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Oliver Laxe y la vesania desértica, por Jorge Ayala Blanco

El film Sirát narra la travesía de una caravana de ravers y de un padre en busca de su hija, quienes cruzan el desierto, sorteando minas y una fatalidad sin redención

Jade Oukid interpreta a Jade, una punketa de grandes arracadas, y Tonin Janvier a Tonin, un caminante mutilado. Crédito: Especial
01/02/2026 |01:00Jorge Ayala Blanco |
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En Sirát: trance en el desierto (Sirát, España-Francia, 2025), implacable film 4 del heterodoxo parisino francogallego de 43 años Oliver Laxe (Todos vosotros sois capitanes 10, Mimosas 16, Lo que arde 19), con guion suyo y de Santiago Fillol, el tozudo cincuentón español Luis (Sergi López portentoso) al lado de su encantador hijito de 12 años Esteban (Bruno Núñez Arjona) arriban a un rave de música electrónica hasta amanecerse en un sitio extraviado del Marruecos francés, repartiendo fotos de la hermana mayor Mar que al parecer ha desaparecido entre otros fiesteros, y a consecuencia del nulo éxito de su pesquisa deciden seguir con su camper a una tribu de excéntricos fanáticos francoespañoles de los raves que, en pos de más fiesta y a bordo de dos enormes camionetas, se dirigen a través del desierto del Sahara hacia los lindes con Mauritania al sur, los inofensivos buscadores hispanos se hacen aceptar por los otros viajeros y entablan paulatinamente una entrañable amistad con ellos, auxiliándose mutuamente, pero durante su travesía se descubre que el ejército que por la fuerza había suspendido el anterior rave antes del alba en realidad ha tomado el poder mediante un golpe de Estado, enfrentándose a las milicias opositoras y provocando un inmenso conflicto internacional, lo que obliga a los reventados errabundos a modificar su trayecto asfaltado y emprender el viaje cruzando el infame desierto, que no tarda en tragarlos, debiendo comprarle bidones de gasolina a burreros abusivos y siempre buscando ocultarse de los convoyes militares las alturas y los peligrosos desfiladeros, donde el vehículo de Luis va a retroceder fuera de control hacia un abismo con el pequeño Esteban en su interior, si bien la tragedia común apenas empieza, pues los viajeros se meterán por error en un campo minado que habrá de diezmarlos uno a uno en explosiones y avances sucesivos, irá diezmándolos uno a uno, dejándolos sin transportes, hasta que un tanto por azar sólo lleguen a sobrevivir tres de las siete víctimas propiciatorias de una ineluctable vesania desértica.





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La vesania desértica se expone en un modo neoesperpento valleinclanesco, haciendo pulular como en una Corte de los Milagros personajes límite de antemano físicamente deshechos como el vejete calvo drogadicto Bigui (Richard Bellamy), el transexual esquelético Steff (Stefania Gadda), la punketa pechiplana de grandes arracadas Jade (Jade Oukid), el cojo con prótesis danzante Tonin (Tonin Janvier) y el ventrílocuo promuevedeserciones militares Josh (Joshua Liam Henderson), y todos ellos serán llevados poco a poco a extremos exasperantes, en medio de una falsa ingenuidad inicialmente derivada del predominio de la precoz mirada del niño Esteban y, a su deceso, dando lugar a elementos tan desaprensivamente desdramatizados como la azotante banalidad de una colección de últimas palabras tan poco memorables como las de un padre moralino, de la entrona Jade danzarina a zapatazos (“Haz que te pete”) o del propio chavito repitiendo en vano la orden paterna antes de irse al abismo (“Jala el freno”).

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La vesania desértica termina convirtiéndose en una cinta de megasuspenso clásico, situada entre el destino irrisorio a lo Huston (El tesoro de la Sierra Madre 48) y el conteo regresivo cardiaco donde las minas reemplazan a la nitroglicerina a lo Clouzot (El salario del miedo 53), con una fatalidad visceral que acecha a cada paso, así sea desafiando con voluntad suicida a ojos cerrados por el temerario Luis sin ya nada que perder (“Crucé sin pensarlo”), movimiento por movimiento y silencio por silencio en el camino hacia la salvadora montaña rocosa, siempre a punto de estallar, tan sorpresiva como la voladura o el degüello en el irremisible Redacted (De Palma (07), ahora con toda la fuerza tremenda de la insolación y el mísero deslumbramiento.

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La vesania desértica muy pronto deviene un subyacente homenaje a la música electrónica y bafles gigantes que la acompañan, una música “que no está hecha para escuchar sino para bailar”, una mutante música de Kanding Ray, una música que obsesivamente suena y resuena de principio a fin a modo de un haz de rayos más del sol reverberante, una música que se revela tan truenacocos como cualquier horror corporal a lo Cronenberg o Ducournau, una música que no da respiro en su socavamiento sea recia colectivista o sea suave y subrepticia, una música apenas interrumpida por tímidos trozos rockeros o un silencio despojador e imponente, una música que puede ser de suspenso o acariciante e inclemente, una música horizonte y protagónica que parece surgir del infinito extendido hasta perder la mirada abrupta, una música vuelta eco de sí misma para resultar más amarga e imponente.

La vesania desértica afina la pericia expresiva y la puntería simbólica del performático director Laxe, mejor que en su anterior film Lo que arde donde ya un pirómano exconvicto encarnaba la naturaleza boscosa gallega sujeta al ecocidio por tala depredadora e incendios, pues ahora se afirma una vasta metáfora del Fin del Mundo, desde su insólito epígrafe (“Hay un punto llamado Sirát que une infierno y paraíso; se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada”) hasta la alegoría derrotista y cósmica (esa inmisericorde presencia del polvo y del sol fulmíneo que en un instante clave sustituye por disolvencia el rostro descompuesto del héroe maltrecho, cual Vía Crucis africano estilo El capitán (Garrone 23), cebándose en el dolor, negando cualquier salvación verdadera e involucrando incluso un estallido de la Tercera Guerra Mundial a partir del golpe militar marroquí, para consumar una alegoría en despoblado, a la insalvable intemperie espiritual.

Y la vesania desértica culmina sin aliento ante las tristes efigies de los tres sobrevivientes casi a pesar suyo sobre el techo de un tren portador de inermes migrantes árabes indocumentables y confundidos invasivamente con ellos.

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