Máximo Pacheco es un muralista indígena en el olvido. Fue ayudante de Fermín Revueltas y de Diego Rivera; con ambos artistas realizó murales en las paredes de la Escuela Nacional Preparatoria, hoy Colegio de San Ildefonso, y de la Universidad Autónoma de Chapingo. Su trabajo fue fotografiado por Tina Modotti y fue maestro de Raúl Anguiano. Actualmente, la mayoría de sus murales individuales, alrededor de quince, fueron destruidos, y solo se preservan 23 obras de caballete que pintó durante la década de los 80 del siglo pasado.
Este artista mexicano de origen otomí nació en Huichapan, Hidalgo, en 1905. Fue hijo de campesinos y a los ocho años migró a la Ciudad de México descalzo y con su calzón de manta, narra Víctor García Pacheco, nieto del muralista. “Para sobrevivir se trasladó a La Merced, ahí comía cáscaras de plátano para poder alimentarse y se ofrecía para trasladar bultos y canastas de las señoras que iban a comprar, pero paralelamente se metió a estudiar la primaria básica y después la primaria complementaria; eran dos primarias en ese tiempo”, agrega.
Más tarde ingresó al Conservatorio Nacional de Música y a la Academia de San Carlos, en esta última fue donde conoció a Fermín Revueltas y a Ramón Alva de la Canal, quienes lo invitaron a colaborar en San Ildefonso.
“Él les preparaba las paredes porque ellos no sabían cómo. Ignoro de dónde aprendió. Sé que era muy delicado porque la cal te quema y los muros se preparaban con cal. Eran terribles las quemaduras que te podías provocar con el manejo de esas sustancias. Y ahí es donde conoció también a Diego Rivera, quien lo invitó a participar en los muros de la Secretaría de Educación Pública y en Chapingo. Ahí Rivera fue donde le dijo: ‘Bueno, tienes que decidirte entre los pinceles y el violín’. Y pues tuvo que decidirse por los pinceles”, cuenta Víctor García Pacheco.
Era el año de 1922 cuando José Vasconcelos dio la instrucción de pintar los muros de la Escuela Nacional Preparatoria, orden que daría inicio al movimiento muralista y en el que Máximo Pacheco comenzó su trayectoria, a sus 17 años, como ayudante de Fermín Revueltas, en la realización del mural Alegoría de la Virgen de Guadalupe. De ese momento hay una anécdota del pintor Roberto Pérez Reyes que plasmó el también ayudante de Diego Rivera, Jean Charlot, en el libro El renacimiento del muralismo mexicano 1920-1925 (Domés, 1985):
“Máximo Pacheco y yo ayudamos a Revueltas en la Preparatoria. Una vez, Vasconcelos vino, en un paseo de inspección de los murales para encontrarse con que Revueltas no estaba: Pacheco, de dieciséis años, pintaba en su lugar. Vasconcelos se encolerizó: ‘Así que los maestros no hacen nada, y los ayudantes hacen el trabajo de los maestros. ¿Cómo te llamas, muchacho?’. Contestó el pequeño Pacheco, con una humilde actitud indígena: ‘No lo diré, señor Secretario, porque si lo digo, mi señor Revueltas me regaña’. ‘Muy bien, le preguntaré al conserje’. Don Trini, dócilmente dio la información. ‘¡Bueno, de ahora en adelante, Pacheco, tú recibirás el salario en lugar de Revueltas!’
"El asustado Pacheco se mantuvo muy callado respecto al incidente y, al siguiente día de pago, Revueltas hizo cola con todos en la ventana del pagador, solo para escuchar: ‘Se acabó. Por orden del señor Vasconcelos, su salario ha sido transferido a un cierto señor Pacheco’.
"De ahí en adelante, Revueltas enviaba al pequeño Pacheco a hacer la cola todos los días de pago, y lo agarraba a su regreso, quitándole el dinero, excepto el sueldo usual de ayudante: un peso a la semana.
