En la esquina formada por las calles Roma y Londres, en la colonia Juárez, un hombre de bronce empuña un libro y sostiene una mirada intensa frente al caos de la Ciudad de México. Es una escultura del filósofo Giordano Bruno, figura solemne que ha encontrado su lugar en el barrio. Pocos saben que esa mirada fue moldeada por las manos de José Ortiz Rivera, un artista alejado del ruido citadino.
José Ortíz Rivera vive al sur de la Ciudad de México, rodeado de una identidad que en 500 años se ha moldeado distinto al resto de la ciudad, con los volcanes Teuhtli(venerable señor) y de San Miguel como vecinos, cercano a bosques y nopaleras. Su casa, que ha hecho estudio y museo, está en Santa Ana Tlacotenco, uno de los 12 pueblos originarios de Milpa Alta.
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Cruzar el umbral de su casa es adentrarse a un laboratorio artístico de resistencia cultural, al hogar que sus padres le heredaron y que él mismo ha ido modificando con sus conocimientos en albañilería. El espacio se divide en áreas con elementos que rememoran aquellos sitios que han marcado su vida: la Antigua Academia de San Carlos, Santa Ana Tlacotenco y el campo.
José Ortiz Rivera nació en 1953. Toda su ascendencia es originaria de Milpa Alta, la segunda alcaldía de mayor extensión territorial en la Ciudad de México, la menos poblada y en donde aún sobreviven bosques y campos de cultivo. En su niñez, recuerda, el idioma que escuchaba en casa y a su alrededor no era el español. En Santa Anta Tlacotenco se hablaba náhuatl. Hoy en toda Milpa Alta, apenas más de dos mil personas son náhuatl hablantes, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
El campo fue el primer trabajo que José Ortiz tuvo. Desde niño ayudaba a su padre en el arado de la tierra, a sembrar y cosechar. Ahí aprendió lo que, dice ahora, le dio el dominio de las manos: “Yo puedo tirar un árbol y sacar lo que tengamos que sacar: leña o carbón, tejamanil o tablas. En ese mundo me di cuenta que tenía yo gran dominio para labrar una piedra”.
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Interrumpió su vida en Santa Ana Tlacotenco cuando decidió dedicarse al arte. Se fue a la ciudad, para asistir como oyente a las clases de la Academia de San Carlos, antigua sede de la hoy Facultad de Artes y Diseño, escuela por la que pasaron artistas como José María Velasco, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco o María Izquierdo.
—Su familia, ¿cómo tomó su deseo de ser artista?
—Mi tía decía: “Es que está estudiando pintura, va a pintar casas”. En ese tiempo no se sabía qué era estudiar arte aquí. Mi papá tenía esa duda: “¿Qué chingados vas a hacer?” Hasta me dijo como tres veces: "A mí se me hace que ni vas a estudiar". Era mejor trabajar el campo porque se ve directo. Es práctico, ahí el maíz se ve, pero eso de estudiar, ¿cómo se ve? Después de mí siguen 10 hermanos, ya te imaginas el gasto. Estaba bien apretada la cosa. Me pedían que ya me pusiera a trabajar.
Ortiz pasó 20 años de su vida dedicados a la pintura y la escultura, dos décadas durante las cuales se alejó de Santa Ana Tlacotenco y de su identidad. Trabajó con el muralista Héctor Cruz García (1932) y perfeccionó su técnica con el escultor Modesto Barrios Caballero, quien le ofreció trabajo y vivienda en su taller.
—¿Qué le significó dominar la técnica en el taller de Modesto Barrios?
—Entender que el arte es dominio. Todo se convierte en arte cuando tienes un gran dominio en la mano. Yo venía de usar el hacha y el pico, para mí la escultura no era algo delicado, era algo rudo. En el taller aprendí la fundición, el manejo del bronce y el acero, pero lo que realmente me hacía feliz era trabajar en escala monumental.
Cuando estaba en el taller de Modesto Barrios lo invitaron a realizar la escultura de Giordano Bruno, alguien más había dejado inconcluso el trabajo y fue él quien lo tomó e hizo desde cero. El monumento del pensador renacentista mide dos metros y medio. "El Giordano", como él lo llama, es su obra predilecta, porque está a los ojos de la ciudad.
La escultura se volvió su pasión. En el contacto con los materiales, encontraba todo lo que extrañaba del campo. Aprendió a trabajar la piedra en las canteras de Oaxaca, donde el sol golpeaba con la misma fuerza que en las nopaleras de su infancia. Allí, entre el polvo y el sonido rítmico del mazo golpeando el cincel, Ortiz comprendió que la piedra tiene su propia memoria y que el escultor solo es un traductor de esta. Esa conexión física, ese esfuerzo que requiere poner el cuerpo para doblegar la materia, era su forma de mantenerse ligado a la tierra. La piedra es un material que no miente.
