Me baso de nuevo en el filósofo contemporáneo alemán Michael Schmidt-Salomon, quien participó una vez más en el libro Alimento para el pensamiento, que publica de manera anual la editorial Piper. Dice Schmidt-Salomon, parafraseando un dicho popular alemán, que:
“Perdemos la capacidad de ver el bosque, de entre tantos árboles: cuanto mayor es la cantidad de información que producimos, más difícil resulta mantener una visión de conjunto. Ya en 2012, el volumen de transferencia diaria de datos rondaba los mil millones de gigabytes, lo que supone aproximadamente 2,500 veces la cantidad de datos de todos los libros que se han escrito.”
“Ante este aluvión de información, ¿cómo podemos distinguir lo importante de lo menos importante, el sentido del sinsentido, los hechos de las falsedades? Antes el problema era conseguir información; hoy tenemos que luchar para no dejarnos llevar por esta avalancha. Esto también explica por qué las teorías conspirativas simplistas se han vuelto tan atractivas. Ofrecen una gran ventaja: representan islas de seguridad en un mar de confusión.”

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“Los teóricos de la conspiración se benefician de la agradable sensación fáustica de tener una visión completa y pertenecer a los pocos que comprenden lo que realmente mantiene unido al mundo. No es de extrañar que ignoren todos los hechos y argumentos que podrían derrumbar el castillo de naipes que constituye su cosmovisión.”
Se estima que entre un 4% y hasta un 10% de la población mundial piensa, contra toda evidencia científica, que la Tierra es plana. Mientras que esto puede considerarse un disparate inofensivo, las cosas se vuelven más serias cuando vemos que entre 20%y 30% de la población mundial rechaza las vacunas, porque piensa que tienen efectos secundarios nocivos.
Alimentadas por las declaraciones, no solo irresponsables, sino que yo diría que criminales, del presidente de los Estados Unidos, junto con su inepto Secretario de Salud, en el sentido de que las vacunas causan autismo, algunas enfermedades que se creían erradicadas, como la polio y el sarampión, crecen de manera alarmante. En Estados Unidos los casos de sarampión alcanzaron su nivel más alto en más de 30 años en 2025, con más de 2,000 casos reportados y muchos de los brotes vinculados a personas no vacunadas.
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Lamentablemente México no se queda muy atrás: De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud, OPS, México ha reportado más de 12,000 casos y 33 muertes por sarampión hasta marzo de 2026.
Al parecer, tristemente, muchas personas que han sido electas para guiar los destinos de un país en regímenes democráticos alrededor del mundo están hoy más ocupadas en destruir las bases democráticas que los llevaron al poder.
El concepto de “mandatario” se ha tergiversado tanto que hoy en día ya no sabemos bien qué significa. Un mandatario no es quien manda, sino quien ha recibido un mandato de la ciudadanía para ocupar un cargo temporal de una altísima responsabilidad.
Eso quiere decir que un jefe de estado no puede sencillamente decir lo que le pase por la cabeza, pues ya no es un ciudadano cualquiera. Ahora deberá de pensar tres y cuatro veces cada cosa que quiera decir, por las consecuencias que tiene cada palabra que exprese.
La andanada de mentiras e información falsa, declaradas con singular alegría y desparpajo absoluto por líderes de diferentes países en el mundo, incluyendo por supuesto a México, es un fenómeno que debe de preocupar. El problema es que lo hemos normalizado, pero también, como decía Hanna Arendt, que la razón para mentir de las personas en el poder no es para que creamos una mentira, sino para que ya no podamos creer en nada.
De esta forma es más fácil moldear el pensamiento de una sociedad, hasta el extremo de hacer pasar y denostar, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, a toda una comunidad (la judía) como una raza inferior, que además había que combatir. La gente lo creyó, y sobrevino el holocausto. Soy de origen alemán, de lo que me enorgullezco, pero me avergüenzan profundamente los crímenes contra la humanidad cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Eso no debería repetirse jamás. Sin embargo, sigue sucediendo.
En Estados Unidos hay un encendido debate sobre lo que se debe enseñar a los niños en las escuelas. Por un lado, los “creacionistas”, que niegan la teoría de la evolución y que afirman, contra toda evidencia científica, que la Tierra tiene una antigüedad de entre 6,000 y 10,000 años, cuando sabemos que en realidad tiene 4,500 millones de años. Por el otro lado, está la comunidad que se apoya en la ciencia.
Mientras que es Estados Unidos hay un acalorado debate en torno a este tema, en México le enseñamos a nuestros niños la lucha de clases del siglo XIX, sin debate alguno. Hemos aceptado sin chistar que a nuestros niños se les inculque una ideología trasnochada y fracasada, para que aprendan que “la sociedad se divide entre opresores y oprimidos”.
Toda una generación de jóvenes estará excluida del mundo globalizado del siglo XXI, y deberá conformarse con un futuro de mediocridad y subdesarrollo, debido a los traumas de la infancia de un funcionario público de cuarto nivel, que había estado enquistado en la Secretaría de Educación Pública y dotado de un poder mucho mayor al del propio Secretario, por la persona que sigue dando órdenes en México desde Palenque. Afortunadamente, el funcionario en cuestión fue cesado, con más pena que gloria, en semanas recientes.
El problema de todo este debate es que nos divide como sociedad. Por supuesto hay creencias religiosas respetables, pero en lo que la humanidad debería unirse es en torno a lo que dice la ciencia.
Sigue afirmando Schmidt-Solomon: “Esto nos lleva a un problema central de nuestro tiempo: vivimos claramente en una era de ilustración incompleta. Si bien muchas personas viven hoy tecnológicamente en el siglo XXI, sus visiones del mundo aún están moldeadas en gran medida por mitos milenarios que no resisten el escrutinio crítico.”
“Si aplicaran a la hora de elegir su visión del mundo los mismos principios racionales que tienen en cuenta cuando deciden comprar un nuevo teléfono inteligente, nuestro mundo se vería muy diferente.”
“Desde la infancia, las personas son socializadas en ideologías religiosas o políticas que solo pueden mantenerse protegiéndolas de esos principios de pensamiento crítico-racional, sin los cuales la tecnología moderna no existiría.”
“El problema: Con un teléfono inteligente en la mano y una mentalidad medieval, los desafíos del siglo XXI son insuperables. A largo plazo, esta coexistencia de tecnología de vanguardia y la fe más ingenua e infantil tendrá consecuencias fatales, porque nos comportamos como niños de cinco años a quienes se les ha encomendado la responsabilidad de pilotear un avión jumbo.”