Hace tres años buscaron a la escritora chilena Nona Fernández para escribir el guion de una serie de streaming sobre la vida de su compatriota Mauricio Hernández Norambuena, también conocido como comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, quien ha estado privado de su libertad durante 25 años. Sobre él pesan diversas condenas: secuestrar en São Paulo al publicista Washington Olivetto; el asesinato, en 1991, del senador e ideólogo de la dictadura chilena en tiempos de Augusto Pinochet, Jaime Guzmán; y el secuestro de Cristián Edwards, hijo del dueño del diario El Mercurio, en 1992.

Parte de la primera sentencia la cumplió en una cárcel brasileña, donde permaneció en aislamiento absoluto durante 17 años. Las otras condenas las cumple actualmente en Chile. Hasta el año pasado, la escritora visitó a Mauricio con regularidad: conversó con él todos los viernes entre las 10 y 14 horas. El resultado de esas visitas no fue la prometida serie porque nunca se concretó, pero sí Marciano (Random House, 2025), novela donde la autora reconstruye la vida de este revolucionario, desde sus múltiples identidades y su formación paramilitar hasta las amistades que nunca lo dejaron y la experiencia extrema del encierro.

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Mauricio Hernández Norambuena es un ex guerrillero chileno. A la der.: durante su extraditación a Chile desde Brasil en 2019. A la izq.: cuando fue detenido en Brasil en 2002. Crédito: Especial
Mauricio Hernández Norambuena es un ex guerrillero chileno. A la der.: durante su extraditación a Chile desde Brasil en 2019. A la izq.: cuando fue detenido en Brasil en 2002. Crédito: Especial

Entre los episodios imprescindibles de esta narración figura la espectacular fuga del 30 de diciembre de 1996, cuando Mauricio Hernández escapó de la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago junto con Ricardo Palma Salamanca, Pablo Muñoz Hoffman y Patricio Ortiz Montenegro: huyeron en una canasta blindada sostenida por un helicóptero.

En entrevista, la autora chilena habla de las generaciones de jóvenes que imaginaron un Chile sin dictaduras, de los pasajes históricos que fueron desgastados por la izquierda, de la memoria como un incentivo para dejar la apatía y del ensimismamiento que hoy apaga las esperanzas de construir un mundo justo.

Esa charla fue interrumpida unos minutos, por una escena inesperada. En el mismo hotel donde se hospedaba la autora apareció el escritor español Javier Cercas, quien se acercó para saludarla y expresarle admiración por su obra, en especial por La dimensión desconocida (Literatura Random House, 2016).

Cercas no escatimó elogios: “Es que no paro de recomendar tu libro, creo que es uno de los mejores libros que he leído en castellano. De verdad, no lo había leído cuando te conocí. Siempre lo digo: es uno de los mejores libros que he leído en castellano, en los últimos años, tal cual. No he parado de recomendarlo porque es un gran libro y lo digo de todo corazón. Muchas gracias. Quería decírtelo, quería que lo supieras”.

Los jóvenes siempre son soñadores, quieren cambiar la situación del país y los chicos de tu novela son capaces de todo.

En el caso de Marciano, Mauricio Hernández pertenece a una generación que se vio involucrada en el contexto dictatorial, en los cerros de Valparaíso, y que comenzó a trabajar para responder a la dictadura. El objetivo de ellos era defender a la ciudadanía de los atropellos que, por supuesto, eran feroces y que llegaba un momento en que no había cómo. Lo interesante de esas generaciones de jóvenes es que estaban dispuestas a todo, cosas que ahora nos parecen marcianas: hacer sacrificios enormes e incluso, de ser necesario, perder la vida.

Claro, tendemos a pensar que solamente a los 20 años uno puede tener esa energía, esa entrega, esa locura, esa pasión, y ojalá eso se expandiera, que no se nos olvidara tan rápido que podemos llegar a hacer esas cosas.

Ellos fueron capaces de todo porque establecieron una red de afectos que los sostuvo. Se tenían los unos a los otros y se querían mucho. Hasta el día de hoy se quieren mucho porque están vivos, y eso es importantísimo para tejer cualquier revolución o cualquier objetivo; solos no podemos, tenemos que hacerlo juntos.