Pese a esa fascinación, vio un camino más viable en la pintura, pues no le demandaba materiales tan caros como la escultura. “Quería estar entre los mejores escultores de México y creo que lo alcancé. Pero lo que no alcancé fue ni la política, ni la economía, ni las relaciones. Y cuando me di cuenta de eso ya había pasado el tiempo, pero tenía yo un gran dominio”.
Ortiz se dedicó a hacer réplicas de otras obras de arte, para obtener un ingreso extra. También participó en concursos de obras públicas en las que no resultó elegido: como una estatua en la Central de Abastos de la Ciudad de México o un monumento al candidato a la presidencia de México en 1988, Manuel Clouthier. Maquetas que conserva junto a la de Giordano Bruno, su única pieza pública.
Regresar al territorio y al náhuatl
Para Ortiz, el regreso a Milpa Alta no fue sólo un retorno geográfico al lugar de su infancia, fue también un acto de descolonización lingüística. Al retornar a Milpa Alta, el artista se dio cuenta de que su lengua madre estaba siendo desplazada por lo que él llama el "náhuatl remendado" de los académicos. Su vuelta a Santa Ana Tlacotenco marcó el inicio de una batalla por la palabra. Tomó conciencia de que había olvidado mucho de lo que ahí aprendió.
El artista plástico no ve el náhuatl como un objeto de estudio arqueológico, sino como un ente vivo de Milpa Alta. "El náhuatl de aquí es más antiguo que el Imperio Mexica; tiene una estructura gramatical perfecta", afirma.
En el año 2000, logró sentar a la mesa a 60 abuelos, hombres y mujeres hablantes de náhuatl. Entre ellos destacaba Don Roque Galicia, un pozo de sabiduría que no solo hablaba la lengua, sino que la habitaba.
Ortiz era aún niño cuando conoció a Don Roque. Recuerda que era un hombre que toda su vida trabajó como peón junto a otros náhuatl hablantes, era uno de los pilares de aquel grupo de resistencia que se sentaba a hablar: no para recordar el pasado, sino para asegurar que el futuro tuviese testimonio de la variante del náhuatl que se habla en Santa Ana Tlacotenco.
El Wewetlahtulle (“Palabra antigua”) fue como se autonombró el grupo que comenzó con reuniones entre las personas vecinas de Tlacotenco. Crearon su propia convención de escritura. Por ejemplo, en la escritura convencional del náhuatl el nombre de su colectivo se escribiría: Huehuetlatolli. Su visión fue que el Masewalkopa (nombre de la variante del náhuatl dialectal de Tlacotenco) no fuera un objeto de estudio de personas que no tenían intención de aprenderlo. Para los integrantes del Wewetlahtulle, el náhuatl no era una pieza de museo, sino un pensamiento vivo.
—Ese es el problema con la academia —dice José—. Ellos estudian una lengua muerta, una que sacaron de lo que escribieron los frailes, pero no buscan en lo oral. El grupo nació para eso: para decir que nosotros somos los dueños de nuestra palabra y que si alguien quiere aprender, tiene que venir aquí, al lodo y al monte, no quedarse en su escritorio en la ciudad.
Durante casi 15 años, Don Roque, su hijo Oswaldo Galicia y José Ortiz trabajaron en conservar la variante del náhuatl de Tlacotenco. En esa labor, la figura de Don Roque no era la de un informante, sino la de una biblioteca viviente que se consumía con el tiempo. Entendieron que el conocimiento del Wewetlahtulle corría el riesgo de quedar sepultado bajo el peso del español y el desinterés de las nuevas generaciones.
José y Oswaldo, maestro en la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción UNAM y en el Claustro de Sor Juana, se centraron en transcribir de Don Roque el náhuatl de Tlacotenco. Se sentaban con él no para preguntarle significados sueltos, sino para observar cómo su mente estructuraba la realidad a través del Masewalkopa.
—Nosotros nos acercamos a él, porque sabíamos que en su cabeza estaba la gramática que la academia no puede ver. Con Oswaldo, nos dedicamos a escuchar cómo Don Roque usaba los verbos reflexivos, cómo nombraba el color de la tierra después de la lluvia o por qué usaba una metáfora y no otra. Era como estar frente a un arquitecto que te enseña a levantar un muro piedra por piedra. Él nos enseñó que nuestra lengua tiene cimientos que no se mueven.
