A Julieta
Luego de saldar nuestras respectivas cuentas, mi amigo y yo abandonamos el soterráneo Bar Astur. Escapamos por la misma estrecha y torcida escalera que nos sepultó aquí. Fuera cae un sol canicular. Desandamos el camino: volvemos hacia el norte por la estridente calle Palma, la que hace un rato nos llevó al Astur. No he olvidado lo que antes le dije a mi guiado: “Iremos a una terraza (con servicio de bar)”. Pues para allá vamos. Deseo que mi amigo conozca la fisonomía de este inmenso Valle de Anáhuac desde las alturas. Y confío que el despejado cielo de este luminoso día nos permita divisar los confines y las lejanas lejanías de la capirucha.

Palma es una antiquísima calle, contigua al Zócalo, flanqueada por eminentes y portentosos edificios. Enfilamos por ella, entre riadas de turistas, clientes, comerciantes…. Esta breve calle debe su nombre a “una palma muy crecida” que reinaba el patio de una casa perteneciente a Juan de Sala –aduce una placa empotrada en una fachada de esta rúa– y ahora corre de Venustiano Carranza a Belisario Domínguez.
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Mientras nos encaminamos hacia nuestro próximo destino –de rebuscado nombre “Terraza Catedral”–, le muestro a mi compañero de navegación los sitios en los que, años ha, estuvieron dos emblemáticas cantinas. La primera llevó el homófono nombre de La Palma, en el cruce de Palma y el callejón de la Olla (ahora una famosa pizzería): una vieja tomaduría de postín que brindó servicio durante la primera mitad del siglo XX; la segunda, estuvo en la esquina de 5 de Mayo, en la planta baja del Hotel Washington, de nombre La Puerta del Sol: cantina de prosapia, de ancha barra, con estribo y albañal, de robusta contrabarra y bermejos gabinetes, frecuentada por parroquianos bebedores de brandy y fanáticos del dominó. La Puerta del Sol cerró sus batientes de bar del Viejo Oeste hacia 2010 y ahora es una indispensable camisería.
Más adelante, en el empalme con el callejón de la Cazuela, aparece ante nosotros la cantina La Montañesa, un abrevadero (vivito y coleando) de bebedores solitarios fundado en 1946. Unos cuantos metros al norte, nos topamos con La Vasconia: una de las panaderías más antiguas de la ciudad fundada en 1870, dos años antes de la muerte del presi Juárez.
Torcemos a la derecha, sobre Tacuba (antes Tlacopan). Bajo un sol fastuoso, armados con lentes oscuros, echamos a andar hacia el oriente, sobre esta calle que es considerada la más antigua de América y la más importante de las tres calzadas que conectaban la isla de Tenochtitlan con “tierra firme”. Pues bien, llegamos a su cruce con la actual República de Brasil, que también fue una notable calzada mexica (Tepeyac). A partir de este punto Tacuba cambia de nombre a Guatemala. Nuestro destino está en el número 4 de esta adoquinada vía. Se trata de la terraza de un hotel. De un hostal –para ser más precisos–, que hace algunos años, cuando no existían aplicaciones digitales para conseguir alojamiento barato, era un punto de llegada para jóvenes mochileros de todo el mundo.
Hénos, al fin, en nuestro destino. Superamos el lobby y la garita custodiada por un trajeado guardia (al que le informamos que vamos a “la terraza”) y ascendemos por el elevador hasta el piso 5. Luego, completamos un piso más a pie. Una pesera de cristal esmerilado, grabada con el logo “Terraza Catedral”, nos recibe. Abrimos las dos puertas de vidrio y vualá: al instante, la anchurosa ciudad se nos revela en su entereza. Desde estas modestas alturas la vista resulta espectacular: la Torre Latinoamericana es, acaso, el primer blanco que llama la atención; la broncínea cúpula del Palacio de Bellas Artes parece estar al alcance de la mano; el ajado Edificio Abed; las arcilladas torres del Conjunto Juárez (del arquitecto Ricardo Legorreta); las frondosas copas de las jacarandas de la Alameda; y, más allá: los altaneros edificios que crecen a la vera de la avenida Reforma…
Nos instalamos en la barra –sin estribo y con bancos–, núcleo de esta azotea cubierta de la intemperie por un domo rectilíneo y por sombrillas y persianas movibles. Pedimos nuestras bebidas (Corona y tequila HB, para no variar), y luego de ello comienzo a señalarle a mi amigo, a simple vista, algunos hitos de esta antigua laguna; de esta “cuenca rodeada de peñones en demolición” (cruza mi mente el verso de Octavio Paz).
“Primero miremos hacia el norte”, propongo. A lontananza, contemplamos la Sierra de Guadalupe, territorio otomí, nación de Ecatepec y Coacalco; el Cerro del Chiquihuite, la “antena-volcán” de esta urbe; el del Tepeyac (o Tepeyácac), donde de acuerdo con los informantes indígenas de fray Bernardino de Sahagún solía aparecerse la diosa Cihuacóatl-Tonantzin (nuestra madre); a la izquierda: las últimas torres del Conjunto Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, del arquitecto Mario Pani; el ahora Centro Cultural Universitario, alba torre de Pedro Ramírez Vázquez: y, más a la izquierda, en forma de A, el mal envejecido edificio Banobras…
El día está claro. Hay mucho cielo y pocas nubes, lo que nos permite llevar la vista, con extrema nitidez, hasta las orillas de este “Cemanáhuac”. Damos un trago a nuestro trago. Continuamos: “Más para acá –le anoto a mi amigo (seguimos mirando hacia el norte)–, sobre la vieja calzada Tepeyac, destacan las cúpulas de la iglesia de Santo Domingo, casa de la segunda orden religiosa que arribó a Nueva España; de la parroquia de Santa Catarina; y, más allá, el campanario de la parroquia de Santa Ana Atenantitech, levantada sobre un antiguo embarcadero (Yacacolco), que en 1521 fungió como cuartel general del huey tlatoani Cuauhtémoc. Desde ahí, el emperador mexica orquestó los últimos combates contra Hernán Cortés y sus huestes”.
Resulta fascinante que este templo, el de Santa Ana (en Peralvillo esquina con Matamoros), en la que el sacerdote y posterior héroe de la Independencia Mariano Matamoros celebrara su primera misa en 1796, aún conserve la traza del viejo embarcadero. “Cuauhtémoc –contesto a mi amigo– fue capturado la tarde del 13 de agosto de 1521, por el capitán García de Holguín, en el barrio de Amáxac. En ese justo lugar, se erigió la iglesia de la Concepción Tequipeuhcan”. Y entonces me esfuerzo por indicarle, desde esta azotea-bar en la que nos encontramos, la cima del retaco campanario de esa iglesia, que se alza en la calle Tenochtitlan, en el corazón de Tepito.
Continuará…