Antonio Ortuño (Zapopan, 1976) tenía 18 años cuando escribió su primera novela: El amigo muerto. Un thriller en el que List, un chavo frustrado, sin mayores planes a futuro, recibe cierta madrugada un mensaje de texto de su amigo Carlitos Villaurrutia, muerto meses antes por una bala perdida en una pelea familiar. Intrigado, aquel joven que pasa sus días trabajando en un centro comercial, decide emprender una improvisada investigación en la que involucra a otros amigos igual de incautos que él. El escenario: la periferia de Guadalajara, un entorno de precariedad y violencia, pero en el que los chavos aún pueden estar en el espacio público en la madrugada o emprender una descabellada aventura detectivesca.
Por años, Ortuño mantuvo el manuscrito de esa novela en cajones hasta que, en 2014, una editorial le propuso participar en una colección juvenil. Recuperó esa historia y la publicó con el título Black Boy, aunque bajo el pseudónimo A. del Val, pues coincidió con la salida de una de sus novelas más conocidas: La fila india. Más de 30 años después, sus editores en Planeta le propusieron recuperarla y darle el lugar que merecía. Publicada ahora con el título original, El amigo muerto (Seix Barral, 2025) es un thriller en el ya se avizoran temas que han caracterizado la obra del autor jalisciense: la violencia, la corrupción, la precariedad, la violencia, siempre salplicado de humor negro porque “parece que la huella de identidad de México es esa mezcla de lo terrible y lo hermoso”, dice en entrevista virtual días después del terror que Guadalajara, su ciudad, vivió el pasado 22 de febrero con la captura y posterior muerte de El Mencho, cabeza de uno de los cárteles más sanguinarios que ha controlado esa región del país.
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¿Cómo fue reencontrarte con ese Antonio Ortuño de 18 años?
Hay fotos que uno se toma de jovencito, que las quiere entrañablemente, pero no nos reconocemos porque llevábamos una camisa o peinado horroroso. Uno no siempre tiene la posibilidad de volver en el tiempo y cambiarse ese peinado, yo la tuve con esta novela. Me gustaba mucho su esencia y la manera en que ese chamaco veía el mundo a los 18 años, pero le faltaba experiencia literaria para que cuajara. Como ya había tenido una revisión intermedia, tampoco fue como toparse con algo que estuvo en una cápsula del tiempo 30 años. Ya tenía idea de dónde había que apretar tuercas o qué rasurar. Fue mucho trabajo para que la novela siguiera siendo ella misma, pero que funcionara en 2026.
Ya hay temas que caracterizan tu escritura, como el trasfondo violento de México; aquí hay también poderes como la Iglesia que mueven hilos ¿esto estaba desde el primer borrador?
Siempre estuvo. La novela se empezó a escribir en el verano del 94, ese año se habían levantado los zapatistas, había muerto Colosio, el año anterior habían asesinado al cardenal en Guadalajara. Vivíamos en la zozobra. La prensa independiente y combativa comenzó a investigar qué había detrás del asesinato del cardenal, las redes entre el crimen y la iglesia. Por otro lado, aunque yo estudié en escuelas públicas, mis hermanos sí estuvieron en colegios privados y siempre había rumores de cosas turbias, incluso antes de que salieran acusaciones formales por abusos.
Nos hemos acostumbrado a la hiperviolencia en México desde la famosa guerra contra el narco que nos olvidamos de que no veníamos del show de Barney, el dinosaurio. Llevábamos años, en diferentes zonas y estratos del país, viviendo bajo muchas violencias y esa visión de la novela fue algo que quería respetar. Ahí no hay todavía la visión del crimen omnipresente, los jóvenes andan por todos lados solos, incluso en la madrugada, sin que los padres estuvieran aterrorizados, como estamos ahora con las salidas nocturnas de los hijos. Era otro mundo, pero las raíces de la violencia que luego hemos vivido ya estaban ahí. Ese tema siempre fue importante y en esta novela queda bastante claro el trasfondo de la violencia y la precariedad de la vida en México, que exploro en otras de mis novelas, en El buscador de cabezas, en La fila india.