Tras la partida de la mayoría de los abuelos de aquel círculo, entre ellos Don Roque, Oswaldo y José continuaron con la labor de depurar la lengua frente a lo que ellos llaman el "náhuatl remendado" de los libros oficiales. Juntos analizan la gramática para que no se pierda la esencia de los verbos reflexivos y la profundidad de sus metáforas, asegurando que la escritura con "k" y "w" sea un escudo de identidad de Santa Ana Tlacotenco.
Códices modernos
En su taller en Santa Ana Tlacotenco, Ortiz explica que sus pinturas son "información depositada". Cada cuadro es una respuesta técnica a los diálogos que sostuvo con Don Roque y que aún mantiene con Oswaldo. Su pintura ha dejado atrás el costumbrismo para abrazar una simbología que él denomina "códices modernos".
A la pintura, Ortiz volvió en 2012, cuando se jubiló como profesor de secundaria. Su obra la ha expuesto en el museo de Milpa Alta y en espacios de la alcaldía Tláhuac.
—¿Por qué dice que su pintura es información?
—Porque cada color y cada forma tienen un porqué en el Masewalkopa. Si pinto el maíz (Tlaolle), le pongo garras. ¿Por qué las garras? Porque el maíz no es una planta de adorno, se aferra a la tierra para no morir frente a la mancha urbana.
Además del maíz, Tlaloc es una de las figuras centrales en la obra plástica de Ortiz. Para él, es la representación de un fenómeno que tiene personalidad y voluntad propia. Al observar las piezas que habitan su taller, es evidente que su obra no es una imitación de la naturaleza, sino una reconstrucción bajo las leyes de la resistencia cultural.
En otras piezas, Ortiz entrelaza la figura del maguey, del hombre y la mujer con el maíz volviéndolos elementos sagrados, creando una propuesta visual del mestizaje. Aquí, el rojo no es solo un pigmento, sino una vibración que, según la intención del trazo, puede comunicar la agresividad de la defensa territorial o la pasión de la creación.
Entre botes de óleo y pinceles desgastados, descansan bocetos que bien podrían ser diagramas lingüísticos. No se puede entender un cuadro de Ortiz Rivera sin el eco de las charlas del grupo Wewetlahtulle.
—¿Qué es lo que busca que la gente vea en estas pinturas?
—Que no vean un "paisajito" de Milpa Alta. Quiero que vean que detrás de este azul o de esta raíz hay un pensamiento.
Su obra plástica es, en última instancia, un acto de fe. Ortiz pinta para asegurar que, aunque los últimos hablantes de la plaza se marchen, la información de Santa Ana Tlacotenco quede blindada en la tela, esperando a que alguien con la mirada dispuesta aprenda a leer de nuevo lo que el asfalto de la ciudad ha intentado borrar.
Un sueño monumental
A sus 72 años, José Ortiz Rivera no piensa en el descanso, sino en la escala. Tras haber dedicado años al trabajo artístico en el centro de la ciudad, su mente ha vuelto a las cumbres de Milpa Alta para proyectar lo que él llama su "obra definitiva": un Emiliano Zapata monumental, de 30 metros de altura. Su sueño lo ha llevado a bocetos y moldes miniatura.
Se imagina un caudillo del sur imponente, que se mezcle con el paisaje. Hecho de acero, de pie, con sus carrilleras, fiel al ideal de la revolución mexicana, fiel al ideal que en Milpa Alta resuena como hace cien años.
—¿Por qué Zapata, qué significa para usted?
—Su lucha: defender al campesinado, al pobre, a los pobres. Él no persiguió nada, no persiguió puestos o dinero. No traicionaba los principios de los que hablaba. ¿Que la tierra es de quien la trabaja? Acá en Tlacotenco ¡Sí! Eso sí, nunca lo perdimos. Además, él venía de un lugar donde hablan náhuatl. Creo que los que hablamos náhuatl debemos estar cortados por la misma tijera. Tenemos una visión clara, una decisión clara y los buenos principios. Entonces, si voy a hacer arte, no voy a traicionar al arte. Él hizo una lucha que no va a traicionar. Así es para mí el concepto de Zapata.
—¿Siente que le falta algo por pintar?
—No. Lo que estoy haciendo ahora es lo que me tocaba.
*Este trabajo fue realizado sin fines de lucro para la Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP) de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM, y publicado originalmente en la plataforma Corriente Alterna. Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización previa de la UIP. La publicación original la puedes consultar aquí: https://corrientealterna.unam.mx/entrevista/queria-estar-entre-los-mejores-escultores-de-mexico-jose-ortiz/