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"Las novelas pueden cambiar sociedades": Jennifer Clement

En esta entrevista, la escritora estadounidense radicada en México habla sobre el género de la novela, su capacidad de denuncia y de generar empatía

Jennifer Clement retratada en 1983. Algunas de sus novelas son La fiesta prometida, última que publicó, así como su célebre Ladydi. Crédito: Lumen
01/02/2026 |01:04Vicente Alfonso |
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Presidenta Emérita de PEN International, organización defensora de los derechos humanos y la libertad de expresión, Jennifer Clement es la única mujer que ha ocupado la presidencia desde que ese organismo fue fundado en 1921. Como Presidenta de PEN México, contribuyó decisivamente a la reforma legal para tipificar como delito federal el asesinato de un periodista. Autora de novelas como Ladydi (Lumen, 2014) y Amor Armado (Lumen, 2018), además de las memorias La fiesta prometida (Lumen, 2024), sus libros se han traducido a 38 idiomas. Sus novelas abordan temas como el robo de niñas en México, los efectos de la violencia armada y el tráfico de armas hacia México y Centroamérica. Conversamos con ella durante una de las comidas de la residencia literaria Under The Volcano, donde es profesora del taller de Escritura de Testimonio en inglés.





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El más reciente libro publicado de Jennifer Clement (primera mujer elegida para presidir la PEN) es La fiesta prometida (Lumen, 2024). Crédito: underthevolcano.org

Háblanos del papel de la ficción para transmitir ciertas realidades, ¿cuál es tu visión de esa relación?

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Creo que la ficción da un poder muy grande a una historia. Históricamente la novela ha tenido un papel muy grande para cambiar a individuos y sociedades. A mí siempre me gusta dar unos ejemplos fuertes, donde es muy claro. Allí está Oliver Twist, a raíz de esa novela cambiaron las leyes laborales para niños. Gracias a las novelas de Jane Austen y de Charlotte Bronte cambiaron las leyes para que las mujeres pudieran comprar propiedades y heredar, eso fue muy importante, pues esas novelas retratan lo terrible que era no poder hacerlo. También tenemos el ejemplo, en Francia, de Victor Hugo. Me fascina Victor Hugo. Doy estos ejemplos porque me conmueven mucho. Otra vez, con Victor Hugo y Los Miserables de repente los pobres tenían dignidad, es enorme ver a los pobres con dignidad… y pensar que antes no se les veía así. La novela puede producir empatía: estar en los zapatos, en las sombras, en las vidas otros. Es poderosa.

¿Cómo la ficción juega para hacernos comprender realidades tan complejas como las de tus novelas?

Bueno, es lo que está pasando. A mí me tocó una cosa: después de que salió Ladydi, me invitaron al Congreso de los Estados Unidos para hablar sobre el tráfico de niñas en México. Y no creo que nunca le habían pedido a un periodista ir a hablarles de lo que estaba pasando. Imagínate ver a todos estos congresistas, y uno que otro senador, con Ladydi en las manos. Qué maravilla. Sí, fue increíble.

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Justo Ladydi evidencia un profundo conocimiento del territorio y de las prácticas en el estado del Guerrero y de realidades que están ahí a pesar de que mucha gente no las conoce. ¿Cómo es que llegas a los testimonios que le dan vida a Ladydi?

Me interesaba mucho escribir sobre cómo la violencia está afectando a las mujeres en el país. Estamos hablando del 2009 más o menos, y todo era sobre cómo la violencia afectaba a los hombres, tanto periodísticamente como dentro de la literatura donde ya tenemos un género muy específico que es una literatura del narco. En ese momento en casi todos los libros escritos sobre el mundo del narco las mujeres tendían a ser clichés: la prostituta, la table dancer, la madre sufriendo… entonces yo empecé entrevistando a mujeres escondidas, que eran mujeres de narcos a quienes llegué por una infraestructura y gracias también a Lydia Cacho, quien en ese momento estaba muy enchufada con todo eso. Gracias a estas entrevistas empecé a darme cuenta de muchas cosas, y coincidió con que conocí a la señora Lupe, una mujer que trabajaba en la Ciudad de México y con quien todavía tengo amistad: un día llegué a casa de una amiga y ella trabajaba ahí. Cuando supe que era de Guerrero le pregunté ¿qué está pasando en Guerrero? Me explicó que vivía en una comunidad en las afueras del Chilpancingo, casi sin hombres, y que llegaban estas camionetas blindadas espectaculares a robarse a las niñas, entonces escondían a las niñas en hoyos, cavaban. También trataban de hacer que las niñas fueran feas. Todo eso fue para mí fue una imagen muy fuerte, como una madriguera de conejos que están debajo de la tierra, era como una muerte en vida. También esto de hacerlas feas me conmovió muchísimo.

