.
La colonización, en el sentido amplio la puedo contar con una anécdota: iba a Harlem con mi familia. Era medianoche. Al taxista negro tuve que repetirle el destino porque ese hombre me dijo que nunca había llevado a una familia blanca a Harlem por la noche.
¿Cree usted que la literatura y la novela histórica son herramientas relevantes para echar luz sobre asuntos tan complejos como el del desencuentro de nuestras civilizaciones actuales o no es más que un discurso marginal?
Creo, en todo caso, que históricamente la escritura y el libro permitieron una forma de emancipación más fuerte. A partir de la reforma, a partir del invento de la imprenta. Así el individuo pudo defender mejor la idea de libertad. Lutero representa la idea de libertad frente a Carlos V. A partir de la revolución francesa, después Balzac, los derechos de autor, el mundo ha avanzado. Algo ha avanzado desde la revolución francesa, desde aquel miedo de la aristocracia. Esto, entonces, ha sido una fuente inagotable de acceso a las libertades.
No veo forma más democrática que un libro. No veo que sea un tema místico, porque yo no veo cómo sustituir al libro como el elemento más democrático y más emancipador. Lo escrito es lo que más nos protege.
También existe hoy una disponibilidad tecnológica, lo de que hoy cada uno pueda manifestarse cada uno con su cámara también es muy relevante. La tecnología actual y su poder tiene efectos que no se pueden negar. Una escena me llamó la atención en Perú, algo que he visto en un video: un joven con aspecto europeo pero que era un peruano de Lima, del barrio de Miraflores, ve pasar a una mujer peruana de las montañas con un sombrero, gorro de lana y le dice al policía: ¡mátele, huevón! En ese momento vemos dos cosas: el video tiene un papel importante porque este video circuló mucho y mostró la actuación de esta aristocracia peruana, diría que la aristocracia que pervive en toda América latina contra la otra que representa una inmensa parte de la población.
Si los pueblos originarios de América Latina hubieran tenido la oportunidad de escribir su libro, su gran libro, ¿Qué libro crees que hubieran escrito?
No podemos ponernos en la piel de otros. Hace cinco siglos que nos ponemos en la piel de otros y nos ha ido muy mal, así que yo no quisiera usurpar ese papel. Les dejo a ellos que escriban su libro. Me estoy acordando de José María Arguedas y de Los ríos profundos. Él vivió el rechazo de su padre, vivió en las cocinas con la servidumbre y los quechua hablantes y aprendió el quechua antes que el español. Leyéndolo me dio la impresión de empezar a conocer la realidad profunda de América. Es una experiencia que no se me ha olvidado.
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