Vasconcelos supo de esto, vino nuevamente y le gritó a Pacheco, que como siempre trabajaba colgado de un alto andamio: ‘Eh, muchacho tonto, así que le das tu dinero a Revueltas. Bueno, ¡de ahora en adelante ninguno de los dos recibe nada!’”.
En palabras de la investigadora María de las Nieves Rodríguez y Méndez, Máximo Pacheco estaba a la misma altura que Rivera y de los grandes muralistas, lo cual habla de su carácter apegado y comprometido con la izquierda, y de lo que él era profesionalmente.
“Tanto fue así que la Secretaría de Educación Pública, al ver su desempeño, sobre todo en uno de los primeros murales que hizo ya como autor, en la Escuela Primaria Presidente Domingo Sarmiento (El almuerzo, en 1927), le pidieron pintar un fresco para la Biblioteca de la casa del secretario de la SEP, José Manuel Puig Casauranc, en Lomas de Chapultepec. Eso está hablando del gran reconocimiento que tenía porque no están llamando a Revueltas, ni a Charlot, están llamando a Pacheco. Es decir, Pacheco tuvo que haber sido un artista muy reconocido”, comenta en entrevista la investigadora.
También se le dio un artículo individual en una de las principales revistas de arte: Mexican Folkways, mención que no la tiene Revueltas —agrega— ni otros muralistas que no estaban en la tríada de los tres grandes. Tina Modotti lo fotografió en 1927, cuando Pacheco realizaba el mural El almuerzo en la primaria ubicada en la alcaldía Venustiano Carranza. La publicación consistió en dos artículos sobre el muralista escritos por la editora Frances Toor, acompañados de doce fotografías de Modotti.
La investigadora refiere que Pacheco, en 1935, realizó por encargo de la SEP, el mural de la Confederación Campesina “Emiliano Zapata” en Puebla, para representar los ideales revolucionarios del reparto agrario y la educación socialista. Además, junto a Jesús Guerrero Galván y Santos Balmori decoraron el Centro Escolar Revolución, la Escuela Estado de Sonora y la Escuela Secundaria No. 2.

Víctor García Pacheco añade que su abuelo, con Diego Rivera, elaboró los murales de la Secretaría de Educación Pública y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, en donde aparece pintado desnudo. En el libro Los murales de Diego Rivera. Universidad Autónoma de Chapingo, Raquel Tibol, detalla que en el mural La familia humana, ubicado en la ex capilla, Pacheco modeló desnudo para retratar a un hombre a quien un “Prometeo de cabellos rojizos que emerge de un cráter” le ofrece la llama de la creatividad “que beneficiará a los suyos y a la colectividad”.
El nieto comenta que su abuelo también trabajó los murales del antiguo edificio de los Talleres Gráficos de la Nación, en el Instituto Politécnico Nacional, en la Escuela Nacional de Maestros, y produjo quince murales de manera individual.
¿De esas 15 obras, hay un respaldo fotográfico o bocetos?
No. De los que están en Jardín Balbuena, en la escuela Presidente Domingo Sarmiento, sí hay registro; pero nadie ha hecho nada, por más que se ha tratado de que se restauren.
¿Usted ha ido?
Sí. Me han dejado incluso tomarles fotografías. Pero sí están muy deteriorados.
¿Y qué le dicen?
Pues nada. ¿Qué van a decir? Nada.
¿Ya perdió la esperanza?
Sí, definitivamente. Ha sido un trabajo de cinco décadas. De estar tratando de divulgar, preservar y conservar la obra de mi abuelo. Pero en este país es muy difícil y muy costoso. Casi es dedicarte de por vida a eso, de tiempo completo.
¿En algún momento pensó en crear una fundación?
Se quedó en proyecto, ya no pudimos hacer nada por lo costoso que resultaba. He tenido temporadas muy buenas económicamente y también muy malas, como todos.
