Bajo un sol amarillo y grosero, entregados a nuestra aventura, vamos andando por la calle Colombia, que en esta franja antes se llamó Puente del Cuervo. Ya hemos dejado atrás el torcido callejón Girón –ahora especializado en la venta de juguetes– que, como se lo comenté a mi amigo y acompañante, fue parte del borde natural noreste de la primitiva isla de Tenochtitlan. Estamos en las entrañas del antiguo barrio de Cotolco, en la parcialidad tenochca de Atzacoalco, muy cerca del extinto acueducto de Ahuítzotl –el quinto tlatoani mexica–, que corría más o menos por donde ahora discurre la calle Del Carmen.
Al llegar a la esquina, doblamos a la izquierda y tomamos la breve calle Rodríguez Puebla, en honor a Juan Rodríguez Puebla, el primer rector de origen indígena del Colegio de San Gregorio, actual Universidad Obrera de México.
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La isla de Tenochtitlan, capital del imperio mexica, estaba dividida en cuatro grandes calpulli o parcialidades: Moyotlan, al suroeste; Cuepopan, al noroeste; Atzacoalco, al noreste; y Teopan, al sureste. Y al centro se ubicaba el corazón de los mexicas: el recinto sagrado y ceremonial, coronado por el Templo Mayor. Como ya se ha dicho, tras la conquista, Hernán Cortés le ordenó al alarife García Bravo que proyectara la nueva ciudad, y éste respetó buena parte de la traza prehispánica.
En un primer momento, los conquistadores y sus aliados edificaron para sí una ciudad “española”, dentro de las inmediaciones del recinto sagrado, y reservaron para los indígenas los cuatro viejos barrios o calpulli circundantes, pero, eso sí, ahora rebautizados con nombres cristianos y organizados no en derredor de un teocalli sino de una parroquia: San Juan Moyotlan (en frente de la cantina La Reforma de Pugibet), Santa María Cuepopan (delante de la Plaza Garibaldi y el Tenampa, a lado de la difunta cantina La Victoria, fundada en 1912), San Pablo Teopan (en cuyos terrenos, para más señas en lo que fuera el panteón, hasta la fecha despacha la cantina La Reina de San Pablo); y San Sebastián Atzacoalco, donde ahora mismo nos encontramos.
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En este barrio, que hoy es parte de La Lagunilla, todo es comercio. Las banquetas son ocupadas como escaparates, así que mi amigo y yo caminamos por el arroyo vial, sorteando la carga de motocicletas que lo surcan a toda velocidad y en todas direcciones. A este tipo de comercio le han llamado ambulante. Pero más bien es abundante, incontenible. Se esparce cual reptante demonio por los pisos; se encarama en las paredes, los zaguanes, los postes, las puertas… Es implacable, bullicioso, todo lo fagocita y apenas deja un respiro para los incómodos viajeros. Y todavía menos para un par de asoleados, beatos y chispeantes borrachines (¡ora, nomás sin rayar los muebles!) como nosotros.
Así llegamos al cruce de Rodríguez Puebla y Bolivia (otrora Arsinas). Entre la madeja de puestos, mi amigo y yo logramos abrirnos paso para visitar, de rápido, la Parroquia de San Sebastián Atzacoalco, el corazón de este anfibio barrio (que puede traducirse como “donde se detiene el agua”) de origen patricio, que le perteneció al tlatoani Axayácatl, hermano de Ahuítzotl, padre de Moctezuma II y emperador de los mexicas entre 1468 y 1481. El templo fue fundado hacia 1523 por órdenes de fray Pedro de Gante (un noble millonetas, venido a fraile, tío del rey Carlos V y uno de los tres primeros franciscanos en arribar a estas tierras) sobre lo que fuera el Palacio Real y calmécac de Tlillan (“negrura”), una especie de convento en el que se educaban los jóvenes aristócratas mexicas.
Ahí estudió Moctezuma Xocoyotzin, el huey tlatoani de Tenochtitlan que gobernó el imperio desde 1503 hasta 1520, año de su asesinato. Siguiendo al historiador Michel Graulich, Moctezuma II nació en el barrio tenochca de Atícpan, hacia 1467, e ingresó al calmécac de Tlillan a la edad de 11 años.
Esta parroquia es impresionante, y una de las más antiguas de la capirucha. Su techumbre es plana, con un modesto artesonado del siglo XVII. Nunca recibió cúpula alguna y su interior fue devastado en el siglo XIX. De su antigua belleza sólo ha quedado un árido púlpito. También fungió como hospital, quizás siguiendo la vocación del santo de su devoción, ese soldado romano mártir que fue asaeteado a causa de su fe: San Sebastián, el desfalleciente, el paria, el venerado por Marcel Proust.
Se cuenta que en su coro cantaba Lucha Reyes, que muy niña llegó a vivir a la colonia Morelos, muy cerca de aquí, y que debajo de su altar está sepultado Fernando de Alencastre Noroña y Silva, 35° virrey de la Nueva España, duque de Linares, que fundó Linares, Nuevo León.
Salimos de la parroquia. La santa sed, infernal, apremia. Nuestro destino está a tan sólo unos pasos. Frente a nosotros, copada por enjambres de puestos, se halla la Plaza Torres Quintero (ínclito maestro colimense que tuvo su casa a un costado de la iglesia), antes Plazuela de San Sebastián, que antiguamente fue un cementerio y en cuyo centro existió un crematorio al aire libre que se empleó durante las múltiples epidemias que azotaron la ciudad en el siglo XIX. Más tarde, hacia 1910, ahí se levantó un torreón con un reloj monumental, que pronto fue vandalizado por algunos vecinos inconformes con el repiquetear de sus campanas. La bella torre, sin reloj, aún existe.
Y evoco al cronista José María Marroqui, que dejó memoria de que, en esta plaza, construida sobre la casa de Axayácatl, estuvo la “madriguera de unos ladrones llamados Los Encebados, que por los años 1836 y 37 tuvieron espantada y recelosa a la ciudad”. Se trataba de unos bandidos nocturnos que se embadurnaban el cuerpo con manteca, salían a asaltar cubiertos sólo con una manta y, si algún cristiano o policía intentaba atraparlos, se despojaban de ella para que el cuerpo desnudo y encebado se resbalaba de las manos de la justicia.
Quién lo diría: casi 200 años después de lo referido por Marroqui, lastimosamente esta plaza ahora es guarida del brazo armado de una conocida célula criminal que tiene espantada y recelosa a la ciudad. Al fondo de la plaza estuvo, hasta 1988, el popular Cine Florida, “la butaquería más grande de la ciudad”, con espacio para 7,500 almas. Aquí también se encuentra la Casa Xochiquetzal, fundada en 2006, un refugio y retiro para mujeres que se dedicaron al trabajo sexual.
Bueno, seguimos nuestro andar. La cantina El Puerto de Barcelona está en la siguiente esquina.
Continuará…