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¿Para qué sirven las humanidades?

Frente a un modelo educativo que prioriza la productividad económica, las universidades tecnológicas deberían actualizar sus programas incluyendo las humanidades para desarrollar pensamiento crítico 

Filosofía, literatura e historia forman parte de una tradición educativa que, según autores como Martha Nussbaum y David Brooks, contribuye a formar ciudadanos críticos y comprometidos con la democracia. Crédito: Imagen generada con Inteligencia artificial.
02/08/2026 |01:02Hugo Setzer |
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¿Estudiar filosofía? ¿Para qué? Morirás de hambre. Hay que estudiar ingeniería, medicina, derecho. Algo que deje… (dinero, por supuesto).





Esa es la opinión de infinidad de padres de familia al aconsejar (de manera lamentable en muchos casos presionar) a sus hijos sobre sus estudios. Sin duda las ingenierías, la medicina y el derecho son fundamentales; claro que necesitamos ingenieros, médicos y abogados. El problema es que hemos construido una sociedad en la que reina la eficiencia y el resultado económico, mientras que hemos hecho a un lado las preguntas trascendentales de la vida. Lo que no es rentable no vale la pena.

A diferencia de las ciencias naturales, que buscan explicar fenómenos físicos mediante la observación y la experimentación, las humanidades se centran en comprender el significado de la experiencia humana. No solo es importante comprender cómo funciona el mundo. La pregunta trascendental, que intentamos evadir en estos tiempos, es para qué.

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El filósofo Alain de Botton escribe lo siguiente es su obra The school of life: an emotional education:

“Experimentamos un progreso exponencial en los ámbitos material y tecnológico, combinado con un estancamiento desconcertante en el plano psicológico. Somos tan ingeniosos con nuestras máquinas y tecnologías como ingenuos en la gestión de nuestras emociones. En términos de sabiduría, apenas hemos avanzado más allá de los sumerios. Poseemos la tecnología de una civilización avanzada que se equilibra precariamente sobre una base emocional que apenas ha evolucionado desde que habitábamos en cavernas. Tenemos los apetitos y las furias destructivas de primates primitivos que han llegado a poseer ojivas termonucleares”.

En un maravilloso ensayo para The Atlantic, el periodista, ensayista y comentarista político estadounidense David Brooks escribe sobre la enseñanza de las humanidades en las universidades.

Brooks considera que las humanidades — filosofía, literatura, historia y los grandes textos de la tradición intelectual— no son un lujo cultural, sino una forma de preparar a las personas para desarrollar juicio, virtud y sentido de propósito. Esa idea conecta con una tradición que va desde John Henry Newman hasta Martha Nussbaum, quienes han defendido que la educación superior debe formar ciudadanos, no solo profesionales.

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La filósofa estadounidense Martha Nussbaum ha defendido que las humanidades son indispensables para desarrollar pensamiento crítico, empatía y ciudadanía democrática. Crédito: Colorado State University

Brooks afirma: “La vida es, en esencia, una batalla entre nuestras aspiraciones más nobles y nuestro egoísmo natural. La educación humanista prepara a las personas para esta lucha. Ciertamente, la enseñanza también tiene un propósito práctico: ayudar a los estudiantes a ganarse la vida y contribuir a la economía”.

“Sin embargo, esa formación práctica resulta más eficaz cuando se integra en el proceso más amplio de forjar un adulto plenamente realizado: una persona provista de conocimientos, buen juicio, fortaleza de carácter y un profundo conocimiento del legado espiritual de nuestra civilización. Mientras que la educación preprofesional considera a las personas únicamente como seres económicos, la educación humanista las contempla también como seres sociales y morales”.

En su libro Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades, la filósofa Martha Nussbaum, quien es reconocida como una de las pensadoras contemporáneas más influyentes en ética, filosofía política, educación y derechos humanos, nos explica que las humanidades han sido históricamente un elemento central de la educación, porque son esenciales para formar ciudadanos competentes y democráticos. Sin embargo, recientemente tratamos a la educación como si su objetivo primario fuera enseñar a los estudiantes a ser económicamente productivos, en lugar de ayudarles a desarrollar pensamiento crítico y brindarles las herramientas para convertirse en ciudadanos ilustrados, productivos y empáticos.

Este enfoque miope en habilidades rentables ha erosionado nuestra capacidad de pensamiento crítico para cuestionar a la autoridad, ha reducido nuestra solidaridad con los grupos vulnerables y marginados, y ha fracturado nuestra competencia para comprender y tratar asuntos globales complejos. La pérdida de estas capacidades pone en riesgo la salud de las democracias y la esperanza de un mundo decente.

En efecto, las humanidades ayudan a desarrollar capacidades como el pensamiento crítico, la interpretación y el análisis de textos e ideas, la comunicación oral y escrita, la comprensión de diferentes culturas y épocas, así como la reflexión sobre cuestiones éticas y sociales.

Brooks sostiene en su artículo que, pese a la mala reputación reciente de muchas universidades estadounidenses, está surgiendo un movimiento de profesores que busca recuperar la tradición humanista.

“Estos maestros no están ahí simplemente para descargar información en la mente de los estudiantes o para encaminarlos hacia aquel empleo en McKinsey. Quieren acompañar a los alumnos al abordar las grandes interrogantes: ¿Quién soy? ¿En qué podría convertirme? ¿Qué es este mundo en el que me encuentro?”.

“Si uno no se plantea estas preguntas —afirman estos docentes—, corre el riesgo de desperdiciar la vida en asuntos triviales, siguiendo el camino convencional y haciendo lo que otros esperan en lugar de aquello que es verdaderamente afín a su propia naturaleza. Si la sociedad no ofrece este tipo de educación humanística profunda, donde las personas aprenden a buscar la verdad y a cultivar su capacidad ciudadana, entonces la democracia empieza a desmoronarse”.

Y probablemente nos enfrentamos ya a este fenómeno de desmoronamiento. A nivel internacional, toda una generación de jóvenes se encuentra desencantada, decepcionada con la democracia. ¿Y cuál es la alternativa? Tristemente, las autocracias, que están al alza y consolidando su poder en todo el mundo.

De manera afortunada, esta corriente de profesores a los que se refiere Brooks está teniendo un impacto. Universidades tecnológicas tan prestigiadas como el MIT y el Tec de Monterrey, entre muchas otras, cuentan con sólidos programas transversales de humanidades en todas sus carreras.

El ITESM, una institución que se caracteriza por su rigor académico en ciencia y tecnología, se ha propuesto “Formar líderes con sentido humano, capaces de transformar e imaginar sociedades más éticas, dignas y sostenibles”.

Don Eugenio Garza Sada, prominente empresario regiomontano y fundador del ITESM, decía, al referirse al nombre oficial del Tec, que: “Las palabras ‘y de Estudios Superiores’ expresan la importancia que el instituto otorga al cultivo de las humanidades […]”.

Nussbaum sostiene que una sociedad justa no es aquella que simplemente produce riqueza, sino aquella que garantiza que todas las personas tengan las capacidades y oportunidades necesarias para desarrollar una vida plena y digna. Universidades como el MIT y el ITESM están sin duda haciendo su parte para lograrlo.