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Las bodas de Frida y Diego, Francisco Villa, Vendedora de flores, Taxco y Cholula son algunos de los óleos de Máximo Pacheco que preserva su nieto y que se expusieron después de 30 años en el Instituto Mora. Anteriormente, en 1994, el heredero las expuso en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
“La obra de caballete de la época de los 20, le fue robada. Bueno, sustraída. No sé si pudiera acuñarse el término real de tipificación de robo, podríamos llamarlo abuso de confianza. Porque los galeros de la época le decían: ‘Oye, pues prestamos todo, la vamos a vender’. Y adiós obra, él era muy confiado. Aunque en su momento llegó a tener muchísimo dinero. Compró un terreno en la colonia Obrera para que vivieran todos los hermanos, pero una de las cuñadas le hizo firmar unos papeles para que le diera el terreno y se lo quitaron. Con el dinero que ganaba, les compraba a sus hermanos carros del año para que los hicieran taxis. Le gustaba ver por los demás”, comenta Víctor García Pacheco.
La obra que conserva el heredero, Máximo Pacheco la realizó para que su nieto estudiara.
“En mi familia todos fueron docentes. Cuando se hacían festividades para celebrar alguna fecha histórica, le decían: ‘Oye, hazme un dibujo’. Eso también se perdió, se quedaron en las escuelas. Pero a finales de los 70 yo le dije: ‘Quiero seguir estudiando y conozco a ciertas personas a las que les agradaría tener obra tuya. Eso me va a facilitar estudiar’. Él me decía: ‘La verdad es que no quiero pintar ya de esa manera, pero mira, con tal que estudies, ahí está’. Era un pretexto nada más y él lo sabía perfectamente, pero por el amor que me tenía, pude hacer que pintara. Me hizo como 35 piezas a finales de los 70 y 80”, narra.
Víctor García Pacheco agrega que cuando su abuelo vivía, expuso su obra en varios espacios, entre ellos, el Museo Mural Diego Rivera.
“Le dio mucho gusto. Él estaba muy contento, muy agradecido de que su obra estuviera ahí y que pudiéramos hacer exposiciones cortas y no del nivel que debiera, pero estaba contento. Para difundir la obra de un artista te encuentras con gente no muy agradable, con malas costumbres y que te quieren robar la obra o te la quieren cobrar. Alguna vez fui a Bellas Artes y me encontré con un tipo que me ofreció el Palacio para exponer y me cobraba cien mil pesos; eso fue hace muchos años”, recuerda.

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“Cuando llegué en 1934 a México, tenía 19 años; conocí a Jesús Guerrero Galván y a Roberto Reyes Pérez —muy olvidado también—, y me invitaron a integrar un grupo junto con Juan Manuel Anaya y Máximo Pacheco, lo llamamos Alianza de Trabajadores de las Artes Plásticas; yo fui ayudante de ellos, no sabía pintar al fresco. Máximo Pacheco era genial. Diego Rivera llegó a afirmar cuando le preguntaron: ‘¿Quién es el más grande pintor de México?’ Dijo: ‘Máximo Pacheco’. Yo lo he visto trazar un muro —porque trabajamos en una escuela en Portales, la Carlos A. Carrillo— con su carboncillo sin tener casi bocetos, dibujando con una gran habilidad, con un estilo un poco naif, popular, pero auténtico. Tenía un talento extraordinario”, dijo el pintor Raúl Anguiano, en un Congreso de Muralistas, testimonio que conserva en video el nieto del muralista indígena.
¿Lo visitaban otros muralistas o nunca lo fueron a ver?
No, y él tampoco tuvo la intención de seguir la amistad con ellos. Sí, trabajaron varios años juntos, en un movimiento que le llamaron Alianza de Trabajadores de las Artes Plásticas.
¿Su abuelo visitaba sus murales cuando aún estaba en pie?
