En una isla muy lejana vivía un pueblo feliz: no había guerras, ni hambre, no existía la intolerancia religiosa; la propiedad privada estaba abolida y los recursos de la tierra se repartían por igual. Todos tenían el derecho de ir a la escuela y la justicia era la norma.

Este mundo lo imaginó Tomás Moro (1475–1535) a inicios del siglo XVI, y lo publicó bajo el título Utopía. El tratadista inglés no creía que esta ficción fuera posible. Tampoco previó que, además de fundar un nuevo género literario, su libro inspiraría, siglos después, numerosos experimentos utópicos y conquistas que hoy se dan por sentadas, como los derechos humanos, la jornada laboral de ocho horas o la lucha por la equidad de género.

Incluso en México las utopías han tomado forma definida, por ejemplo, los caracoles zapatistas en Chiapas.

“Los movimientos sociales contemporáneos, aunque ya no pueden reputarse como utopías materialistas que van a cambiar totalmente la faz del mundo —como lo hizo el comunismo— sí hay muchísimos elementos utópicos en los movimientos sociales”, explica en entrevista el poeta y ensayista Armando González Torres (1964), a propósito de su libro más reciente, Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías? (Ariel, 2025).

Desde hace más de tres décadas, González Torres ha ejercido con dedicación el oficio de ensayista, dialogando con sus lectores sobre tradiciones intelectuales y literarias, tanto nacionales como internacionales. Su labor ha sido reconocida de manera recurrente. En 2001 recibió el Premio Nacional de Ensayo ‘Alfonso Reyes’ por Las guerras culturales de Octavio Paz, un libro en el que examinó el ascenso intelectual y algunas de las polémicas más célebres del Nobel mexicano.

Cuatro años después trazó un perfil crítico de Gabriel Zaid y obtuvo el Premio de ensayo Jus 2005 ‘Zaid a debate’. Y pocos años después, en 2008, ganó el Premio Nacional de Ensayo ‘José Revueltas’ por La pequeña tradición, una serie de perfiles de autores mexicanos activos entre principios y mediados del siglo XX.

En 2015, en su libro ¡País de ladrones! Evelyn Waugh y México, reflexionó sobre la estancia en el país del escritor inglés y obtuvo el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario ‘Malcolm Lowry’.

Han pasado seis años de su último libro de ensayos La lectura y la sospecha. Ensayos sobre creatividad y vida intelectual (Cal y Arena, 2019), y González Torres, fiel a su vocación de examinar autores de épocas pasadas en diálogo con el presente, publica Jardines en el cielo. Se trata un retablo en el que presenta algunas de las utopías que han marcado la literatura y, además, se han ejecutado.

Según sus propias palabras, el género de la utopía es inabarcable, por ello, en este libro propone un breviario de las utopías más entrañables, seductoras y excéntricas. Pero el volumen va más allá de una enumeración de textos: el ensayista registra el papel del pensamiento utópico en las civilizaciones, desde su fundación como género, en el Renacimiento, hasta la época contemporánea.

“Lo que hago [en el libro] es dar un panorama que ilustre la riqueza y la heterogeneidad de este género, porque tendemos a simplificar lo que es la utopía. Para algunos, es un planteamiento ingenuo; para otros, es un planteamiento mesiánico, y realmente hay de todo: utopías rígidas, libertarias y algunas han tenido cierto éxito en la práctica”, dice González Torres en llamada telefónica.

El autor explica que la utopía, desde que Moro acuñó el término, “ha adquirido mutaciones asombrosas”. En el Renacimiento inició como un género literario que hibridó ficción, sátira y crítica filosófica, sociológica y económica. Con el paso tiempo, dejó de ser una pieza narrativa para convertirse en experimentos de organización social, “que se les atribuyen a los socialistas utópicos” del siglo XIX.

Más tarde, añade, “evolucionaron hasta convertirse en una suerte de ciencia infalible, o en una religión política, como es el caso de los totalitarismos. Esta extraordinaria mutación del género me pareció admirable y digna de leerla con mayor minuciosidad desde la libertad, la audacia y, quizás, la irresponsabilidad del escritor, porque no soy un científico social”, aclara.

Las utopías en claro oscuros

En la historia de las utopías, no todo ha sido terso; más bien, debido a las contradicciones inherentes del género humano, muchas de ellas, “han sido una pesadilla de miseria y opresión”. González Torres explica que las utopías han compartido tres rasgos nada virtuosos: rigidez, subordinación e intolerancia, y han estado presentes en los ensayos utópicos.

El primero se manifiesta en la obsesión por la planeación, que va desde el orden urbano hasta en la vida íntima. “En la utopía de Moro o de [Tommaso] Campanella, los acoplamientos carnales no están regidos por la atracción mutua, sino con el fin de mejorar la descendencia”, dice.

En segundo lugar, casi siempre el individuo se subordina al colectivo. El tercer elemento se refleja en la creencia “ingenua y desmesurada” de la capacidad humana de perfectibilidad, tanto física y moral. Para muestra, el nazismo.

González Torres expone que la utopía de Campanella, La ciudad del sol (1602), y el nazismo comparten la idea de que “mediante la eugenesia es posible mejorar la raza humana: crear personas más bellas, fuertes y longevas; por cierto, esta es una tendencia que tiene mucho que ver con desarrollos actuales, como el transhumanismo y la inteligencia artificial. La creencia en la perfectibilidad infinita de lo humano ignora la fragilidad, la vulnerabilidad, los defectos inherentes a la condición humana y crea el anhelo de perseguir una sociedad de perfectos que excluye a aquellos que no los son. Eso conduce a las pesadillas de intolerancia, fanatismo, represión y violencia que en muchos momentos fueron los totalitarismos”.