Uno de los grandes aciertos de Ladydi es que está narrada en primera persona. ¿cómo trabajaste la voz de Ladydi?

Es que la voz me llegó. Tú también eres escritor, entonces sabes que hay un lado misterioso en todo esto, que es difícil de explicar. El minuto en que yo supe de estas niñas escondiéndose en hoyos, todo dentro de mí como que dio un giro: supe que no iba a escribir sobre las mujeres de los narcos. Tenía ya la información de los ranchos, entonces yo ya sabía que algunas de estas niñas las trafican dentro del país y unas las cruzan, ¿no? Entonces, muchas de las que cruzan tienen que pasar por esos ranchos. Fue importante tener esa información pero, en el momento en que supe, como que me llegó la voz de ella: la escuché.

Eso emparienta a Ladydi con otra de tus novelas, Amor armado: ¿qué paralelismos y qué diferencias encuentras entre ambas?

Bueno, es un díptico y va a ser, espero, un tríptico. Viene la tercera, que estoy escribiendo. Si alguien las estudia profundamente se dará cuenta que el personaje de Pearl ya está en Ladydi. Cuando yo hablo de esa mujer de un narco allá en un pueblito, un sitio muy peligroso, le pongo otro nombre en la novela porque me hablaron de ella. Y yo me imagino que el narco le lleva la nieve y los renos. La nieve es falsa y los renos llegan en el helicóptero porque esta niña estadounidense está ahí. Y además, en Acapulco, cuando iba al mercado todo el mundo me decía: hay una estadounidense jovencita, blanca, nunca me dijeron güera, siempre me dijeron blanca, tal vez por eso me la imaginaba muy blanca y por eso se llama Pearl.

Ella misma lo dice…

Ajá, pero me lo dijeron a mí, que ella existe. También hay esa escena en la casa de Acapulco en que Ladydi abre el closet y espera encontrar vestidos pero encuentra armas. Entonces, ambas novelas están muy cosidas.

Hay en ambas novelas otro tema que es el tráfico de armas hacia México y la libre circulación de armas en los Estados Unidos…

Una de las cosas que hice es que cuando estuve en la frontera es ir a las ferias de armas. Es delirante, Fui a la National Rifle Association (NRA) muchas veces, a donde te podían vender biberones rosas con las siglas NRA. Es delirante. El Museo de las Armas está hecho como una iglesia. Entrevisté a guardias de la frontera, a guardias del lado de los Estados Unidos, y les pregunté ¿ustedes examinan un vehículo que va de los Estados Unidos a México? Me contestaron que jamás. Jamás. Todo entra libremente. Escribí muchas piezas periodísticas sobre las armas: si tú ves en Google Maps la frontera del lado de los Estados Unidos es un muro de bodegas llenas de armas. Tremendo.

¿Cómo documentas tus novelas?

Hago muchísima investigación. Para Ladydi fueron muchísimos años: estaba Fox de presidente, luego llegó Calderón y empezó la guerra contra los narcos: todo se volvió muy peligroso y ya no podía hacer entrevistas. Eso coincidió con conocer a Lupe, y luego la novela salió en 2014. Fueron años de investigación. Con Amor armado igual: tuve que ir a esta parte de Florida, escuchar la manera en que hablan en esta parte de los Estados Unidos, porque lo escribí en inglés. Tenía que escuchar muy bien, porque es un inglés muy particular del sur, un poco el mundo de Faulkner, un poco el mundo de Baldwin, de Flannery O'Connor o de Tennessee Williams, ¿no? Entonces tenía que escuchar cómo describían, cómo hablaban. Pero además yo quería honrar a Selena Quintanilla: ir a Corpus Christi, a recorrer todo ese mundo de ella, al panteón, al motel donde la mataron. Me importaba más eso que Florida. Entonces me di cuenta que la novela debía comenzar en Florida para poder luego tomar el camión, llegar a Corpus Christi, y tener toda esa escena con Corazón, y luego cruzar la frontera en el puente Benito Juárez/Abraham Lincoln.

Hablemos de otro personaje en Ladydi: Paula. Es una personaje atípica, porque es raptada por el crimen organizado, pero logra volver. Y eso casi nunca sucede…

Yo no conozco a ninguna mujer que haya regresado de una experiencia así. Como novelista, inventé el regreso porque nunca entrevisté a nadie que hubiera regresado. Nunca regresan. Eso lo inventé para poder explicar lo de los ranchos. Porque nadie vuelve para dar testimonio de lo que pasa allí.