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En estos días pude asistir a cuatro de los eventos que, hasta el momento, ha ofrecido la octava edición del Festival Internacional de Piano de la UNAM: el recital y la presentación con orquesta de Daniela Liebman, y los recitales encomendados a Erik Cortés y Suzana Bartal. Estas fueron mis impresiones:
He seguido con profundo interés el desarrollo de Daniela Liebman desde que debutó a los ocho años, tocando el Concierto para piano y orquesta n. 8 de Mozart. Desde entonces y gracias a su incuestionable talento, Dani se ha mantenido en nuestro radar sin necesidad de cacarear triunfos en concursos patito ni de padres publicistas que la sobre expongan, pecando de emular a Leopoldo Mozart región 4T. Muy por el contrario, aplaudo la inteligencia con que, tras confiar los primeros estudios de su hija a un vivales de esos que nunca faltan, sus padres supieron buscarle los mejores maestros posibles, se mudaron de país para acompañarla mientras continuaba sus estudios en Texas y, llegado el momento, la dejaron volar sola a Nueva York, donde recién se graduó en la Juilliard School of Music.
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Inició su programa con la Sonata Op. 31 n. 1, compuesta por Beethoven entre 1801 y 1802. Recuerdo que, hace muchos años, cuando todavía venían leyendas vivientes a dar cursos de perfeccionamiento que duraban semanas y no un escaso par de horas, Joërg Demus se sorprendió cuando Claudia Angélica Machuca le llevó esta sonata y nos confió que, en los años que llevaba dando cursos por todo el mundo, era la primera vez que le tocaría revisarla, pues en su aparente sencillez, encerraba tremendas dificultades. La mayor era mantener el pulso durante el segundo movimiento, un Adagio grazioso pleno de figuraciones que presagian las fiorituras belcantistas que tanto le celebraría Beethoven a Rossini cuando aquél lo visitó en Viena, dos décadas más tarde, en abril de 1822. Qué tan bien le habrá salido dicho movimiento a Daniela, que casi olvido cuánto lamenté que romantizara tanto el Allegro vivace precedente, que más que a Beethoven, aquello le sonó a Chopin. Creo que ese fue, si no mi mayor “pero”, el único que tendría para cuanto le escuché la noche del jueves 22.
El resto del programa fluyó mucho mejor: tras su conmovedora interpretación de En la niebla, de Janáček, y el estreno en México del Preludio n. 4 de Isaac Cortijo (2005), un joven de origen puertorriqueño cuya escritura evidencia que sabe abordar el piano, a pesar de la evidente influencia de Philip Glass en su discurso, vinieron los caramelitos: las Mazurkas 7 y 8 de Alfredo Carrasco, tocadas con la misma dignidad que si de sus pares chopinianos se tratara; tres piezas de Germaine Tailleferre, de las cuales el Impromptu destacó por encima de la Romanza y un anodino Pastorale en Re. Como colofón escuchamos cinco Etudes-tableaux tomados de los Opp. 33 y 39 de Rachmaninov, que más que la capacidad virtuosística de la intérprete, permitieron vislumbrar su imaginación y alcances poéticos, ¡qué bien fraseó, cuántos planos sonoros conjugó con gran claridad, y qué sonido tan potente logró arrancar de su instrumento!
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A propósito: ¡qué gran trabajo ha hecho el Maestro Andrés Oseguera con el piano de la Sala Carlos Chávez! Carcachudo y estridente, quienes lo conocemos sabemos que no es un instrumento fácil, y es notorio que su oficio fue más allá de hacerle una simple afinación. Ojalá pudiera hacer algo similar con los pianos de la Neza, que ya están al cinco para la jubilación… Volviendo a nuestra intérprete, y tres lustros después de aquél debut, creo firmemente que Dani es nuestra más sólida carta pianística joven.