Armando González Torres comenta que la utopía inició como género literario y se convirtió en experimento social.
Armando González Torres comenta que la utopía inició como género literario y se convirtió en experimento social.

Sin embargo, González Torres advierte que estos rasgos no definen por completo a las utopías. Existen aquellas que buscan la libertad del individuo, como los románticos ingleses y las vanguardias artísticas de principios del siglo XX, que inspiraron a los movimientos juveniles de la década de 1960. Otras se materializaron en instituciones sólidas e internacionales, como Unión Europea, fuertemente influida en las ideas del conde de Saint-Simon, quien dijo poco antes de morir: “para hacer grandes cosas hay que ser apasionado”.

Por esta razón, el ensayista dice que muchos de los avances que ahora parecen naturales tuvieron su inspiración en la utopía, como la igualdad entre hombres y mujeres, la educación universal o la libertad religiosa.

“Todo esto hace unos siglos parecía irreal. Muchos de estos esbozos iniciaron en la utopía. Por ejemplo, la de Moro prefigura la libertad de culto. La equidad de género es un ideal que aparece en muchísimas de las primeras utopías. La noción de derechos mínimos de bienestar —cuando no de igualdad perfecta—, también proviene de la utopía.

Hace apenas dos siglos la esclavitud era una institución sólidamente establecida, y se burlaban del voto femenino. Robert Owen escandalizó a sus colegas empresarios porque, en lugar de poner a trabajar a los niños, establecía escuelas para ellos, y hacía que sus obreros tuvieran viviendas dignas”.

González Torres se refiere a la “plasticidad de la utopía” cuando habla de las luces y sombras de este género; estas contradicciones le parecen “fascinantes”. Para ejemplificar cómo fluyen y mutan las utopías, cuenta una historia:

Moro escribió su Utopía en latín y nunca la tradujo al inglés, en primer lugar, porque tenía mayores responsabilidades dentro del gobierno de Enrique VIII, rey de Inglaterra —quien más tarde mandaría a decapitarlo—. En segundo lugar, porque no se sabe si creía que fuera posible vivir en el paraíso que imaginó.

No obstante, uno de sus lectores sí creyó posible construir un mundo ideal. Por ello, dejó su natal España y viajó a América con la intención de materializarlo en el actual territorio de Michoacán. Se trató de Vasco de Quiroga, fundador de los pueblos-hospitales: espacios de convivencia, trabajo y enseñanza que, además, brindaban auxilio a los pobres, los huérfanos y los enfermos.

El ensayista explica que fue posible que Vasco de Quiroga realizara la utopía de Moro en América y no en Europa, porque los utopistas renacentistas veían la metrópoli como un territorio “corrompido”, mientras que “la noción de tierra virgen estaba presente en América, y particularmente en México”. En voz del ensayista:

“La posición geográfica que representaba México era atractiva para algunos intentos utópicos en el siglo XX. Por ejemplo, había la utopía de construir el Topolobampo, Sinaloa, un puerto ultramoderno que [sería una] base científica y tecnológica y, al mismo tiempo, un paradigma de organización social”.

Ya avanzado el siglo XX, México tuvo otro utopista: el Dr. Atl, con su proyecto Olinka. Según González Torres: “Por cuestiones de espacio no lo incluí, pero me parece un personaje fascinante; un prototipo del utopista, un omnívoro con una enorme ambición intelectual y una imaginación capaz de pensar contra la realidad. En efecto, Olinka es un proyecto intelectual y práctico al que no se le ha dado la dimensión que merece”.

Cartografía de los Jardines en el cielo

En Jardines en el cielo, González Torres propone un recorrido cronológico del pensamiento utópico para trazar una genealogía y mostrar sus mutaciones: desde los textos fundacionales de Moro, Campanella, Andreae y Bacon, hasta los ensayos comunitarios que emprendieron los socialistas utópicos en Europa y América, particularmente en la Nueva España, en el México independiente, en Estados Unidos y en Brasil, entre los siglos XVIII y XIX.

No obstante, la obra evita el optimismo ingenuo. También analiza el ascenso del nazismo y el fascismo, así como las advertencias distópicas de George Orwell o Yevgueni Zamiátin. Con esto, González Torre parece advertir que toda utopía puede derivar en opresión.

Hacia el final, el libro llega a los proyectos artísticos, feministas y autogestivos contemporáneos. Con este balance, el autor neutraliza cualquier idealización del género e invita al lector a preguntarse qué ofrecer la utopía a una sociedad recelosa y carente de sentido.

—¿Qué hacer con las utopías en el siglo XXI?

—La gran característica del pensamiento utópico es pensar fuera de los cartabones de la realidad: intentar incorporar ideales a la vida cotidiana más allá de las gratificaciones inmediatas, ya sean espirituales o económicas.

Lo que me interesa de este libro es que puede funcionar como una recomendación de lectura de un género tan estimulante como embriagador. El legado utópico debe leerse a partir de las grandes lecciones que ha dejado, pero también como un acicate de la imaginación, porque puede ser un poderoso catalizador del cambio.

La utopía tiene saldos negativos en la historia, pero también ha impulsado algunos de los gestos más nobles de la humanidad.

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