Retratas el barrio, a chavos que se desplazan sin problema de un lado a otro. ¿Cómo ha evolucionado esas formas de vida en un contexto de violencia, donde pasan cosas como lo sucedido hace unas semanas con lo del Mencho?
Es complejo porque, aunque ya había violencia, no era un escenario como el que se fue desarrollando después. En Guadalajara, en los 80, hubo una serie de casos: el secuestro de Sara Cosío por Caro Quintero, la caída de Caro Quintero, la de Félix Gallardo;un coche bomba en el Hotel Camino Real en Guadalajara. Hubo un primer cártel de Guadalajara que ya tenía mucho poder y todo esto se ha ido desarrollando en el ojo público y ha ido ocupando cada vez mayores espacios en la ciudad. En muchos sentidos la vida barrial es diferente, pero las raíces de la violencia ya estaban ahí. Yo vivía en la colonia Las Águilas, al pie del cerro del Tesoro, muy al sur de Guadalajara, era la penúltima antes del campo. Era un barrio, no bravo, pero con sus detalles, se sabía que alguien por ahí se dedicaba a negocios sucios, mataron a unos policías abajo de la ventana de mi casa.
Esta novela, aunque no esté explícitamente desarrollada en los 90, tiene un poco de ese espíritu previo a que se catapultara la hiperviolencia, una situación en la que ya no se pudiera salir a la calle. Regresar a esas raíces nos puede llevar a recalibrar lo que estamos viviendo. No acaba de iniciar, no fue en el sexenio pasado, que se llegó al culmen del número de asesinatos, venía de mucho más atrás, de complicidades del crimen organizado e instituciones.
Lo que me interesaba con esta novela era reflejar la precariedad en la que se vivía. Mis personajes son alumnos rechazados, que no entraron a la universidad, un problema muy visible en los 90. Y los malos trabajos. Todo eso la forjó, aunque no es tremendista. Nunca he tratado de hacer porno miseria. También refleja ciertos gozos de la juventud, del crecimiento, de la amistad, porque la realidad es más compleja. Uno puede vivir muy bien en su ciudad, tener amigos, un círculo familiar cercano, sentirse bien integrado y estar conviviendo con una realidad en la que hay desapariciones, ejecuciones, precariedad laboral. Parece que la huella de identidad de México es esa mezcla de lo terrible y lo hermoso.
¿Y qué sucede cuando hay episodios como cuando atraparon al Mencho y todo se paraliza?
Hace muchos años cayó Nacho Coronel y también se paralizó la ciudad, no tanto como esta ocasión, pero fue un momento muy tenso; ya había habido narcobloqueos, la muerte del Cardenal, explosiones, volaron unas calles. Es una historia de ciudad en la que hay esos picos en los que uno siente que la historia te llevó entre las llantas y no sabes qué hacer. Cuando me ha tocado desde dentro eventos como estos, lo que existe es temor y azoro. El día después de la detención y fallecimiento del Mencho, la ciudad estaba desolada, varios comercios no abrieron, todo el mundo se quedó en casa. Yo salí al mediodía a pasear a mi perrita y parecía que habíamos vuelto a los peores días de la pandemia. Hemos tenido que convivir con situaciones de violencia durante tantos años que hemos endurecido la piel y creo que parte de lo que puede hacer la literatura es que volvamos a explorar y a entender de dónde viene lo que nos asusta y por qué.
La literatura es la actividad que le devuelve al lenguaje la posibilidad de evocar, de tocar eso que está debajo de la coraza que uno se forma para sobrevivir la cotidianidad. Por eso, creo que tiene sentido tocar esos temas sórdidos en lo que uno escribe, pero tampoco tener miedo a tocar otros temas como la amistad. Para mí, El amigo muerto es una novela de la amistad en tiempos de violencia, en esa fórmula de García Márquez de amor en los tiempos del cólera; también hay amistad en los tiempos de horror y por eso sobrevivimos.