Un par de días después, el sábado 24, volví a la Chávez para escuchar las Baladas y Scherzi de Chopin con Erik Cortés, a quien le he escuchado programas en los que ha incursionado en ciclos tan avasalladores como los doce Études d’exécution transcendante de Liszt que tan bien le escuchamos el año pasado, como en repertorio poco frecuentado, como las transcripciones de Bach-Godowsky, ganándose mi admiración y respeto. Por ello, lamento que esta tarde, no fuera su mejor tarde: todo sonó como si trajera las obras “con pinzas”, y aunque tuvo también momentos de gran belleza –como el Più lento del cuarto Scherzo, Op. 54- no hubo obra en la que no nos sobresaltara más de una vez, de tan nervioso y dubitativo que estuvo.
Un par de horas más tarde, lo escuchado en la Sala Neza tampoco me dejó la mejor de las impresiones. Se trataba de la primera participación de la OFUNAM dentro del Festival de Piano, para la cual contaron con Daniela Liebman y José María Moreno Valiente, un director huésped cuyo mayor mérito parece ser lo hiperbólico de sus coreografías y su afán protagónico. De inicio, su versión de Ethiopia’s Shadow in America de Florence Price no me desagradó del todo, aunque su gestualidad exacerbada me hizo evocar a Whoopi Goldberg bailando en The Color Purple.
Prosiguieron con el Primer Concierto para piano y orquesta, S. 124 de Liszt. Ahí, me fue imposible no remitirme a aquél célebre “Primero” de Brahms en el que chocaron las visiones que Glenn Gould y Leonard Bernstein tenían de él. Lástima que este director no tuviera ni esos alcances, ni manifestara previamente su inconformidad conceptual para que supiéramos a qué atenernos, ¿sería porque sabía que mucha culpa del resultado se debió al poco tiempo de ensayos que le asignó a la solista, dedicándole más tiempo a las obras con las que, según él, alcanzaría un mayor lucimiento personal? Iluso.
Ciertamente, no todo fue culpa suya: si bien se perdió hacia el final y Liebman sacó la casta, logró cacharlo y al final acabaron juntos, es evidente que, más que horas de vuelo, a nuestra Dani todavía “le falta criterio artístico y ‘buen gusto’ musical. Todo lo que es lírico en Liszt me pareció estirado como chicle, de una languidez que frenaba el discurso musical hasta paralizarlo, en una palabra, cursi”, me confió un muy admirado pianista que asistió al concierto del domingo al mediodía. Coincido. El Quasi adagio fue asfixiante y hago votos porque se cumpla aquél refrán que señala que “la juventud y la inmadurez se curan con los años”. Sólo espero que Daniela siga tocando con esa sinceridad que la hace sonar tan auténtica.
Respecto al resto del programa, me salí a media Sinfonía Fantástica. Tanto zangoloteo y tan erráticos resultados parecen confirmar lo evidente: eso es lo que “les gusta” a los funcionarios universitarios que actualmente deciden sobre algo que les es tan ajeno como la Música. No oyen. Ven. Ahí tienen al batutero que impusieron en la Mata…
Finalmente, este jueves 29 escuché el recital de Suzana Bartal en la Sala Chávez. Su programa osciló entre el repertorio de batalla (selecciones de las Waldszenen de Schumann, la Sonata Dante y Venezia e Napoli de Liszt), obras menos socorridas (el segundo Scherzo de Clara Wieck, cuatro incisos de Ruralia hungárica de Dohnányi) y el estreno en México de la demandante Passacaille de Eric Tanguy que, a mi parecer, fue lo mejor logrado de la noche.
El resultado también fue dispar: más que por sus eventuales tropiezos, es una pena que, teniendo ideas tan claras, Bartal posea un sonido tan brusco y poco refinado. No es lo mismo un sonido potente y redondo, que de trancazo. Sí, tuvo momentos cuidados –Vogel als Prophet-, pero cuando no se atropellaba con las notas repetidas en la Tarantella de Liszt, nos cimbró con los madrazos que le metía al instrumento, ya fuera en el tercer segmento que abordó de Dohnányi, como durante la Dante, que –por otro lado- estructuró admirablemente.
En fin, que de todo hay en la viña del señor… ¡ya veremos cómo nos va con las próximas presentaciones del Festival!
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