Redacto esta columna en el ocaso del 2025. Sabiendo que saldrá un par de días antes del Día de Reyes, evoco con profundo agradecimiento a cuatro colosos del piano, así como a esa suerte de Reyes Magos que fueron para mí tres entrañables amigos que también partieron este año y cuya ausencia resiento: mi adorada María Teresa Castrillón, con quien tan sabroso chismeaba del medio musical, ese inmenso apasionado de la cocina que fue Don Jesús Cárdenas Ramírez, quien más que poner a Guanajuato en el mapa de la alta gastronomía mexicana al fundar Casa Mercedes me arropaba con su cariño y sabiduría en el día a día, y el gran Enrique Bátiz, cómplice, padre y maestro imprescindible de quien hoy vuelvo a hablarles.
No terminaba de arrancar el 2025 cuando, el 10 de febrero, murió en Florencia, a los 93 años, “la Horowitz napolitana”: Maria Tipo. Cualquier ficha que se consulte sobre ella destaca sus interpretaciones de Domenico Scarlatti y Muzio Clementi, a quienes “desempolvó” con grabaciones referenciales. Discípula de Ersilia Cavallo –una de las más destacadas pupilas de Busoni-, Casella y Agosti, Tipo fue, también, una refinada mozartiana y sublime chopiniana (sus Nocturnos continúan inmarcesibles), por no hablar de las espléndidas grabaciones que hizo de Bach, transcrito por Busoni.
Al mes siguiente, México sufría una pérdida mayúscula: el 30 de marzo fallecía Enrique Bátiz a los 82 años. Reconocido como director de orquesta, fue también un excelso pianista. Inició sus estudios guiado por su madre, los continuó en la Universidad Metodista del Sur de Texas y la Academia Juilliard de Nueva York con Gyorgy Sandor, Alexander Uninsky y Adele Marcus, perfeccionándose en Varsovia con Zbignieg Drzewieckie. Además de recordarle por sus participación en los concursos Juventudes Musicales (México, 1960), Marguerite Long (Paris, 1965), Reina Elizabeth (Bruselas, 1968), Chopin (Varsovia, 1970) y Busoni (Bolzano, 1970), dos personajes de sólida e incuestionable opinión –el Maestro Luis Herrera de la Fuente y Nadia Stankovich, mi maestra- coincidían al asegurarme que el debut de Bátiz como solista de la Sinfónica Nacional con la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov fue de los conciertos más electrizantes que presenciaran en su vida. Por su parte, José Antonio Alcaraz decía que “como la Sonata de Barber que tocó Bátiz, ¡ni Van Cliburn!”.
Muchos tuvimos el privilegio de verlo dirigirse a sí mismo desde el teclado, otros más, de asistir a sus recitales. En aras de justipreciar su estatura artística, me permitiré compartirles un fragmento de la reseña que publiqué hace más de un par de décadas a un recital que ofreció en el Blanquito y titulé “Un esperado retorno al piano” (Reforma, 2003): “Un día de 1995, por casualidad, escuché la grabación de su participación en el Concurso Chopin de Varsovia; la fuerza de aquellas interpretaciones me impresionó tanto que no dejé de ‘enchinchar’ a Bátiz hasta que, harto, me invitó a su casa para escucharlo. Se sentó al piano y tocó para mí desde las dos hasta las nueve de la mañana. Lo que oí, me trastornó. A partir de ese momento, mis reticencias hacia su persona se desvanecieron para dar paso a la admiración que aún profeso al gran artista que es. Nunca antes un pianista me había conmovido hasta las lágrimas por su expresividad, ni me había impactado tanto una técnica todavía tan sólida para alguien que no dedicara al piano la disciplina que este celoso instrumento requiere, y tras mucho cuestionarle el por qué ya no tocaba en público, sin admitirlo explícitamente, me dejó entrever que –dicho en buen mexicano- ‘le sacaba’, pues ‘cualquiera podrá ser Horowitz en la sala de su casa, pero no ante la presión del público’. Para quienes iban a ver si ‘como ronca duerme’, este sábado Bátiz no los decepcionó: dio varias notas falsas y tuvo algunos pasajes muy sucios, pero con todo y ello, el artista volvió a conmoverme.”
Lee también: Tres en el tintero
El 17 de junio, uno de los máximos colosos del teclado trascendía este plano a la edad de 94 años, el legendario Alfred Brendel. Autodidacta de origen, fue posteriormente aconsejado por Edwin Fischer y Eduard Steuermann. Grabó su primer disco a los 21: el Quinto Concierto de Prokofiev, y después de que en 1936 Artur Schnabel fuera el primer pianista en tocar el ciclo completo de las Sonatas de Beethoven en el Carnegie Hall, Brendel se convirtió en 1983 en el segundo en interpretarlas en este recinto en donde se despediría del público el 20 de febrero de 2008, tras presentarse ahí en más de ochenta ocasiones. Queden para el anecdotario sus giras por México organizadas por Fernando Díez de Urdanivia, allá por los años 60 del siglo pasado, en las que se dio vuelo puebleando y de las que no salió incólume a la proverbial venganza de Moctezuma.
Su vasta discografía va de Bach a Schoenberg. Beethoveniano consumado, fue el primero en grabar su obra completa para piano (Vox, 1958-1964); sus tres integrales de las 32 Sonatas dan cuenta de su evolución y madurez. Capaz de esclarecer las formas más complejas con sobriedad y equilibrio, incursionó también en la composición, la pintura y la poesía, pero fue como ensayista que se ganó mi gratitud, aprecio y cariño por la sencillez con que dilucidaba verbalmente cuanto abordaba. En vísperas del Día de Reyes, no concibo un regalo más gozoso que volver a disfrutar los videos donde toca y explica las últimas obras de Schubert y los Años de Peregrinaje de Liszt. Si Usted aún no los conoce, dese la oportunidad.

Finalmente, el 27 de diciembre murió a los 97 años el pianista y pedagogo estadounidense Gary Graffman, quien egresó de Curtis en 1946, donde fue alumno de Isabelle Vengerova. Ese año debutó con la Orquesta de Filadelfia dirigido por Ormandy, y aunque estudió posteriormente con Rudolf Serkin y ganó el Premio Leventritt, su cercanía con Horowitz fue el punto más comentado de una larga carrera durante la cual colaboró con orquestas y directores tan prestigiados como Szell, Bernstein y Stokowsky, cuartetos como el Juilliard y el Guarneri, e incursionó en el cine de la mano de Woody Allen al grabar el soundtrack de la película Manhattan (1979) antes de regresar en 1980 a su Alma mater como docente, faceta en la incursionó tardíamente, a raíz de una lesión que le obligó a dejar de tocar con la mano derecha.
Ante la adversidad, la oportunidad: tras exhumar el Concierto para mano izquierda y orquesta que Korngold compuso para Paul Wittgenstein, Graffman ensanchó el repertorio para la mano izquierda comisionando varias obras, entre las que destacan las que le escribieron Ned Rorem, Daron Hagen y William Bolcom.
Melancolía y nostalgia aparte, anhelo que tengamos un venturoso 2006 en el que, reitero, la buena Música y las risas, nunca nos falten. Amén.
[Publicidad]
[Publicidad]