No. De hecho, yo creo que sí le dio mucha tristeza (que se destruyeran). Yo creo que le falten el respeto a tu obra, para cualquier creador es algo muy triste. De alguna manera, todos necesitamos ser reconocidos. Ahora, imagínate cuando la creación es una extensión de tu persona y que no sea valorada, sea maltratada. Yo creo que ha de doler mucho.
La cronista Cristina Pacheco, en el libro La luz de México (FCE, 1988) dedica páginas al muralista olvidado; él le confesó la tristeza de ver sus murales destruidos y su retiro del arte por una serie de decepciones personales y artísticas.
“Los muralistas me veían como un simple trabajador. Así me miraron todos y eso era yo. Sin embargo, no me consideraba obrero porque yo también pintaba y un pintor no sólo trabaja con las manos, sino también con su cabeza. Lo que sucede es que al lado de hombres como Diego o como Fermín yo no podía destacar. Si llegué a poner mi nombre en el mural de la Preparatoria se debió a la intervención de Jean Charlot”, dijo.
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“Actualmente, una mínima parte del área original pertenece a la escuela y sólo en algunas aulas quedan vestigios de aquellos logros pasados que se reflejaron en los frescos de Máximo Pacheco”, escribió hace 16 años la investigadora Larissa Ivanovna Pavliukóva, en su artículo Murales de Máximo Pacheco en la Escuela Primaria Domingo Faustino Sarmiento: sobreviviendo al olvido.
La especialista en historia del arte refiere las palabras del pintor Carlos Mérida, quien detalla que Máximo Pacheco pintó en esa escuela doce murales, “dos en cada aula”. También lamenta que en ese momento (2010) el deterioro de las obras fuera tan grave.
“Desde 1969 existía la amenaza de demolición del edificio de la Escuela Primaria Domingo Faustino Sarmiento. Hasta 1980 se prolonga la lucha por evitar que los frescos sean destruidos junto con el inmueble. Según el reporte técnico de condiciones de los murales, realizado por especialistas del entonces Centro Nacional de Conservación de Obras de Arte (CNCOA), el estado del edificio –cuyo proyecto original es de una sola planta y techos planos–, es malo y ha producido sobre las pinturas, agrietamientos que se desplazan vertical y horizontalmente, y en algunos casos se han desprendido partes de la obra”, detalló.
Hace tres lustros, las afectaciones principales eran: filtración de agua, agrietamientos por los sismos, rayones y grafitis, y desprendimientos por instalación de cables y pizarrones, mismas que observó el historiador del arte Renato González Mello en 1982.

En palabras de la investigadora María de las Nieves Rodríguez y Méndez, la pérdida de los murales viene acompañada de la pérdida del artista.
¿Cómo se le podría hacer justicia a Máximo Pacheco?
En un acto tan simple, pero tan poderoso como es nombrarlo. Cuando uno va a exposiciones de muralismo, se sigue hablando de los mismos personajes. Hubo apenas una exposición sobre Siqueiros con un catálogo maravilloso y salió Siqueiros por todas las redes y yo me pregunto: ¿necesitamos publicidad de Siqueiros? Creo que se debería empezar a nombrar a otros muralistas. Nombrar a Pacheco es fundamental porque no soy la única que ha ido a la escuela donde está su mural y le han cerrado la puerta en las narices. Hay impunidad porque nadie habla de él y tampoco se crean proyectos en los que él pueda formar parte.
Y en los que las instituciones puedan poner luz sobre el personaje y decir: "Tiene un mural que está a punto de perderse, ¿por qué valdría la pena recuperarlo?”. Creo que una obra como la de un artista como Pacheco se sostiene sola, pero siempre a uno como agente cultural le toca hacer como esa labor de difundirlo para que el otro que sí tiene responsabilidad gubernamental en las áreas de cultura pueda decir: "Sí vale la pena recuperar ese mural antes de que se pierda".
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