Ese día de la caída del Mencho hubo un bombardeo de información que confundía y no dejaba ver en perspectiva lo que estaba pasando. Una de las pocas crónicas en tiempo real que leí fue la tuya, en la que contabas la zozobra que se vivía. ¿Qué importancia tiene contar estas historias personales dentro de todo el ruido que se produce en situaciones así?
El periódico (El País) me invitó a escribir casi desde que comenzaron los disturbios y yo tardé un buen rato porque estaba tratando de surfear entre los mensajes oficiales, lo que trascendía en la prensa, lo que la gente informaba en las redes sociales, veía chats de vecinos, donde había historias disparadas sobre aliens, circulaban imágenes hechas con inteligencia artificial pensadas para causar zozobra, aviones ardiendo en el aeropuerto. Y no encontraba ninguna confirmación de todo eso.
Lo que hace el periodismo y lo que hace la literatura es diferente. En cosas como estas, la literatura me da herramientas, pero mi óptica era más cercana a la del periodismo, tratar de crear una voz que le mostrara a la gente lo que significa navegar en medio de esa desinformación, el sentirse abrumado y preocupado por lo que está pasando y, a la vez, fijarse en los detalles de dónde crece esa desinformación y se multiplica. Lo que mejor hace el periodismo es acompañar a la realidad en el día a día. La literatura toma perspectiva, lleva tiempo. Yo no podría estar ya escribiendo una novela sobre esto que acaba de pasar; la ciudad, yo mismo no lo he terminado de digerir. La perspectiva es preciosa para la literatura, uno puede, 32 años después, escribir con toda claridad sobre algo que sentía en los años 90 y me parece fabuloso. Yo descreo de las novelas de ocasión, de la literatura del trending topic.
Partiendo del hecho de que un capo muerto o detenido no cambia nada, ¿qué se espera esta vez?
Es cierto que hemos visto caer a muchos y surgen más, es la naturaleza del negocio. Además, es un momento complejo porque la presión desde Estados Unidos es algo que no existía. Lo que está haciendo Trump es un cambio de discurso y de actitud, ha existido la idea de la guerra contra las drogas, pero no viendo a México como rival, sino como un aliado; ahora Trump tiene una postura más agresiva con la que el Estado mexicano tiene que estar lidiando cotidianamente. Además, está la cercanía de la Copa del Mundo, que es un momento donde los reflectores están sobre México. No soy bueno profetizando, tampoco me siento experto en el tema de la guerra contra las drogas, lo que te puedo decir es que, como ciudadano, la solución se ve más lejana con esa postura agresiva de Estados Unidos. Creo que para cualquiera sería una pesadilla pensar que se involucre directamente, como lo ha estado haciendo en otros países recientemente; lo que está pasando en Irán, lo que pasó en Venezuela. Nadie sabe hasta dónde piensa llegar con su presión hacia México y con esa voluntad que expresa continuamente de involucrar directamente a las agencias estadounidenses en el combate a las drogas en territorio mexicano. Evidentemente, golpes como este con El Mencho son lo que México intenta para ir lidiando con la tempestad y demostrar continuamente a alguien, que parece nunca estar satisfecho, que sí se está haciendo algo.
¿Y ves a Guadalajara lista para recibir a los turistas para el Mundial?
No. Se hicieron obras, está más padre la carretera al aeropuerto, hicieron obras decorativas en varias partes, pero es sabido que a las sedes del Mundial lo que les quedan son deudas y complicaciones. Guadalajara funciona como la Ciudad de México y uno puede realizar su vida, pero no es que sea una sede óptima y maravillosa. Van a tener que cuadruplicar la seguridad, blindar la ciudad para los turistas y eso también significa dejar más desprotegida a la población. Todo ese movimiento por los tres o cuatro partidos que va a albergar Guadalajara, que además son de primeras rondas, me parece desproporcionado.
Me parece que es un error completo que México sea sede del Mundial. Hay gente a la que le emociona y le parece un éxito maravilloso, pero es un mal momento; esperemos que no haya tragedias.
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