Al crecer nos olvidamos de esos sueños, pero vemos a las nuevas generaciones y nos preguntamos: ¿por qué no están haciendo nada?

Creo que el gran problema que tenemos es que todo se repite, como si todos nuestros intentos no terminaran nunca de dar fruto. Con el personaje de Marciano no es solamente él, es toda una generación latinoamericana que peleó por una revolución que no terminó de ocurrir o que derivó en otra cosa. Tenemos al mismo Ortega en Nicaragua, que fue un gran revolucionario y ahora mira cómo tiene al país. Pensemos en Venezuela o en Cuba; sin duda que sí son procesos que se extremaron, se perdieron y derivaron en cosas increíbles, pero bueno, el mundo sigue y habrá que inventar algo. Si la revolución socialista no ocurrió, habrá que inventar algo para que este mundo sea más cariñoso, más justo, más bueno y mejor.

Y creo que no se lo podemos dejar todo a los jóvenes; creo que ahí todas y todos tenemos algo que hacer. Probablemente también ese sea uno de los problemas, que cuando nos volvemos adultos —y algunos se vuelven adultos muy rápido— dejamos de permearnos y de sensibilizarnos por la realidad, entonces terminamos siendo los autómatas que están el día a día produciendo. Los jóvenes pueden encender la chispa, eso siempre ha ocurrido, pero en este momento en que el mundo está tan difícil, debiéramos involucrarnos todos.

En las pláticas con Mauricio, te comentó que las revoluciones salían caras y que no son inocentes, por eso tuvieron que robar, secuestrar...

Tenían muy claro que había que instruirse, que debían conseguir medios, que iban a perder la vida, que podían salir heridos, y lo fueron aprendiendo en el contexto. Una revolución no es solamente un sueño o una utopía, es también mucho trabajo. Ellos dieron sus vidas completas para poder levantar eso.

A ratos lo observo en un plano más general y pienso no solamente en Chile, sino en los procesos revolucionarios, en cómo las juventudes dieron tanto y los líderes también se corrompieron tanto. En cómo la carne de cañón terminó sacrificada, muerta y encarcelada.

Las revoluciones son serias, cuestan plata, cuestan vidas, cuestan trabajo, cuestan relaciones, cuestan sacrificios. Es sacrificado ser revolucionario. Y es algo loco si lo pensamos en la actualidad porque nadie está dispuesto a sacrificar nada, en absoluto nada. Estamos viendo cómo de alguna manera nos vamos acercando al precipicio y nos quejamos juntas, pero somos incapaces de hacer algo y es bien tremendo observarlo.

¿Piensas que vivimos un desgaste? Por ejemplo, el último discurso de Allende, quizá hoy se ve como parte de algo que fracasó. ¿Así hay muchos otros episodios que se desdibujan?

Sí, absolutamente. En Chile, el trabajo que se hizo es un trabajo que la democracia lo ha criminalizado. Entonces, todos ellos y todas las agrupaciones que abrazaron las armas han sido criminalizadas, invisibilizadas y caricaturizadas. Creo que a nivel mundial también los vientos de la historia nos hacen observar todos estos procesos de manera muy distinta. Creo que todas y todos tenemos culpas sobre eso. Para mí siguen siendo espacios interesantes de observación histórica, pero claro, las izquierdas lo han cargado de una retórica que pesa y que ya no involucra.

Y por otro lado está un mundo reaccionario que lo único que hace es intentar olvidar o despreciar esos hechos. Entonces, claro, en la actualidad es muy difícil que los jóvenes se sientan seducidos por la idea de ser revolucionarios. Eso tiene que ver con lo que hablábamos al comienzo, y es muy triste porque, por lo menos, en mi país son una gran cantidad de jóvenes los que están eligiendo a la derecha troglodita. Hay muchos jóvenes fachos y es muy triste porque uno piensa que son las juventudes las que siempre tienen la mirada más aguda en relación a la necesidad de cambios sociales de los cuales nos veamos todos y todas beneficiados, pero al parecer ahora no.

Mi interés siempre ha estado en poder reactualizar estas historias y estos íconos para volverlos actuales. Alivianarlos un poco, sacarles ese peso, esa retórica de la izquierda que le cuesta entender a la izquierda. Yo soy muy de izquierda. Lo hago como una autocrítica también.

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Hay una parte de la novela en que Mauricio se pregunta si se pueden regalar los recuerdos y su amiga le responde que sólo hay dos opciones: o se comparten o se olvidan. ¿Eso es la literatura?

Sin duda, la posibilidad de ofrendar pensamientos, de ofrendar memoria, y que queden ahí dando vueltas, quizá para el futuro. A mí me interesa mucho la literatura como ese espacio de la ofrenda sobre ciertas reflexiones, ciertas ideas, la construcción de mundos, de personajes que quedan ofrendados al futuro, al lector y a las lectoras del presente, pero también del futuro.

Y este personaje. Mauricio, tiene mucha memoria.

Es un archivo completo y eso me cautivó de él. Como ha estado encerrado tanto tiempo, ha recurrido a muchas estrategias para mantenerse lúcido. Una ha sido la lectura, otra ha sido el ajedrez, otra ha sido el ejercicio y una cuarta ha sido recomponer la memoria. Él, en algún momento, se entendió como un archivo. Entendió que contenía una memoria porque muchos de sus compañeros estaban muertos y se dedicó a organizarla. Me contaba, sobre todo en Brasil cuando cayó preso, que se dedicó un mes a reconstituir una acción, por ejemplo.

Lleva todos los días, segundo a segundo, minuto a minuto y esa reconstrucción implica también un relato porque, obviamente, ella no es objetiva; es lo que él recuerda, lo que él quiere recordar también. Mauricio fue trazando esa memoria y la contiene perfectamente. Tú le preguntas sobre algo específico y te va a contar siempre lo mismo porque se dedicó a ordenarla y escribirla sin escribirla; la escribía en su cabeza. Archivó esa memoria ahí.

Para mí ha sido superinteresante. El pasado en el encierro siempre está mucho más vivo porque el presente, todos los días son casi iguales, son muy monótonos. No construyes recuerdos; más bien, vives tus recuerdos. Tu presente se transforma en resucitar el pasado.

La palabra como punto de salvación.

Exacto. Algo que te deja quebrar. La imaginación también. A lo mejor él no escribía la memoria, pero la estaba observando, la estaba recreando, la estaba ficcionando.

¿Hubo alguna reconstrucción de su vida que no te cuadrara?

Sobre todo, los sucesos que tienen que ver con las razones por las que él está preso. Para poder conversar con él tuve que instruirme mucho legal, judicial e históricamente, porque había lugares e información que no iba a encontrar con él. El libro está instalado en el espacio de su propio punto de vista. Todo lo que circula ahí es parte de eso. Y cuando él no me daba información, yo la empecé a completar con otras cosas, dejando muy en claro cuáles son las fuentes, quién lo dice, quién no lo dice, de dónde lo saco. Es un libro que también se completa con mi propio punto de vista de la historia. El libro se construye a partir de encuentros, donde M y N conversan. M es Mauricio y N soy yo; en algún momento pensé que sólo sería M contando distintos hechos de su vida, de su encierro, de su ayer, de su mañana, de todo, pero me di cuenta que si escribía Mauricio tenía que estar su punto de vista, no podía traicionarlo, y no siempre estábamos de acuerdo con lo que pensábamos. Él tiene puntos de vista de la historia, de sus acciones, que no son los que yo tengo. Entonces no podía traicionar en mi libro mi punto de vista. Así empieza la idea de estos diálogos donde también aporto mi mirada a sus hechos, porque me parecía importante, por ejemplo, sobre el secuestro; yo nunca logré entender por qué había que secuestrar, ellos necesitaban dinero, pero es algo que no logré comprender.

¿Pudiste hablar con la familia? ¿Qué decía de Mauricio?

Es una familia de izquierda, una familia con una vocación popular y social bastante grande. Entonces, ellos siempre entendieron el trabajo de Mauricio con todos los riesgos que implicaba. Siempre ha sido un personaje con el respaldo de su familia. Lleva más de 25 años preso y la familia está muy presente. Son sus hermanos, sobre todo sus dos hermanas menores que él, quienes han sido sus voceras, “sus ángeles”.

También es una familia muy clan. Cuando en una familia hay un preso como Mauricio, todos padecen esto, sobre todo si es una familia aclanada. Lo cuento en el libro, uno de sus sobrinos con el que se empezó a cartear cuando cayó preso en Brasil acaba de litigar por él en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El sobrino tenía ocho años en ese entonces. Ahora tiene 25 y es su abogado.

Y del escape de la prisión que parece de película, ¿qué tanta ficción hay?

No, eso fue tal cual así. Fue un rescate que hicieron en el año 96; por supuesto, para mi generación fue una locura. Ya estábamos en democracia, ellos estaban presos y ocurrió a la vista y paciencia de todo el mundo. Se fueron y fue loquísimo. Por lo menos en el sector donde yo me muevo, fue como una acción muy aplaudida, como que todos dijimos: "Qué bien, que se vayan, pobres, que se pierdan en algún lugar". Fue algo parecido a una abducción. Llegó un helicóptero y se los llevó a los cuatro y, claro, desaparecieron durante mucho tiempo. Fue una acción que se demoró como dos años en concretarse, digo, en la planificación, y ocurrió cerca de Navidad. Realmente fue una locura.

¿Él es visto como preso político?

No tiene estatus de preso político para la justicia. Está en un módulo de alta seguridad con traficantes, con criminales y eso es una humillación muy grande. Porque él es un sujeto político, eso a mí me interesa dejarlo claro en el libro. En la justicia y en la mirada política chilena se le quita ese sustento político.

Estemos de acuerdo o en desacuerdo con sus acciones, a él siempre lo movió un lineamiento político. No hacía las cosas por llenarse los bolsillos de plata ni por una deuda, no, era una acción política.

Hoy en Chil, ¿cómo es la atención hacia los presos políticos?

Nosotros tenemos una cantidad de presos políticos que vienen del estallido social chileno (2019-2020), que están ahí esperando algún fallo o que sus causas avancen porque no avanzan. A muchos chicos que han sido del estallido social les ocasionaron lesiones oculares y hay muchos que están todavía en la cárcel, gente muy joven. Todavía quedan muchas personas como Mauricio que vienen de los años 80, hay otros, por ejemplo, muchos presos que son anarquistas de toda la época de la democracia, pero lo más feroz en este momento tiene que ver con los chicos que fueron presos por la revuelta social, de pronto gente que no tenía ningún bagaje, gente que salió a la calle a protestar, fueron baleados, fueron detenidos, ahí están todavía, se han suicidado bastante. La justicia no avanza, yo no entiendo bien por qué no avanza.

¿Hay algo que te preocupe hoy?

Mira, nosotros tenemos un gran problema en Chile; bueno, son millones de problemas, pero el problema más claro y contemporáneo son los resultados de las elecciones, una segunda vuelta donde salió un candidato de la ultra derecha, no de una derecha liberal, sino de una ultra derecha. Un candidato que no tiene ningún problema en hablar bien de Pinochet, es pinochetista, que está haciendo alianzas ya con Milei y eso es tremendo, sobre todo en un país donde además sigue circulando una constitución que fue la constitución que escribió Pinochet, un país donde el gobierno no se hace cargo de los derechos, constitucionalmente hablando, y que es un gran problema que tenemos porque todo se ha privatizado y todo lo que tiene que ver con la salud, la educación, la vivienda, etcétera, es muy precario.

Todo esto va a seguir fracasando. Vamos a tener como base mínima los derechos sociales garantizados. Se vienen tiempos complejos, oscuros, difíciles y yo, como soy estúpida y optimista, espero que nos sirva para reflexionar mejor y levantar algo.

Sobre eso pienso en el libro también, pienso en estas juventudes o en estas generaciones que lograron levantar una utopía que no ocurrió, pero que los movilizó ¿Cómo no vamos a ser capaces de levantar algo? Y ojalá que funcione; si tenemos el peso de la historia, podemos aprender de los errores pasados. Pero está difícil y no solamente en Chile; yo creo que a nivel mundial está difícil.

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